30 diciembre 2007
En mi nombre residía el asesino

“Una parte de mi entendía todo,
otra parte ejecutaba las masacres”
Charles Manson


En el ultimo suspiro estire a la muerte y esta llego justo a su estomago, su sangre corría por mi muñeca, era caliente, no sentí compasión y otra vez alcance a introducirle el cuchillo. Pensé en diez puñaladas y acerté con la cabeza que fuera de esa forma, impuse mi volunta y mi mano obedeciéndome me lanzo hacia los brazos del asesino del cual mi nombre era el mismo.

Mi terror alcanzo lo más alto y estuve pensando junto al cuerpo por algunos minutos hasta que la alarma del tiempo me detuvo en mi laguna y me lanzo la realidad en frente de la cara. Sin querer era yo en el espejo del frío cuarto, era el mismo con las manos manchadas, el mismo que sin piedad extinguió la existencia del minúsculo ser que yacía en el suelo.

Entendiendo todo, en minutos levante lo tirado y me dispuse a perderme en mi solitario apellido, para arrancar hacia donde mi conciencia decía que fuera, en ese segundo de placidez el viento recorrió mi cara y recordaba los gritos, la angustia, el perdón y otras tantas cosas que no me importaron en tal manera que no las tome en cuenta, para que ellas mismas me indicaran el camino hacia la extirpación y la eliminación de ese que quedo a un lado del hueco no hecho.

Al llegar donde quería, otra arma decidía lo que le restaba de vida a la actriz del momento, sus cabellos regados por las sabanas me decían que la pelea fue secuencial, y allí, encontré lo que realmente debía hacer, atine que su cabeza se partiera como la nuez que ensangrentada había roto con el mismo mazo. Le quite un lazo del pelo y cerré la puerta para emprender mi travesía hacia la estancia donde mi mente quería estar.

No entendía como podía llegar justo a los lugares cuando el asesino hacia lo suyo, mi cerebro se dividía en dos y caducaba en responderme a tantas preguntas. Más sentía que mi nombre era el mismo que el del homicida.

Los asesinatos se reducían a formas simples de ejecución, mientras que mi vida propia quedaba desechada igual que la pistola que dispare a la cabeza del conserje del hotel donde la noche anterior mi cuerpo decidió estar. El cajón de la recepción me previo de todo lo necesario para que la oscura sombra entrara en acción en ese mismo instante, el recepcionista murió en cuestión de segundos con los sólidos batazos que le propine, más no me detuve y seguí hasta que el principio del fin llego.

Descanse un poco y quise parar pero no obedecí y mi sed seguía en aumento. Las siguientes circunstancias no entraron en la bitácora criminal que escribía mi nombre.

Cuando recorría todo eso, desperté en una celda. Estaba en una prisión de máxima seguridad…Y así, mi realidad despertó justo cuando mi sueño iniciaba.


Carlos Acuña

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