24 diciembre 2008
Desde lejos


Es cierto, todos los saben.

Quería ocultarlo, decirme a mi mismo que nada ha cambiado, pero la tarde me hace blanco, y a los blancos nunca les va bien.
Quería hacer todo y que la nada fuera la dueña de las respuestas.
Quería curarme, estar menos triste.
Quería...

Ahora, sigue siendo cierto.
Desde lejos duele igual.
22 diciembre 2008

La espiral


Ninguna hora sirve, nada es lo que no se.



El miedo al desconcierto, encierra en si mismo, la causalidad del error, los cambios dañados por la cúspide, sobrepasan el dolor que los 5 minutos logran encarnar. ¿Era realmente necesario sintetizar cada momento de sufrimiento? Yo no era nada, pero al nombrarme me convertía en algo que excede la nada y se convierte en algo que no se sabe como nombrarse y es allí donde Beckett me insulta y pregunta ¿Serás tú, o el preciso silencio? ¿Seré yo, allí mismo? nunca lo sabré, en el silencio nadie sabe, pero sin duda sigue.

Veo cada mano como una consecución de algo podrido que no me sirve, cada pierna como muñones que a fuerza fueron arrancados; veo cada paso que sin duda no son de mis pies, ¿Pies?; tengo la reseña de mi cabeza más no la usurera partida de sellar el abismo de mis ojos, ¿Ojos, cuáles? si las alucinaciones de a poco arrancaron las pupilas y las expusieron a la precariedad colectiva que nadie quiere y que llega justo a la hora en que la muerte invade una de mis alucinaciones haciendo que esta se ahorque.

Sigo con la vertiente infinita de bajar siquiera a un lugar, las puertas, las habitaciones, cada una de ellas, sin ventanas y, sin la necia seriedad de enrarecer a lo que ahora se suele nombrar, como algo de mera formalidad.


Ninguna nota


Presiono al indicador de la fuerza que no existe y calculo lo que por siquiera me puede ayudar, menciono lo que no es real, escucho y grabo el silencio de mis palpitaciones; las sugerencias de una de mis alucinaciones caduca en la alacena podrida de la mentira que justo a la hora de la cena llega para seccionar una verdad que nunca se disfrazo de ella misma y que nunca contribuyó para que la imaginaria razón que suelo tener sobrepase los escandalosos picos que escalan cada número que tienen mis dedos, ¿Dedos?. Cada número concurre en distraerme, en dispararme, en ignorar lo que ahora mismo las letras del inconsciente pueden ejecutar cada vez que a ellas les de la gana. ¿Letras? Todo el abecedario tiene nombre de alucinación, todo viene a mi mundo en forma de puñal y traspasando mi espalda, introduciéndose en mis pulmones, inunda a mi respiración que por fuerza mayor deja de respirar.


La sección que nunca conocí


Llega la hora en que la espiral suelta su sueño patético y alucina, alucina a una de mis alucinaciones y hace de la matanza interna un juego del que yo no soy participe, sólo soy la mesa para asentarlo, un invitado mal educado y una gota de sudor en el ojo podrido de algún vagabundo.

La sección que no conozco me lleva de vuelta hacía el inició del fin, justo a la hora descrita en el principio, esa es la bitácora de los 5 minutos de este día ¿Día? Que hermoso es solapar con los dedos, con la mano, con los ojos que no tengo, la peculiar ignorancia de mi lógica.

Lo que no conozco se convierte en una sección aparentemente ilustrada por las agujas del tic tac imaginario; el reloj marca cada segundo como una hora, ampliando el instante en que cada alucinación me traga internamente; ya no tengo los 5 minutos de cordura; si los segundos son horas, ¿Qué queda de mi tiempo?, sin esperar a que alguien que no sabe ni siquiera que hace, me conteste, emprendo el recorrido de la sección que parece eterna y que de alguna manera, introduce una nueva forma de ver a mis alucinaciones, una nueva cualidad, donde el conjunto de actividades programadas en la agenda que no existe, se desgrana paulatinamente.

Una parte de la sección que no existe, es sin duda la más aterradora, los sueños de cada personaje de drama de alguna de mis alucinaciones, me llegan en momentos en donde los pasos a seguir suelen tener algún conocimiento que podría postergar los segundos a días y así, hasta que un segundo se convierta en la eternidad que mis alucinaciones buscan desesperadamente.

Luego de sortear personajes, empieza una parte de la sección que no existe, donde yo, alucino mi propia vida y, a corto plazo, el plano que las venas hicieron con la sangre de mi cerebro, engendra una nueva parte de la sección que no existe y que ahora tiene un sótano.

Ya no hay respuestas, me retiro, de la sección y encuentro un lindo agujero donde la espiral tenia otra entrada y allí, comienza mi caída nuevamente.

Al bajar, las angostas indumentarias de mi vestido, desglosaron el ardor del asfalto en mis rodillas, comenzando el virus que pronto señalo la nueva entrada a una nueva alucinación, la de las heridas múltiples. La alucinación era algo lóbrega, muy fatalista y sangrienta. Cada pedazo de mi ser era una ventana ingenua, que exponía en el mejor de los casos, un instante a seguir, sólo eso era, un experimento al mejor estilo de ensayo error.

Luego de variadas entradas en mi piel, se acerca a los músculos, luego a los huesos. Aplastándolos por fragmentos, que salían disparados por las heridas abiertas.

Entrando de nuevo, en el estado de desolación que el viajar me regala, recupero cada gota de sangre derramada y sigo el viaje, desconociendo a mi alucinación y su a mortífera morada.

21 diciembre 2008
La espiral


I - Alucinaciones


12:05 pm

Son 5 minutos de cordura, 5 minutos que no disfruto, durante ese pequeño instante sólo me retuerzo del dolor; al tratar de volver en sí, todo comienza. Las alucinaciones son diferentes, una ataca detrás de la otra, ellas tienen un plan y lo ejecutan de tal manera que se alimenta sin destruirse entre sí; ellas son las verdaderas asesinas.
Una de mis alucinaciones trata de asesinarme, otra de alimentarme más de lo debido y otras tantas, son muy pasivas. La que quiere asesinarme, no comparte mi forma de ser, es muy agresiva, se sirve de eso para tratar de que me suicide, he entrado y salido de hospitales con múltiples heridas, cada vez son más frecuentes.
La idea de internarme me ha dado vuelta por la cabeza muchas veces, pero una de mis alucinaciones encontró mi plan y la pase muy mal, ella se unió con la asesina y crearon una guerra interna, que destruyo uno de mis oídos.

1:38 pm

Voy bajando poco a poco y mientras bajo entro en puertas diferentes, cada una de mis alucinaciones siempre esta para abrírmela y ocasionar un herida en algún punto débil.
Cada miedo que tengo es atacado sin piedad, cada signo de amor, cada pedazo de compasión; este juego interno no tiene una salida. Cada vez la espiral comienza nuevamente, las puertas y la inclinación del lugar reinician el viaje.
Por alguna razón comparto una de las habitaciones de dos alucinaciones, una pasiva y la otra no tanto, cada una de ella quiere el control, pelean sin tregua; el perjudicado, el campo de batalla y, las trincheras inmensas con soldados agresivos; todo está en mí.

2:21 pm

Trato de escribir muy rápido y así tener tiempo de esconder mis notas; es muy perjudicial estar paranoico de uno mismo, la persecución interna mientras bajo, mientras cada puerta se cierra, todo se une para que una alucinación peor haga su aparición.


3:44 pm


Cada alucinación hace de mí, un mundo alucinado y alucinante al mismo tiempo, de tal forma que las drogas en mi cuerpo son simples deformaciones que perforan el ritual que las caracterizaciones hacen de los rasgos angulosos, tallados por el dolor. El dolor es una costumbre tan parcialmente dictada por una de mis alucinaciones, que miente para que su mentira me de la respuesta para la realidad que no puedo conquistar.
La realidad, mi realidad de 5 minutos, se sobre expone a una inmensurable caída al vacío de la espiral interminable.

4:50pm


Sin recurrir a los recuerdos, la pasión inicia la estática locura de prestar atención a lo que no se tienen en versiones peculiares de la realidad. Veo con mucha claridad sobre el vidrio esmerilado de las pupilas arrancadas de cada pagina de mis cuadernos de nota, la espectacular ficción que encierra mi cabeza, una ficción que recurre a ser real y penetra en mis heridas para sacarme cada vez más del abismo que envuelve el presente.
Sin cesar de viajar, una de mis alucinaciones se perfila como el clásico fantasma de navidad, como el viernes de Robinsón y como una llaga que tarda en sanar. Ella es la misma que accede sin remordimientos a emprender el viaje de vuelta a un pasado más que cimentado por lo cotidiano, esta harto de ser sólo pasado y necesita una parte de la ficción que perfora un pedazo de mis vidrios rotos para rechazar a la nada que no sabe. La alucinación describe sin mucha casualidad la pena que exige las letras en los párrafos y en las líneas.

12 septiembre 2008
Trasatlántico


Una vez que abrí la puerta ya no podía retroceder, la cara del silencio golpeo mi rostro y anunció, de una extraña forma, el fin de mi existencia. La habitación se quemaba lentamente, la puerta por la que entre se cerró tras de mi. ¿Un absurdo pensé?, ¿Un sueño tal vez?, mis preguntas a secas no eran respondidas por mi lenta lengua.

La catástrofe de la estancia me hacía pensar en que todo era un océano (el Atlántico) en llamas, y que yo, en mi barco de papel, era un polisón que tenía que morir.

Luchando contra lo que se me avecinaba inicie un estimulo de dimensiones abismales, el trasatlántico de rayas azules presentaba fugas y el agua se colaba por doquier, los pedazos de su popa y de su proa se deshacían.

Es un mal cuento para las noches; una historia sin nombres que mencionar. Sin esperar, el barquito sucumbió a una enorme ola.
10 septiembre 2008
Bitácora

Es el día 20, hoy tampoco recibiremos latigazos, no nos alegra, nos hace temblar, nos hace enloquecer dentro de cada metro que no tenemos. Hoy es 25 de abril; las ganas de estar en otro sitio son enormes y hacen del lugar una playa desierta con el mar agitado, un huracán en cada mente; justamente hoy es el día en el que partió Martín hace ya un par de años, es el momento en el no quiero estar en esa playa, quiero arrancarme las llagas y sufrir de realidad colectiva, quiero sentir dolor en vez de miedo.

El dolor decía mi viejo “es un simple pasajero, mientras que el miedo, un habitante”; es así como no quiero a este habitante, quiero que se esfume de mí, quiero tanto, que al final del día 20, otra sombra arranca un espacio en los pocos metros que nos quedan.

“La capacidad es torpe y no mantiene el paso en este laberinto interminable” dice Lucio; restando la ficción de Lucio y convirtiéndola en realidad hago de sus palabras un eco enorme en un destino que nos tiene marcado desde el primer día en la estancia podrida.
Amanece y otra persona es sacada de nuestra vista; el que se fue nunca lo conocí, siempre era retraído y no quería compartir sus penas; nuestras comidas son repartidas en bolsas plásticas, los gusanos y la mierda de perro, son aderezos interesantes en este día.

La bitácora de mi inconsciente suelta de apoco una gota de incoherencia, que da pie a un relato ya sea de Kafka o de Borges, esta bitácora de 20 días, tiene extremidades destruidas y cabeza desecha, lleva en su interior penas de 5 personas, cientos de mujeres, recuerdos de borrachera y una que otra estupidez. Mi bitácora es fiel a una coma y a una tilde, es genuina y a la vez no es nada.

Es el día 22, los capítulos de Crimen y Castigo se repiten en mi interior, el espectáculo del protagonista resultan asquerosos y nadie quiere escucharme. Comento sobre un señor llamado Hans Christian Andersen y su Patito Feo, todos ríen y es allí, cuando la puerta se abre y los latigazos comienzan a las 8 de la mañana.
Otra muerte y otro espacio vacío. Era la mañana del día 30.

Ya no queda nadie a quien recurrir, no hay un oído que escuche otra historia de Poe o un Joseph Conrad, mi corazón en tinieblas sigue a la esperanza hasta su defunción, la acompaña, la cobija, mientras carece de fuerzas y fallece en la negrura de la espesa soledad.

Hoy es el día en que mi inconciente cansado de tantos latigazos, deja solo a los ojos de los lectores y me conduce al entre línea de la muerte.

Día 32…
La ventanilla

Durante 5 minutos estuve tratando de encontrar el modo en que mi corazón dejara de latir y que de un momento a otro la oscuridad cubriera todo mi ser, a tal punto que mi alma se viera envuelta y envenenada por la muerte del silencio inconcluso. En ese momento, cuando todo parecía finalizar, la ventanilla se abrió, justo a la hora de siempre, 8 de la mañana.

La oscuridad persigue a la luz hasta que la consume, las sombras cruzan y descuartizan cualquier rayo de esperanza que se oculta en lo profundo de mi pecho.

Es el año de la rata en el horóscopo chino, sin embargo, el atlántico se quema poco a poco, como mis venas tras el encarcelamiento de mi futura casa y como si nada ocurriera, la ventanilla se abre; mi compañero, tan silencioso como nunca, acude a rastras y se encuentra con la estruendosa noticia de que hoy es el día en que todo tiene una perversa salida, una que ninguno quiere, pero que, sin lugar a dudas, arranca de nuestro corazones esa señal de horizonte.

Otra visita de la luz. Es el día número 50 que he podido contar, el pan rancio y el agua sucia, hace añicos mis entrañas; las diarreas continuas pintan en mi intestino una cualidad única de muerte en mierda.

Nada tiene sentido en tinieblas, yo, él, nosotros, sólo adjetivos imperdonables para quien pueda encontrar a los que no tienen nombres, ni mucho menos números; nuestra historia carece de toda lógica, nuestros testigos de ojos y oídos.

Hoy mi corazón, repleto de la habitual rabia, desea la lucha para que ésta vengue nuestra inestabilidad política; no es posible que yo hable y mi compañero no diga ninguna oración. He pensado en asesinarlo, en callar su voz muda por última vez, he pensado en ser el que reine entre las sombras del lugar sin nombre. Llega la hora en que puedo verlo, la hora en que la ventanilla deshace momentáneamente la lobreguez de esta estancia, tan consumida en desesperanza que la porquería se une a ella y hace que su sabor sea mejor que el vetusto pan de cada día. 5 segundos era el tiempo, 5 segundos para que mi cruz de 50 días llegara a su fin. La ventanilla, como siempre, abrió a las 8 de la mañana; con un pedazo de mi vestido debía estrangularlo, tal vez su muerte llegaría en la oscuridad; su alma se esfumaría de la estancia y compartiría las migajas con el olvido.


El acto de estrangulación ni siquiera fue tan emocionante como para compartirlo. Al fin estuve solo, por fin mi encierro tuvo algún sentido. Por segundos, la paz hizo del lugar un radiante valle, con flores y pájaros volando. Todo se interrumpió cuando el rechinar de la puerta anunciaba el final de mi encierro.

Nota: Durante la dictadura Uruguaya, muchas personas eran sometidas a torturas en estancias solitarias y con sólo una comida diaria. El encierro en tinieblas y el estrecho lugar eran la tumba perfecta para los que no existían.

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Otra hoja de calculo y la tarde parece interminable, las especificaciones del director introducen en cada miembro de la oficina maldita (así solíamos llamarla de cariño) un malestar enorme. Nuestra rutina, nuestros errores y el incontable tic tac del reloj hacen que la pared de nuestra ventana se convierta en un paisaje impresionista que me recuerda a una pintura de Monet, una tarde en el mediterráneo o simplemente a bloques de arcillas que desploman a Kandinsky y pone de relevancia a cada número impar que desconsoladamente vuelve en cada bloque de la hojas de calculo.

Hacia poco tiempo que había terminado de leer los Ensayos de Michel de Montaigne, mientras que el placer de hace 2 años cuando pude observar un cuadro de Bohumil Kubišta se disipa, es así como el cubismo y el horror del café me hizo repulsivo a la idea de seguir calculando sueldos que nunca podría obtener. Cada número, en cada cuadro de cada hoja, era como una pequeña puñalada que de pronto se inclinaba hacía una pasión rota y desgastada de la cual los números impares eran los culpables.

La oficina se encuentra en la calle Angustia número 13, edificio Soledad; cada mañana de cada día, la vista de la calle se vestía de incontables trabajadores que hacían de papel tapiz para el asfalto, en esa misma calle existían otros edificios, uno pegado del otro, cada uno con una enfermedad moderna que muchos suelen llamar “stress”, esta enfermedad goteaba a cada trabajador contagiándolo y así la epidemia se alojo en cada corazón.

En el laberinto de papeles y números, se suele escuchar música clásica, se suela comer chicle, se suele mentir y se suele pensar en la muerte.

Hoy veo las sombras del medio día; la locura de las montañas me manda al infierno, ratas y niños me persiguen por la ciudad. Ya no resisto más, entro en la pintura y destruyo los bloques con los dientes, mis ojos llenos de escombros, pequeños escombros, desarticulan la vista del papel tapiz. Hoy es el día en que el número impar cobra venganza. De un salto despierto en el escritorio, son las 11:30 AM.

Al medio día todo parece que fuera distinto, el mar de agitaciones se seca y no podré hacer mucho, navego en él y trato de calmarlo con pastillas.

Al cruzar el rallado rumbo al restaurante, un auto sigue con la luz roja y modifica mi espacio vital, ese del asfalto no soy yo, ese sigue a su esclavitud. Yo me fui lejos hacia otro lugar muy lejos de allí.

25 agosto 2008
Novia


Algunos caminan lento y otros muy rápido, hay osados que se detienen; mi caso es peculiar, ni rápido, ni lento, ni me detengo; tal vez las circunstancias de mis pasos son las que me han llevado a mi actual situación. Cierto día, de esos que uno se quiere olvidar, las manecillas mecían al dormido tiempo y, como es desde hace rato habitual, la cúspide de cada paso, hace del caminar una simple parodia. Ya no quería seguir sufriendo, cuento una semana y, ya no la puedo ver desde el vidrio de mis ojos.

La avenida la paz se vuelve guerra y las bombas de a poco me interrumpen el paso, las sombras devoran los cuerpos mutilados de los olvidados y, allí, la encuentro, como si estuviese dormida entre la sombra del árbol tétrico; su piel ya no era tan clara como en otros días, pero no me importaba; su minifalda cubierta de un tinte color vino me hace enmudecer por instantes; sin embargo, luego de una semana sin verla, ella se hace presente y, nada más importa.

Sin palabras le hablo y le escucho sin voz; la abrazo y su piel pálida es fría; sus ojos azules ya no tiene ningún brillo; su ternura no se muestra; ella está muerta; pero al verla nada más me interesa.

Por un momento me voy del lugar, viajo en mi mente; 4 años estuve fatigado con la manera en que hacíamos el amor; siempre pensé en que no era el mejor y, que ella, me engañaba; fatigado con esa situación nuestra relación callo en una espiral del que no pudimos escapar; cada cual hizo su historia y deducimos que era el momento de que nuestros caminos se dividieran; saliendo del espiral de una forma violenta.

De vuelta; empiezo a quitarle la ropa, a besarla por todos lados; segado por el recuerdo, quiero hacerle el amor de una manera diferente; quiero sentir que todavía es mía y, que nada más importa.

Pasaron 30 minutos y mi boca se lleno de su sangre; sentía que era mía, que nunca estuvo ausente, que mis penetraciones la satisfacían a tal modo que entraba en un letargo; otra media hora y su insensibilidad me enajeno, así que la golpee repetidas veces, la sangre de mis manos mancho mi saco; el estopor, el sudor, la impaciencia, su callada voz, aumento mi locura; busque con que pegarle más fuerte, con que hacer sentir que yo era el que mandaba, ella tenía que saber que yo era el hombre. Los discursos de machismo en ese momento no importaron. La deje por unos minutos y, al retornar, personas a su alrededor deshacían mi encuentro, el espiral comenzó de nuevo y, yo, ensangrentado con un trozo de madera, en la avenida la paz, me mantuve quieto y entre en sí. Acaba de tener relaciones con mi novia muerta.

Carlos Acuña
21 julio 2008
Peter
Una simple conversación, doctor-paciente…

Doctor: Dentro del perfil criminal existen asuntos diversos y complicados que van mucho más allá del uso de medicamentos o drogas, trastornos hormonales, daño cerebral por golpes traumatismos y diversos tipos de intoxicación. Otros planteamientos sociológicos indican que algunas personas no están en condiciones de cumplir por medios aceptables lo que la sociedad indica. Por cuanto; buscan objetivos y medios inaceptables para conseguir objetivos aceptables.

¿Usted que cree de todo esto?

Peter: Tal vez mis acciones entren en el perfil criminal de un asesino en serie, sin embargo; no me considero un delincuente. Desde niño fui golpeado y violado por mis padres; viví bajo el seno de una familia pobre. A los nueve años, ahogué a dos amigos en un lago; a los diez años, mis padres se mudaron a una provincia más grande cerca de la capital; en mi adolescencia mantenía relaciones sexuales con ovejas y perros, los cuales degollaba en el momento del orgasmo; práctica que aprendí de Kürten, cuando nos drogábamos juntos. Huí de casa a los 15 y, todo comenzó a tener sentido cuando pase de animales a personas.

En 1913 violé a una niña, luego de haberla acuchillado 7 veces, era como una prueba piloto que me salió mal; tal vez mi biografía criminal sea de poca importancia, sin embargo los hechos se hacen documentos y la historia los hace pasar como acciones que tienen reacciones diferentes y, en el abanico de situaciones están mis victimas y, su sangre, su deliciosa sangre. Fui apresado por asesinato en 1913, logre escapar de la justicia tras no conseguir pruebas en mi contra. Pase mucho tiempo en calma, pero sentía que todo era como un almacén de pólvora que se llenaba cada vez más rápido y, de un momento a otro, una llama haría que todo se redujera a cenizas.

Doctor: ¿Según usted como se encendió la llama en su almacén de pólvora?

Peter: Creo que se fue encendiendo con el pasar de los años. Exactamente en el año 1925 mi fama empezó; todos sabían de mí; mis victimas yacían quemadas, violadas y, acuchilladas. Algunas no me las acreditaban y pronto utilice un método de identificación, que me convirtió más tarde en el vampiro de la ciudad.

Doctor: ¿Por qué decidió quitarle la sangre a sus victimas?

Peter: La sangre es deliciosa, ¿usted la ha probado alguna vez doctor? Una vez que la pruebe, nunca más querrá estar sin ella. Me encanta la sangre, de alguna forma ella es la que me da fuerza. El día que decidí empezar a utilizar dicho procedimiento fue el mejor día de mi vida.

Doctor: ¿Esta conciente, qué por cada uno de sus crímenes, será condenado a morir en la guillotina?

Peter: La muerte es sólo un peldaño hacia otro camino sin rumbo y a mi me gusta caminar. Pienso que mi muerte cambiara el rumbo de la historia; yo, he hecho historia. De ahora en adelante la forma de asesinar será otra y muchos imitarán mi estilo de matar.
Lo último que quería preguntarle ¿Será doctor, qué cuando mi cabeza se desprenda de mi cuello, pueda escuchar por un segundo, el chirriar de mi sangre brotando? Eso me haría la persona más feliz del mundo.

Nota: Peter Kürten (26 de mayo de 1883- 2 de julio de 1931) fue uno de los asesinos en serie más conocidos de Alemania. Conocido como "El vampiro de Düsseldorf".
23 junio 2008


Ahogados

Cuando quise parar de apretarle el cuello ya era su fin. Nunca me dijeron como asesinar a una persona, pero había algo al oprimir que me excitaba; existía para estrangular y sin duda seria mi trabajo de ahora en adelante.

Era el 28 de febrero de 198… y nadie me consideraba una asesina. Mi carnet y el uniforme de la escuela eran la fachada perfecta.

Ahogué a 12 personas en mi clase de literatura, nunca me gusto. Dentro de la cátedra eran 15 alumnos y mis manos ya estaban hinchadas, me sentía cansada; sólo por ese pequeño inconveniente, preparé algo especial a las personas restantes. Quería cubrirles sus cabezas con unas bolsas transparentes y ver sus expresiones al ahogarse, para hacerlo más divertido enrolle cinta adhesiva alrededor de sus cuellos, uniendo de este modo la cinta con la bolsa y con sutiliza verlos morir.

Con gracia estaba en esta situación y debía salir de ella, optando por definir un que hacer que nada tenía de especial, pero daba ese camino a seguir y el porque de los acontecimientos en el salón de clases. Las muertes de mis compañeros de estudio se debían a mi innata capacidad para asesinar y, estando conciente de esto, con deliberación absoluta, hago el clásico papel de una exterminadora.

Cuando todo queda reducido a nada y el silencio se adueña de las cuatro paredes, procuro actividades extra curriculares y salgo a la calle para seguir con lo mejor que se hacer.
1234

Estoy preso del vaso con cable
la hora de las brujas se me hace genial.
Y la flor hace que el tiempo sea hilo
ese hilo de conversación
que no se detiene hasta que el colgar sea opción.

Me detengo luego de que el respirar y las ganas se sofocan
tras los labios que no toco,
tras la piel clara que quiero acariciar,
tras de todo.

Estoy preso de mis ganas
esas de llegar justo cuando suspira
justo cuando tenga ganas
ganas de estar conmigo.

Ayer

No pude hacer mucho
ni siquiera nada.
El algo del “chao” me noqueo
La parte del “no me escribas” derroto a mis ganas.

Ayer cuando el viento soplaba placido
hizo del horizonte una curva en bajada
hizo del contacto una utopía.

Ayer cuando las piedras no azotaban mi rostro
la chicha hizo mal para mi estomago
y dolió el vomito, ese mismo que el ayer me trajo.

Cicatrices


Otra vez el suelo evoca unidad de consumo
y la angustia, azota a las necesidades internas
mientras lo familiar se une y zozobra lo demás
las palmadas no sirven.
Cae el sol otra vez
y las cicatrices amenazantes y desafiantes
señalan marcas de inconciencia
cada una con surcos incondicionales
empezando de una forma tonta
grietas que me atan.
Sintiendo lo que ellas quieren.
Percibiendo ese discernir
en la orilla de la ocre cicatriz

Dentro y fuera

Cada una de las pequeñas hazañas ligadas al odio de la felicidad
alcanza por su mismo peso, la cantidad que nadie quiere.
Cada una de las pequeñas hazañas envueltas al resentimiento de la placidez
consigue por su mismo actuar, las escorias que todos quieren.
Así mismo dentro y fuera corresponde al apéndice medio de la usurera mayor
que carcome el acido que sirve como vía al oxigeno y a las vitaminas.
Ese mismo que por fuera es el escándalo de la burguesía y de la pobreza
y que por dentro es azul o bien ocre, según sea el querer
y no querer de forma palpable y única.

El pedazo de nada


Seria posible que me dijeras en que pedazo me dejaste
y si por causalidad lo sabes, dame el pegamento que vos tiene
pégame de nuevo y has de mi trozo otro que no sea el mismo.
Haz una pieza más grande del segmento que el trecho ya no tiene
has de los restos de mis fragmentos una astilla de añicos
una pizca de partícula parcelada.
Y además, si es posible, has de este pedazo de nada un lote de todo.

Justo a tiempo

Cada vez que temo
cada vez que tiemblo
cada pesadilla
cada gesto a oscuras e imaginados
cada estopor
cada guiño
cada uno de todos los detalles
cada uno, justo a tiempo para la cena
justo a tiempo para mí.

La capacidad de no tomar decisiones

¿Sirve cada gesto imaginado donde las cúpulas entran?
¿Sirve cada inocencia perdida en lugares ajenos?
¿Es cuánto?
¿Es cuándo, todo de repente es nada? ó ¿Las gotas a secas recurren ser menos irritantes?


La hora se ha detenido y la canción sigue
en la misma frase (te extraño)


Son las 11:30 y aunque el té sabe bien
algo me dice que lo extrañaré a las 3.
Justo a esa hora quiero acostarme
escuchando la misma frase en la canción
la misma que se metió cuando el alba mecía al crepúsculo.

11:47, la bitácora de 17 minutos me tomo por sorpresa,
quise parar y reescribir luego de varios cigarros,
quise hacer tanto que los minutos no me alcanzaron.

La parte final

Sucede siempre
todo termina cuando comienza
y allí, el caos usa un orden que se compadece de él.
Final, última etapa, muerte
determinante fin.
Todos los adjetivos meciéndose
en el sustantivo del prefijo equivocado.
Sin más las sombras se llevan a las luces
sin menos lo claro oscurece el matiz de la sombra.
Y así, todo llega a la parte final
del endeble principio.

La pregunta

Alguna vez quise responder
a la pregunta que nunca me hiciste
sin embargo, no entiendo la pregunta.
Ahora la respuesta no será escuchada
y tu pregunta no será mencionada.
Ahora no escucho
ahora tú no hablas.


Llueve dentro de mis ojos

Llueve dentro de mis ojos,
al parecer una tormenta azota en ellos
en triste pena por la agonizante tertulia.

Llueve a cantaros y las gotas derraman una melancolía sádica
que disfruta del pesar y del abatimiento
que en gran medida los diques del consuelo no pudieron soportar.

El animo en cada ojo pesa y cae en el recuerdo del olvido.
Pobres ojos lloran y nada se puede hacer por salvarlos
de una muerte que ellos mismos producen.

Lo mejor de ti

Cada parte inclina la paciencia,
y ella, es la misma que crea la impaciencia.
Más su poder sobrepasa todo lo demás
y llega a ser agonía.

Ningún lugar

Busco a la tristeza con la mayor alegría que me regala.
La quiero observar estornudando pesimismo por el luto de la pena.
Si la consigo en el lugar donde ninguno suena a nombre
le pediré que me regale un poco de sufrimiento para mi esperanza.

Olvido

¡Déjame recuerdo olvidarme de ti!
deja de retorcerme por las noche
deja que piense en vos como el ayer que nunca existió
deja que caiga en besos de cascadas húmedas.

¡Déjame recuerdo aborrecer todo tu ser!
hagamos un pacto con saliva
y vertamos nuestras memorias en la basura
hasta que ninguna de ella se pueda volver a recoger.

¡Déjame recuerdo, déjame nostalgia!
deja que mi tristeza salga por la primera puerta
deja que mi estupidez sea esperanza
y has de tu muerte un olvido con menos agonía.


Solo

No es nada romántico ser triste
y menos penoso es ser sincero.
Mejor soy mentiroso y alegre
mentiré en las veces que estaré acompañado
y me alegrare en la angustia de la pena.

Morderé al vació y su dolor me acompañara
hasta que su soledad quiera suicidarse
por no estar más a mi lado

Escupiré hacia la esperanza
y rendiré mis horizontes hasta agotarlos de sufrimiento.

Estaré solo y ni siquiera la soledad querrá estar conmigo.

Una mañana

Siguiendo lo catastrófico del momento educado,
caduco en no ser bueno y entro en lo obsoleto de lo malo.
En esa esencia especial que tiene cada gesto gesticulado desde la estupidez hasta el ser
alcanzo un orgasmo de sensaciones que se le atribuye generalmente a las mañanas
al rocío, al sol en lo alto, al aire calmado de la esquina
al principio de la tristeza y a la soledad acompañada y sola.


Ven tristeza

Ven y dame los buenos días.
Hazme compañía con tus solitarios y tristes brazos.
Ven y llena la parte sola de la estupidez encarnada en la melancolía de la pena.
Ven y acompáñame a estar triste.
Golpéame tristeza.
Usa tu fuerza de lagrimas y seca las mías.
Seca además lo afligido de mi sentir.
06 junio 2008
Condenado

“El silencio es mi única salida…”

“Con los testimonios de cada uno de los testigos mi caso quedó cerrado, fui condenado y como tal, el día de mi ejecución salía en las noticias de las 6, mi cara era conocida, por ende desaparecerme de la faz de la tierra era lo mejor que podían hacer para calmar el animo de miles que me querían muerto.

Una tradición en la pena de muerte, era requerirle de todo lo necesario al convicto para que su ultimo día fuera satisfactorio, pero sin duda en palabras se queda este trato, solo tu última comida es la que te dejan elegir; me debatía entre una ensalada cesar y una pizza familiar.

Pese a mis esfuerzos por describir lo que pasaba, me quedaba corto, narrar y llevar apuntes dentro de una prisión era difícil, relatar mi proceso, casi imposible. Muchos guardias ocultaban su miedo. Todos temían”.

Al terminar de telegrafiar el punto, me aparto de la máquina por primera vez en varias horas, busco un cigarrillo para fumar, subo a la azotea, camino despacio por las escaleras, llego hasta el final pensando en como seguir el relato del condenado, al abrir la puerta, el interior no era la azotea, me encontraba en una celda con una pizza familiar puesta en la meza con algunos libros, justo al lado de una cama y una letrina. Al tratar de retornar a la escalera la puerta había desaparecido y en su lugar una pared. En primera instancia no comprendía mi verdadero estado, hasta que caí en cuenta que el relato del prisionero se había vuelto en mi contra. No existía una manera para salvarme, yo era mi verdugo y lo peculiar era el sonido de fondo; una maquina telegrafiaba sin parar.

Pensé en la mejor manera en deducir lo que me sucedía, sin embargo las teclas seguían sonando. Pude recordar que escribiría luego del punto en donde abandone el relato y sostuve que había liquidado la vida del reo luego de varios párrafos. Mi mano y las teclas escribían la hora de mi muerte.

¿Estaba loco?, eso no era lo importante; me sentía nervioso y como los nervios te hacen hacer cosas ridículas, grite “guardias… guardias”, unos segundos después dos guardias frente a las rejas me preguntaba por mi alboroto, hubo un silencio y los guardias dieron vuelta y quede solo nuevamente.

Tenia que pensar, analizar, tratar de escaparme de las letras y de las teclas, tenia que sobrevivir de algún modo; junto con mi pensamiento estaba el muzac, ese sonido traicionero que antes me fascinaba y que entre estas paredes me agonizaba la existencia de una manera inexplicable.

“Quedan pocas horas” me decía el reloj con su eco mudo. Dando vueltas entre la cama, las pared y las rejas, no se me ocurría como salir y escaparme, como eludir a al fin del párrafo, como vivir a la salida del sol. Mi sentencia, según yo mismo, era a las 12 pm. Las manecillas daban las 10 pm; dos horas me separaban de la dulce muerte.


Decidí esperar que vinieran y ver que pasaba, vivir en carne propia mi espectacular relato; al fin y al cabo el condenado era un asesino, por lo tanto su existencia no era de un valor cuantificable, me eche a la cama para dormir esas dos horas que me restaban y así tranquilizar mis nervios.

Al ver hacía el techo de mi celda desde mi incomoda cama, pude observar un escrito con sangre que me hizo entender la naturaleza del hombre que había creado y que sin duda no conocía. El escrito era simple y complejo, un pensamiento fugaz del personaje de mi historia. Una carcajada en letras.

Dentro de esta situación, las preguntas saltaban solas, ¿Por qué el tecleado maldito? ¿Era la maquina la causante de todo? ¿Y si yo estaba en la celda quién se hallaba en mi habitación? ¿Quizás el reo? Las conjeturas decidieron darme en la cabeza una por una como agujas. No podía dormir, se me necesario encontrar pistas sobre mi relato que yo nunca hubiera escrito ni pensado, dando pie a más suposiciones, acercándome más al estado de locura que le eran propios a los que esperan a la muerte.

Al buscar en los libros, hallé el diario del reo, mi sorpresa fue enorme al leer detallados párrafos sobre la vida en la prisión y sobre su proceso, yo nunca puntualice tal cosa, jamás hice ese avatar en la mente del prisionero y sin duda mi personaje era muy inteligente y escribía muy bien. A pesar de todos los detalles, el mismo planteaba que no podía escribir mucho y eso lo atormentaba, por cuanto todo lo demás que no conocía estaba muy lejos de mi alcance.

El tiempo transcurría sin encontrar ninguna solución ni salida.

La frase en el techo de la celda era sin duda una clave, pero como un gran rompecabezas, algunas piezas eran difíciles de hallar; para mi mayor tormento las teclas aumentaban de velocidad y el eco me destrozaba la cabeza.

Varios poemas eran el total de muchas páginas del diario, dos de ellos me llamaron mucho la atención. Decidí leerlos nuevamente y prestarle más atención. Tal vez sus líneas puedan ayudarme.

Esperando

Sentado en mi cuarto solo,
esperando sentado estoy,
la impaciencia es alta,
el agua caliente en la mesa
y mi esperanza a cuesta.
Salí a buscarte donde siempre
y nunca pude encontrarte.
La pasión desase el tiempo,
y el día marca mis cambios.
Quejándome solo por la espera
mientras tú con otra persona
haciendo lo que yo quiero que me hagas.
Sentado durmiéndome estoy,
esperando sentado,
esperando a la muerte.


Un poco de tristeza por la llegada de su muerte, era lo que podía interpretar en ese momento del poema. Sin demorar empecé a leer el otro poema.

Silencio

Lloro al pensar en lo cruel del silencio.
¿Pero quién es el dueño del lugar donde el silencio habita?
¿Será el mismo que tira los pedazos de nada que arman mi todo?,
Un todo lleno de cochina estupidez.
¿Dentro del silencio hay una cabida para lo que se dice?
¿Hay una cabida para lo que se piensa?
¿Es esa cabida similar a esta pequeña maraña de peculiaridades
que me trae la aurora en esa hora de muerte para los parpados?
Ahora el gris endurecido yace frío y solitario
en este mismo lugar donde la dulce voz de las rejas
me hacen pensar que el silencio es mi única salida.

¿Y qué esperaba encontrar en estos poemas? ¿Qué podía resolver al leerlos? ¿Era el silencio la única salida? Al analizar la frase y los poemas, pude entender que el reo encontró la manera para librarse de las teclas y por cuanto de su destino; la espera era mi única salida, esperar a que las teclas dejarán de sonar, correr hacia la pared para encontrarme con la escalera y la puerta de la azotea y así deshacerme de toda esta maldita situación.

No podía quedarme quieto, caminaba de un lado a otro y las teclas no paraban, el reloj daba las 11:50 pm diez minutos para que me vinieran buscar, con toda mi desesperación me senté en la cama y espere. El sonido de las teclas se desvanecía poco a poco, sin pensar mucho, corrí hacía la pared por la que había entrado y sin más estaba en la azotea con mi cigarro en la mano.

Al volver a mi estancia, todo había cambiado, la maquina estaba en otro lugar y lo que viví dentro de la celda estaba escrito en unas hojas regadas por toda la habitación.

Resolví no terminar el relato del condenado y empezar otra historia pero sin personas en ellas.


Carlos Acuña

29 febrero 2008

Obsesión


Nadie nunca recordó su nombre (Christian)

En un instante mi memoria solapa a mis recuerdos y es allí cuando aparece lo que nunca ocurrió.

Hace 5 días pude leer sobre “el asesino de la colina”, así lo catalogaron los diarios. Los incidentes nunca estuvieron muy claros; cada quien hizo una conjetura y armaron la historia que puedo relatar.

Cada mañana en una solitaria villa al sureste de Dinamarca, las tristes sombras invadían la casa de nuestro asesino; su pequeña estancia de 3 habitaciones, con una hermana y un padre psicópata; hacía que cada día fuera singularmente inolvidable.

Durante 15 años, el trastornado progenitor de nuestro homicida, violó a su hija; todos esos años nuestro protagonista dejaba su puerta abierta en las noches esperando desnudo en su cama, sin embargo su papá nunca entró. Ignorando los deseos de su hijo, el padre seguía con su hermosa rutina.

Llegó el décimo octavo año de nuestro personaje y 5478 días sin ser violado tenían que llegar a su fin; el necesitaba de ese lindo acto para que su peculiar vida cambiara de rumbo o sencillamente aniquilaría a su familia. Poseía facultades físicas que facilitaban su decisión y es en este momento cuando su historia se convierte en una encantadora masacre.

La escopeta de su padre era el instrumento que necesitaba para ejecutar su plan. Debía asesinar a su hermana, por ser ella la culpable de su desgracia y a su progenitor por no brindarle lo que más ansiaba.

Llegada la noche, coge la escopeta detrás de la puerta principal; entra en la habitación de su hermana, para dispararle en la cabeza. Al escuchar el disparo el padre sale y busca desesperadamente a su hija, sin percatarse que su hijo lo esperaba. Posteriormente de ultimara a su padre; nuestro héroe decide acabar con su existencia, pone la escopeta en su boca y se dispara.

Luego de los sucesos, la casa de nuestro asesino fue quemada y su obsesión paso a ser un relato para los jóvenes de la villa.


Carlos Acuña

Mi familia

“La agonía me mira fijamente
y me desafía a encontrar ese bonito agujero en el que todos nos sentimos finalmente seguros” Ekkaia

Tras la angustia de la noche, las sombras invaden el cuerpo de mi madre, mientras las ratas devoran el ojo de mi padre; mi hermana hecha trizas en la cocina espera por sus tristes gusanos y yo, con el cuerpo ensangrentado, lloro por mis errores. Son las 6 de la mañana.

Después de una horrible pesadilla despierto; recuerdo que tengo que terminar de rebanar a mi esposa y empezar a mutilar a mis hijos.

Con el tiempo en la cabeza recorro los pasillo de mi apartamento y llegó al cuarto de mis dos engendros, cada uno con dos años, “pequeñas molestias” los solía llamar, “es hora de divertirme” me decía. He pensado en cortar sus pies y luego ir subiendo hasta que sus extremidades queden reducidas a pequeños trozos. Sin dejar de grabar para reír en las noches en que no cercene a nadie.

Luego de liquidar a mi familia, recurro a destruir su recuerdo y concluyo en moler sus pedazos y hacer espagueti con carne molida; cenar con los perros del callejón y fumar un cigarrillo para estar más satisfecho. Irme de viaje y olvidar toda la sangre que derramaron; conseguir otro empleo y empezar desde cero, hasta encontrar mi verdadera familia, las mas acorde para mis necesidades.

Muchas son las pesadillas que recorren mi camino, pero la paz llega a la hora de la cena y siento que nada es en vano, espero por los días en donde el bienestar de mi podrida alma sea el malestar de mi amargo corazón.

Sin dejar de pensar en todo lo sucedido, el punto que liquida la hoja llega a las 12 de la noche; es hora del té para los asesinos.

Carlos Acuña
La solución final


Sin cuestionamientos las paredes incluyen cada paso en sus pinturas y sobre ellas los estragos de los gritos mudos.

Clínica Am Spielgelgrund – Viena 1941.

El famoso neurocirujano infantil Heinrich Gross, ingresa a la sala de operaciones y comienza con su trabajo habitual. Cada caso lo debe analizar con mucho detenimiento. Es necesario para sus observaciones retener partes de cuerpos de niños en especial sus cerebros; cada trofeo fue inyectado con “luminal” la cual les producía pulmonía y para la diversión de las tardes, usaba drogas en las comidas de cada infante. En invierno los obligaba a bañase con agua helada dejando las ventanas de sus habitaciones abiertas.

Lo pude conocer en noviembre de 1973, cuando su fama era muy alta; yo para ese entonces poseía 20 años y laboraba de conserje. El doctor Gross era muy puntual y amable, siempre estaba rodeado de personas las cuales le hacían preguntas de todo tipo, una eminencia en persona.

Me gustaba pasearme por la clínica y ver las hermosas instalaciones; en uno de mis paseos me tropiezo con Gross (también le gustaba pasear), sin que ninguno dijera nada continuamos por el mismo pasillo, al llegar a una sala de espera pude conversar un poco con él, era un tipo agradable (eso hacía notar), no obstante, días después, mi pensar cambio drásticamente. Una noche, como tantas otras, me marchaba y en uno de los pasillos cerca del ascensor del 3 piso, lo encuentro con envases en sus manos, cada uno con lo que parecía un cerebro; entra al elevador y sube hasta el quinto piso. Era enorme mi curiosidad, sin embargo se hacía muy tarde y quería dormir. Me dije que al día siguiente subiría y observaría con cuidado.

Mientras caminaba hacia mi apartamento, pensaba en lo sucedido, y mis conjeturas eran cada vez más grandes.

Era martes 28 de noviembre, ese día sólo pensaba en subir hasta donde el doctor llevo los envases y saciar mi deseo por saber. Al llegar al 5 piso, eran varios los recintos y habitaciones que tenia que observar para poder dar con lo que quería. Una de las salas de neurocirugía estaba cerrada, mi esmero fue mucho mayor que mi sutileza, como pude me introduje y franquee muchos estantes hasta conseguirme con lo que en ese entonces no me esperaba; Gross, analizaba uno de los cerebros de los tantos que había; al tratar de salir de la sala, el doctor me grita “…es muy tarde ya se que estas aquí…”, se da media vuelta y se lanza encima de mí, rodamos por el piso en un forcejeo constante, como pude me zafé y corrí hacia la puerta, caigo y me percato de la jeringa en una de mi piernas, trato de arrastrarme y en segundos me desmayo.

Despierto en un sótano rodeado de dies personas; tenía el cabello totalmente rapado y puntadas en la cabeza; una especie de celda delimitaba el lugar, símbolos nazis en las paredes y Gross del otro lado, abriendo la cabeza de un niño.


Nota: Diciembre del 2005, Heinrich Gross, uno de los más controvertidos médicos de la era nazi, acusado de asesinar a niños con impedimentos físicos y mentales durante el Tercer Reich, murió en su casa cerca de Viena a los 91 años, sin nunca haber enfrentando una condena.



Carlos Acuña
09 febrero 2008
Yo y el doctor muerte

Es el invierno de 1944 en Mauthausen – Austria. Soy Zigeuner; lo que escribo tal vez nadie lo encuentre, quizás el “doctor muerte” me extirpe el hígado y luego me lo haga comer como parte de sus ganas de recibir el Nobel; he sabido que inyecta benceno, cronometra la agonía, observa los estertores y anota el número de convulsiones. Siempre con la sonrisa a flor de labios. Siempre amable.

Tengo un triangulo negro que me hace ser un asocial, símbolo que llevo en mi brazo izquierdo; estoy en el pasaje de la muerte en una fila que se alarga hasta el numero 60; presumo que Heim con su sonrisa habitual, terminará con mi existencia; sus experimentos son de un sadismo tan cruel que resultaría inverosímil si no fuera por su registro minucioso, detallado y rutinario. Cosas de la burocracia germana, tan eficiente.

Los gritos por el pasillo son la música de fondo, nadie puede moverse ni escapar. Escuché que la anestesia sólo es utilizada en personas privilegiadas, un lujo prohibido que podía interferir en los resultados de sus observaciones para descubrir un analgésico eficiente para el dolor. Lo peor no era morir, sino, el tratamiento a seguir. Han pasado 2 horas y estoy muy cerca de ingresar; el próximo al pasar lo conocía desde niño, al poco tiempo de estar dentro empezó a gritar “mi pierna…mi pierna…” y luego de unos minutos ya no se le escuchaba. “El tiempo…” decían los guardias, era nuestro peor acompañante. Heim con su eterna sonrisa y su cronómetro Zeiss en el bolsillo, cercena piernas y brazos y mide el tiempo que tardan en desangrarse sus víctimas.

Imagino su cara, su sonrisa y su estupida tranquilidad, sin embargo nadie me podrá ayudar y pedir clemencia no funciona, espero que el tic tac no resuene tanto.

Mientras quedan sólo dos personas para mi ingreso, trato de calmarme y pensar, ¿De qué forma me van asesinar? ¿De qué manera sucumbiré? ¿Cuánto será el tiempo que dure en la mesa de operaciones?

Al acercarme a la puerta, los chillidos son más claros; la sangre se cuela por debajo de la puerta, mi turno ha llegado; un empujón y ya estaba dentro. El piso rojo por completo, con los cadáveres en un rincón, el olor a muerte se podía sentir; un guardia me tomo por un brazo y gritando me dijo que me sentara en la mesa de operaciones, el doctor con su traje blanco impecable, trae con el un bisturí; los guardias me sujetan las manos y las piernas; Heim, con precisión hace un corte en mi estomago y empieza mi fatal agonía; me extirpa un órgano y me lo enseña, un poco después, escucho el tic tac maldito que anuncia el fin.

Nota: El Dr. Aribert Heim, 91 años. Médico austríaco en los campos de concentración de Mauthausen y Buchenwald. Asesinó a cientos de presos administrándoles una inyección letal y practicó amputaciones sin anestesia por diversión. Desapareció en 1962. Desde entonces ha residido en España.



Carlos acuña
06 febrero 2008
Los pájaros muertos



La hora de la muerte resulta repugnante en el momento de elegir que aire respirar, en el momento en que todo caduca y empezamos a creer en las metáforas que construimos justo cuando el alba mece al crepúsculo.

Soy L. Salazar, tengo 68 años, sin hijos, sin marido, una vida plena y sin altibajos; con dinero para gastar y con sólo un problema, uno que tal vez me lleve al sepulcro; tengo esquizofrenia y sin duda he asesinado a varias personas en mi recorrido, sin embargo suelo marchar con la muerte y seducirla de tal forma que mi edad suele colocarme en la mayor de las posturas.

Vivo en una casa pequeña de 3 habitaciones cerca de una colina, detrás, un bosque enorme lleno de cedros, pinos y un riachuelo. Los asesinatos que cometí me hicieron obtener lo que ahora tengo.

Cada mañana me levanto y veo como nace el sol, no obstante la repugnancia de otro acto me hace desviar la vista; en mis ventanas 5 pájaros muertos convierten a mi hermoso paisaje en una asquerosa aberración; cinco aves de diferentes especies con sus cuellos cortados; puedo quedarme despierta toda la noche hasta el amanecer y ver la ventanas sin pestañar y no pasa nada.

Leo sobre mi enfermedad, sabiendo que nada es real; mis medicinas ya no me ayudan y cada vez el estrecho mundo entre lo ficticio y lo real me hacen prisionera de mis debilidades y de mis virtudes; la dificultad que se me presenta inicia los hechos que ahora lees.

Hace 30 años degollé a 5 hombres, sin contemplación, con mucha claridad de lo que estaba haciendo; cada muerte ocurrió en meses distintos; con cada hombre tuve una relación y no llegué mas que al punto de abrirle el cuello de lado a lado; soy una asesina y desde el mes de diciembre de hace 3 décadas huyo de mi conciencia, me persigue por los caminos de mi mente hasta hacerme la migaja que ahora soy; esa pizca que corre tras la nada y permanece en las sombras de la ilusión fraccionada y omitida. Cada asesinato era con distintos cuchillos.

Llega diciembre con su frío habitual y me hace recordar a cada victima. Hoy las ventanas no alojan a sus peculiares inquilinos; me alegro y de sorpresa escucho ruidos; las puertas se abren, los vidrios explotan y entran volando los pájaros que creía muertos; me atacan; comienzan a clavarme sus picos en mi rostro; no puedo evitarlos, salgo corriendo fuera de la casa y tras de mi las 5 aves; cruzo por los árboles llegando al riachuelo; tropiezo con una roca y caigo dando vueltas; todos contra mi y hasta ese momento no recuerdo más.

Tras un mes en el hospital puedo escribir lo que me pasó. ¡No he muerto y quiero mudarme de casa!

Nota: ...“En el Hospital Central de P… una enfermera encuentra a una mujer muerta con su rostro totalmente desfigurado y sobre ella muchas plumas de aves…” DIARIO LA RAZÓN DEL NORTE
Carlos Acuña
31 enero 2008

El Hombre de las horas


Carlos era un carnicero muy inteligente, bien pudo ser ingeniero, o bien filósofo, pero quiso ser carnicero y de vez en cuando escritor.

Era muy puntual, tenía un respeto notable por las horas, “obsesión” decían los usuarios del puesto enorme y limpio, algo raro pasaba en esa carnicería, no olía a carne, Carlos no era gordo, su tienda era distinta, su matadero era de humanos, los usuarios venían y morían en la mesa y con la cortadora eran mutilados en una hora exactamente.

El carnicero era vegetariano y sus víctimas eran los verdaderos sanguinarios, los verdaderos culpables; luego de descuartizar un cuerpo en una hora, limpiaba todo en 30 minutos y en 15 minutos ya estaba completamente seco de sangre, utilizaba unos químicos para las paredes y sus ropas, nunca supe cuales eran, lo cierto es que le funcionaban y muy bien.

El carnicero era callado pero escribía muy bien, aunque su modestia pasaba desapercibida, él bien sabía que su inteligencia era la causa de la vida que tenía. Su fanatismo llegaba a tal punto que medía los pasos exactos para salir de su local, los minutos que tardaban los culpables en morir cuando la cortadora les destrozaba algún miembro, los segundos en que su ojos se dilataban al sentir el fin de su existencia, ése era Carlos el metódico, el preciso, el asesino que comía vegetales.

Su local era una frutería, la mas grande de la ciudad y la que escondía una habitación de la muerte, jamás imagine que podría ver ese cuarto y mucho menos saber que el famoso escritor mutilaba y asesinaba.

Los cuerpos nunca fueron encontrados y el porqué de la historia que escribo se debe a que yo era unos de esos seres.

Carlos Acuña
26 enero 2008
100 Formas De Matar A Una Persona

Nunca supe lo
que hacia hasta que lo hice.
Siempre pensé que kafka estaba loco,
pero nunca a tal punto.

Y sí, allí me encontraba yo, archivando libros, revistas y demás cosas en la biblioteca. Mi horario era sencillamente bueno, desde las 8:30 AM, hasta las 12:00 PM, una pausa para comer y luego a trabajar a las 2:00 PM hasta las 6:00 PM, bastante bueno, como se podrían dar cuentas algunos. El olor a polvo, a libros viejos, a páginas desgastadas, era fascinante. Todo cambiaba cuando entrabas en la biblioteca, el silencio, los murmullos y la gente extraña. Sobraba quien rompiera hojas y se robara libros, había un sin números de libros por catalogar, se hacían por autor y genero, se colocaban, y el estante estaba listo para el público.
6 personas laboraban en la biblioteca, 3 mujeres y tres hombres, El director, no contaba, él no era una persona, era calvo, gordo, sucio. ¿Por qué no contaba? Parecía más un soldado egipcio golpeando a un esclavo, que una persona educada y distinguida. Era en exceso despreciable, abominable, creía fervientemente que los demás les pertenecían como perros, y que costara lo que costara sus órdenes tenían que cumplirse. Era increíble mirar lo retorcidamente sádico que podía ser, más de una vez lo vi mirándole las piernas a la recepcionista, me sentía total mente apesadumbrado, ya que él aborrecible hombre que ostentaba el cargo de jefe, era un hipócrita, burócrata, que nada tenia que ver con libros, historias, cuentos o poesías. Muchos de los empleados llevaban años trabajando y habían visto a muchos jefes, pero él, no merecía, por siquiera que se imagine, algo menos que repulsión total.

Dejando a un lado esa parte, y volviendo a los empleados y obreros que laboraban en la biblioteca, se dividían de la siguiente forma:

La señora de los libros, la más experimentada.
El señor de mantenimiento.
El muchacho joven del correo que quedaba justo al lado de la pequeña hemeroteca y de los baños,
La joven y bonita recepcionista.
La mujer retraída, compulsiva, que me ayudaba en el registro.
Y yo el archivador.

Los días en la biblioteca transcurrían sin menos capacidad que la carga de estupidez requerida para ese trabajo. A las 5:30 se cerraba al público y nosotros luego de media hora podríamos salir, después de acomodar y limpiar un poco. Sin demora pero sin ninguna prisa, regresaba a mi apartamento tipo estudio, en donde me encontraría con “una temporada en el infierno” de Rimbaud, (algo exquisito). El sillón confortable, el olor a canela, madera y tierra mojada. La velas a medio acomodar junto con la lámpara y unas cajas viejas de cigarros en el mueble pequeño ubicado del lado izquierdo de la cama. La cocina chica, con la alacena y su candado, las cucarachas y un señor que se llama ramón rondando por doquier. El pequeño baño con aroma a flores secas, y a destacados jabones artesanales.

Llegar y que la habitación sea mía, es lo mejor. Preparar una ensalada, sentir que la soledad acompaña mi ausencia, hace que mi piel se erice y me excite. Estar solo en todo caso no es de mi total agrado, pero sentirme acompañado es detestable. Llegada la noche, era hora de cerrar y dormir, para luego retornar a la biblioteca el día siguiente.

Al llegar a la biblioteca, después de marcar la tarjeta en la entrada y los respectivos saludos hipócritas que me eran familiares. Me dirigía al final del pasillo principal a la puerta de los archivos, allí los estantes de registros y de libros recubrían el lugar haciendo otra habitación más grande que la principal. Seguidamente de ver los registros pasaba por los pasillos hurgando los libros y revistas, leyendo un poco, riendo otro tanto. De esa forma pasaba algunas horas sin hacer más de lo que era necesario (para mí claro está). Un día, archivando unos textos que estaban en una caja vieja y cubierta en su totalidad de polvo y tela de araña, encontré algo sin precedente. Era un texto de más de 300 páginas, explicando detalle tras detalle, como matar a una persona en 100 formas fáciles y diferentes. Sin duda mi sorpresa era equivalente al asombroso descubrimiento, por supuesto llegando a un estado de miedo y de cólera. Viendo de lado a lado escondí el texto entre mis ropas, huyendo del lugar hacia un pasillo más lejano y más solitario. La portada era de cuero, con los bordes de las letras hundidas, se me fue difícil observarlas al inicio. Inicie a leer y olvide el trabajo por unas horas, esto sucedió en la tarde. No tenia autor, era algo anónimo, con detalles y diagramas excelentes. Imagine que nunca realizaría nada de lo descrito allí. Sin embargo no podría saber lo que haría después de analizar cada párrafo.



Además el relato refería definiciones de actuaciones y de vocablos desconocidos para mí en ese momento. Cada línea era nueva, un avatar distinto entre pasaje y pasaje, la obra me cautivo, ojeé muchas paginas, hasta llegar al momento en que el edificio se tenia que cerrar. Me puse paranoico a la hora de salir, asumí que cualquiera me hubiese observado. Deliberadamente corrí, pasando las puertas principales del archivo con mucha velocidad, apresuradamente llegue a la calle y emprendí el camino directo al apartamento. Especulando sobre lo que podrían haber pensado los empleados, en ese instante no sabía las consecuencias de mis actos.

Entrando por la puerta de la habitación, sentándome en el sillón con el libro recubierto por las telas de mi camisa azul. Sosteniéndolo con fuerza, teniendo el corazón en la boca, mi aliento entrecortado y la sed de muchos días juntos. Me fui. Poco tiempo pasó para recobrar el juicio de la laguna en que permanecí por intervalos. Un vaso de agua y mis ojos requerían volver a leer, entendí en ese momento que la euforia, la efervescencia, el arrebato, la exaltación y el entusiasmo de observar cada letra, cada frase, era como el opio, una droga animadora de mi apatía habitual. Un estado sicótico, del que no quería retornar. En cada hoja que pasaba los pormenores del manual me mantenían pegado a el. Aparte de asesinar y liquidar a una persona, el ejemplar ejemplificaba el estado en que las victimas se veían involucradas, los gritos parecían saltar de las líneas, me introduje en la obra y sostuve que el anónimo del autor era sin duda un genio, un maestro del terror, un escritor maldito, nunca sabría si fue escrito antes de Allan Poe o después de su muerte. Era el año 19... Y la electricidad ya estaba en mi apartamento, los avances fuera de mis paredes eran abismales, me aterrorizaba tanta gente en la ciudad, desde hace un tiempo todo era un modernismo casi por completo.

Un día, el director, me trato despreciablemente mal. Me humillo frente a todos, me insulto y grito, no podía soportar escucharle, camine hasta el registro y hasta ese punto me ha seguido con sus gritos. Sobre exaltado, termine la faena del día. Y concebía la manera en que había sido tratado, me odiaba, lo odiaba, y sin embargo no tenia el valor para hacer nada, sentía rabia acumulada, mi estupidez rasgaba con lo idiota que me sentía. De regreso en la calle, fuera del edificio, cruce aceras y tiendas en el centro, de tanto analizarlo me dije que era tiempo que él, tendría que morir.
En ese momento, cruzo por mi mente, una de las partes del libro, la que refería el paso 35, todo lo relacionado con ese momento embargaba mi cuerpo con una sensación no antes sentida.
Me sobreexcitaba lo que conseguía y obtenía mi calma, con lo que pasaba por mi cabeza. En las tiendas compre lo necesario para ejecutar lo que transitaba por mi conciente, regrese a casa con un bisturí nuevo. Lo usaría tal cual indican los detalles del número que había escogido en el manual de la muerte (como quise llamarlo). Lo que me faltaba era un plan el cual seguir, lo elabore en la noche. Las descripciones de cómo ejecutar la parte del manual que había seleccionado, trataban de algo simple y fácil, encontrar un objeto filoso y cortarle una de las venas principales al objetivo. No importando su peso, ni si fuerza, con eso quedaría inutilizado y ese era lo que me emocionaba. No lograba dormir, pensando en los gritos que irían al hacer la incisión, así que escogí un pedazo de tela de la que antes utilizaba en la misma biblioteca para limpiar algunas cosa, eso llamaría mucho la atención e incriminaría por todas las razones a una persona del trabajo, casi llego al orgasmo con ese lindo pensar. Con todo eso recordé en llevar otra muda de ropa para cambiarme, quería estar impecable y hacer mi trabajo luego de llevar todo a la justa medida.

Sale el sol y la mañana me indica que tengo que ser firme y asesinarlo. Llegue, marque tarjeta y me puse a medio laborar, ese día hubo mucha gente, el miedo trascendía en disfrute, que todos los vieran muerto iniciaba en mí el deleite total. Espere y espere, en un momento fue al baño, a eso de las 10 AM, lo seguí, entro a evacuar, en el cubículo próximo al suyo entre yo. Hice un corte en su pierna de tal manera que le seccione la Orta, algo de biología uno decía el texto, el grito prosiguió luego de la hermosa disección, entre a su cubículo, su cara me fascinaba, ese segundo que me vio note su frustración, su dolor, su agonía, y mi placer aumentaba. Tape su boca rápido, le hice otra incisión en la yugular, el baño que era blanco se tiño de tinto, el olor a mierda a sangre, hizo que una sonrisa se posara en mi cara, la sangre en el piso, en las paredes del cubículo, desesperado empezó a poner sus manos alrededor y así alcanzaron mi saco, sus ojos dilatados perdían brillo, su piel blanca se torno pálida, ya sus gritos no salían, su poder no le valía de nada, me quede mirándolo hasta que sus manos soltaron mi traje indicando su muerte. Cerré sus ojos, quite la mordaza de su boca. Antes de salir, me cercioré de todo, lave mis manos igual que lo que había tocado y ensuciado, junte todos los trapos, los arroje a una bolsa, me cambie de traje, guarde el bisturí en la primera muda de ropa y salí. Eran las 10:30 AM. Nadie alrededor del baño, ni el chico del correo, que para ese entonces practicaba su mayor elocuencia con la recepcionista. Busque la forma de deshacerme de la bolsa. Sin que nadie me viera, salí a la calle entre tanta gente, camine muchas cuadras y eche la bolsa a una alcantarilla cerca de un árbol enorme muy reconocible.
Volví corriendo rápido a la biblioteca. Mi llegada no presento inconveniente, nadie notó mi ausencia, eran las 11:30 AM. Me introduje hasta el sitio más alejado de la biblioteca para dejar allí una maleta con una muda de mi ropa, pensando en un futuro inconveniente. Al llegar la víspera de la tarde, alguien empezó con muchas exclamaciones, gritos y demás, ¡el cadáver había sido hallado!, en medio de tanta gente me dispuse a mirar, todos estaban sorprendidos, algunos entraron al baño a verlo, yo entre y vi a todos los demás del trabajo y sus caras, sus caras de sorpresa, pues aunque todos lo odiaban, nadie tenia la capacidad de hacer lo que veían sus ojos. El cadáver no estaba en el cuchitril, lo encontraron en el piso, lleno de sangre, con la mano estirada y una letra a medio escribir, era como una “J” o una “I”. Casi me reí al escuchar los murmullos, ninguna de las iniciales que suponían los presentes era la de mi nombre.

La policía llega a las 12:00 PM, muchas preguntas van y vienen, cada uno de los de la biblioteca contestaba, un detective se me acerca y me dice Sr.…. ¿Donde se encontraba usted a la hora del asesinato? Tenia enormes ganas de gritar “lo veía a los ojos mientras agonizaba” pero no, quise ser rápido y muy calmado, indicándole la puerta, salimos, encendí un cigarrillo, e inicie mi relato, le dije en síntesis que estaba archivando algunos ejemplares viejos, y que eso era muy lejos del baño. Terminando mi cigarro y con ello lo que le comentaba al policía. Entramos y los periodistas, fotógrafos, y demás, se agruparon junto al baño, hacia mucho tiempo que en esta ciudad nadie cometía un crimen tan atroz y sangriento. Al poco tiempo muchos de la biblioteca decidieron irse a sus casas, hice lo mismo, eran las 2:00PM.

Me reía, y sentía que todo era demasiado bueno para ser verdad, el jefe ya no estaba, y yo, yo era el autor material de todo, un plan genial, usando una técnica única, acabe con su estupida vida, su patética existencia, recordaba cada palabra, cada letra que me dijo, era perfecto, todo fue perfecto. Mientras mis pensamientos navegaban en mi mente como barco de papel, las calles se hacían menos y el apartamento ya estaba cerca, “Las flores del mal” me esperaban esta vez. Con la llave en la cerradura, abriendo del lado izquierdo, buscó la comodidad de un té, la estancia calida del sillón y Baudelaire en hojas no tan verdes.

Luego de pensar en todo lo sucedido, analice cada situación encontrando varios huecos que nunca podré rellenar, mis indagaciones y deducciones estaban erradas, la muerte como parte de la vida merece de un trato menos despreciable, he pensado como un sicótico, para nada sereno.
Mi estado en gran parte de todo lo que viví no fue ecuánime, mucho más tarde y en seguida de varias tazas de té decidí tener una agenda y utilizarla en la medida en que se me presentara una acción donde la sangre y la violencia tomarían el rol que les corresponde.

Determine todo y cada pregunta saltaba sola, ¿Me estaba volviendo un demente? ¿Era un asesino?, sin caer en la estupidez de retrasarme o en una desastrosa cualidad de moralidad, anote en la agenda, que el día 1… tenia que llevar a cabo otro asesinato, la forma 51 me sugería a gritos que fuera la indicada, mi objetivo era el chico del correo. Una simple persona, podía indagar algo y esté podía decir cualquier tontería que me expusiera, más tuve en cuenta que este asesinato iniciaría las averiguaciones de alguien en la biblioteca, por cuanto el número que designé me da la ventaja de confusión necesaria para envolver todo en una fatalidad casual, sin relación alguna con el crimen anterior.

Se me cierran los ojos y mis deducciones futuras hacia la hora de la muerte del chico del correo se quedan cortas y prefiero descansar y cerrar. Despierto y resuelvo esconder el texto de las “formas” en un lugar donde ni yo mismo pudiera tener acceso, ese lugar se llamaba “nada”, así, el cuaderno empezó arder mientras cada forma se repetía como una cicatriz en mi cabeza, todas y cada una de ellas estaban allí, yo las conocía de memoria, no tenia que leerlas a cada instante, de esa manera eliminaría una futura prueba en mi contra, si es que se diera el caso, en el cual, yo fuera un sospechoso.

La quema del cuaderno permanece en mis ojos, el tenia una influencia en mi, sentía necesidad de tocarlo, con esta acción y la salida del sol, el domingo 28… repunta y mis ganas de descansar aumentaron, tenia que pensar lógicamente, llego el momento en que tome en serio los asesinatos, no me puedo enfermar, tengo que mantenerme sano.

Luego de que el luto termino, todos volvimos a la biblioteca, ya nada era igual, al parecer un nuevo director vendría el mismo día que escogí asesinar al muchacho del correo, ninguna palabra se propagaba por los pasillos, los usuarios entraban y salían como si nunca hubiera pasado algo. El baño estaba limpio, nadie por siquiera pudiese haber pensado alguna vez que un cadáver estuvo en ese lugar.

Ese día, mis tareas eran muchas, las deje a un lado sabiendo yo que tenia que buscar el tiempo en donde asesinaría al chico del correo, llego el momento del almuerzo, todos los usuarios estaban ya fuera de la biblioteca, de repente lo veo acercándose al baño de mujeres, me apuro y con una toalla le cubro la cabeza y lo introduzco dentro, saco la cuerda de piano, ya tenia unos guantes puestos, cubrí su cuello con la cuerda y aprieto, no pudo gritar, mi mano en su boca lo impedía, de repente ya no se movía, su fin era inminente, cuando dejo de latir su corazón, saco la soga y la cuelgo en la viga del baño, y así su cadáver colgado anunciaba un suicidio, al terminar, me di cuenta de la sangre en mis manos y de su cuello hecho trizas, no le di importancia y quise irme.

En el momento en que cruzaba la puerta justo frente de mí, estaba la recepcionista, le di el paso su grito se hizo escuchar, y con lo primero que conseguí (en este caso fue un pedazo de un estante roto) se lo acerté en la cabeza partiéndosela con ese solo golpe, pero para estar seguro cinco más y estaría lista, sin saberlo había ejecutado dos formas del libro la 51 y la 32, la última sin siquiera haberla pensado, sabiendo que su grito atraería a los demás, tuve que desalojar el baño en ese instante.

La mujer retraída, fue la primera en llegar, conseguí unas tijeras, el numero 88 era el próximo en seguir, al cruzar cerca de la hemeroteca hice que me notara, se detuvo viéndome con las tijeras, su cara inmovilizada me daba mucha risa, en segundos salte y encaje las dos puntas en cada uno de sus ojos, al introducirla su grito fue de muerte, la sangre en mis muñecas, movía las tijeras a tal punto que al sacarla uno de sus ojos se vino en una de las puntas, su cuerpo se retorcía en el piso, me levante en seguida, guardando las tijeras, la sangre por doquier daba a la hemeroteca un toque sádico que me llamaba mucho la atención.

Empecé hacer una pequeña bitácora de lo que había ocurrido, tres muertos, tres números, fascinante, lo único que no me agradaba era que tal vez con el apuro no pensé en las formas correctas, pero la insignificancia de esto me trajo más que un pequeño desconsuelo.

Tras los incidentes, me escondí tras varios estantes fuera de la vista de los otros trabajadores, esperando el tiempo preciso para pasar desapercibido. Al rato escucho más gritos y murmullos, trato de calmarme y comienzo a pensar en mi plan secundario, rodeo los estantes de tal forma que me lleven al lugar donde siempre solía ir para que nadie me notara, al llegar encuentro mi maleta tal cual la había dejado, me cambio de ropa, sabiendo que la misma muda era idéntica a la que usaba, con diferencia de la sangre en una de ellas.
Resuelvo volver corriendo al lugar de donde los gritos provenían, el señor de mantenimiento y la señora experimentada consternados por los hechos concluyeron llamar a la policía, al ver los cuerpos, recordé un error, y tenia que solventarlo.

Si la policía decidía buscar pruebas en la biblioteca conseguirían mi ropa llena de sangre en el archivo, ¿Pero como buscarla y eliminar esa prueba en mi contra?, si tenia por el medio a dos enormes inconvenientes. Se me era imposible llegar hasta donde estaba la maleta, y en seguida como solución, el libro de las formas vino a mi cabeza. ¡Tenía que asesinarlos y luego huir!

Recordando el pasaje que el número 22 me trajo, imaginaba siempre que esto seria algo muy difícil de hacer, pues tendría que emprender la fuga por una de las ventanas detrás de la biblioteca y luego sortear la maleza. La forma hablaba de que el fuego era lo ideal para acabar con pruebas y personas.

Empecé a quemar libros, y como era de esperarse el fuego se propagaba rápidamente, corrí a la puerta antes que las molestias llegaran, fui tras de ellos con el trozo de estante en mi mano, el fuego, los grito de la señora experimentada y la sangre de la cabeza del señor de mantenimiento en mis manos me extasiaban de placer, un golpe sobre su cara y todo terminaba allí, me inspire y fueron 10 los que dejaron su rostro desfigurado hasta que el hueso de la mandíbula estuvo a la vista.

El humo empezó a cegarme y como pude llegue hasta mi maleta, salí por la ventana corriendo muy rápido, estaba lloviendo, el fango y los matorrales dificultaban mis pasos, luego de mucho tiempo encontré una vía de escape que me conducía a una calle, algunos carruajes y una que otra persona, nadie pudo notar que estaba por allí, busque un callejón para dejar mi maleta con la ropa. Sin más, decidí regresar a mi estancia y emprender mi fuga lo más pronto posible.



Carlos Acuña

El joven y el perro

Me llamo C.A y sólo eso puedo decir, lo que lees son notas dispares que reuní tiempo después.

Tenía 16 años cuando se me ocurrió asesinar a mis padres, mientras esperaba, practicaba torturas con mi perro, solía introducirle pequeños trozos de madera en sus pesuñas para esperar a que se pudrieran y que no pudiera por siquiera dar un paso, era divertido ver como intentaba caminar y se retorcía con dolor, mientras me miraba con lagrimas saliendo de sus ojos; la pus y la infección alcanzo su máximo y empecé el corte de cada pata sin anestesia, su respiro final fue al concluir la incisión de la última pata. Cada práctica requería de mi total atención, todo solía ser un acto de ensayo y error, pues no sabía cuando llegaría el momento de aplicarlo.

Era el día anterior a mi cumple año numero 16, poseía yo para ese entonces de una gran capacidad de adaptación, de pensamiento y de toda una serie de secuencias que de alguna forma aumentaban según su grado de complicación debido a que era demasiado inteligente para mi edad; por eso resulte ganador de 3 becas para ir la universidad que prefiriera y estudiar filosofía como lo soñaba desde niño.

Mi único obstáculo y problema eran mis padres, según el sistema actual ellos tenían que aceptar mi partida y por supuesto la entrada a la universidad, pero mis gustos y mi trato hacía ellos producirían lo contrario y es allí, donde comienza la diversión de estas páginas

Era fácil asesinarlos el inconveniente era pensar en el modo en que sufrieran de tal forma que negarán mi existencia. Mis padres eran muy condicionales, comunes y regulares (algo patético), típica mujer de casa, típico hombre con dinero, típica familia (asquerosamente típica), todo se compaginaba para que yo fuera diferente y esa diferencia los aniquilaría por completo.

La casa donde residíamos era lujosa digna de un medico cirujano con post grado master y doctorado (sencillamente repugnante), tres pisos y un balcón ubicados en una pequeña cumbre de unas hectáreas a las afuera de la ciudad más cercana, mi habitación era la del último piso y el balcón era prácticamente mío, la sala, la cocina, el estacionamiento y el sótano todos acondicionados para que no faltara nada.

Como es de saberse los hijos únicos son consentido, yo no era la excepción, siempre hice lo que quise y obtenía lo que quería; sabía 5 idiomas, ruso, ingles, francés, español y alemán; leí desde niño pues la biblioteca de mi padre era el lugar de mis juegos, prefería leer a los siguientes autores: Allan Poe, Fyodor M. Dostoevsky, Federico García Lorca, Ernest Hemingway, Johann Wolfgang von Goethe, Franz Kafka, Yasuniro Kawabata, Anton P. Chekhov, Mark Twain, Walt Whitman,; su lectura me hicieron lo que soy.

Mi estancia estaba llena de armas del siglo XIX de todos los tamaños, tantos cuchillos como pistolas tradicionales, además, coleccionaba arena de los lugares a donde he ido, todo mi closet y mi ropa eran de colores oscuros y la música que escuchaba era clásica y gótica, mi personalidad retraída e introvertida decía muy poco de mí y no advertía lo que haría posteriormente. Usaba mi diario como forma de escape y que fuera esa ventana abierta al horizonte solitario que buscaba desde corta edad.

Hacia tiempo que el regalo del cumpleaños número 10 me estorbaba y por cuanto su estadía en mi vida tenía que terminar, es por ello que pensé en la forma de eliminarlo antes que a mis padres. Su muerte como la describí al principio, fue el inicio del método a seguir y el que usaría en mis progenitores. Así, el mismo día del aniversario de mi nacimiento inicie las acciones que decidieron mi futuro.
Sabía de ante mano que les cortaría cada parte de su cuerpo, sin antes informales el porqué de mis actos, mi madre fue la primera, con un martillo le pegué dejándola inconciente y como a mi perro, le introduje trozos de madera en cada una de sus uñas para que se pudrieran he hicieran de su dolor un gozo para mí. La sujete con cuerdas de escalar y de esa forma la fui llevando a rastra al sótano, eran las 10 de la mañana, mi padre retornaba al medio día.

Cuando llegó, busqué un hacha y escondiéndome tras la puerta de la cocina espere a que pasara, le propiné un golpe con el mango del hacha y con ese medio quedó sin sentido. Hice los mismo con sus uñas y con otro pedazo de cuerda inutilicé sus movimientos, lo ubiqué al lado de mi madre. Me quedé viéndolos hasta que volvieron en si, sus ojos no podían creer lo que pasaba, su hijo, su único hijo los estaba torturando, empecé mi explicación, cuando termine; cubrí sus cabezas con una tela negra y los deje tirados en el suelo sin antes cerciorarme de los amarres, además, para hacer más terrorífica su estadía puse a repetir la pieza de Clint Mansell, que era el sound track de la película “Requiem for a dream” Lux Aeterna.

Al pasar los días mi libertad se aproximaba y planeaba como deshacerme de los cuerpos de mis progenitores, al igual que a mi perro decidí quemarlos en la parte trasera de la casa.

Luego de una semana baje donde estaban, los encontré pálidos con ojeras y cansados, de apoco les fui cortando cada dedo, dejándolos ver como lo hacia, sus gritos y su terror eran la diversión que visionaba, seleccione para el corte de sus muñecas una hacha pequeña y para los brazos una sierra mecánica vieja, deduje que mi madre moriría primero, bajo la sangre que no era la mía vi como se extinguía su exhalación lentamente, murió a unos minutos de las 3 de la tarde, mi padre por el contrarío resistió hasta su primer brazo; luego sucumbió. Al Finalizar su amputación, termine de mutilarlos. Saque sus restos en bolsas, los introduje en un hoyo, he hice una enorme hoguera con sus cadáveres. Esa noche acampe junto a sus cenizas.

Saque lo que quedaba de ellos y esparciéndolos en la enorme pecera de la sala eliminé su rastro; sus peces, su hermosos peces; se los comían de apoco.

Limpie toda la sangre e inicie un corto circuito y de esa manera el fuego en toda la casa, al llegar los bomberos no había mucho que hacer ya que en mi cuarto habían muchos químicos que vertí por toda la casa antes de que el fuego consumiera todo.

Yo sabía que era el único heredero y que el seguro cubriría los gastos de la casa. La policía los dio por secuestrados o perdidos, luego de un año y bajo la tutela del contador de mi padre, todo pasó a mi nombre, me suministraba dinero cada mes y mi entrada a la universidad fue aceptada por un psicólogo para que mi proceso de adaptación y el trauma fuera menor.

Con estas últimas líneas término mi diario y comienza una nueva etapa en mi recorrido.

Nota: El nombre de mi perro era, Josef K.

Carlos Acuña

El Medico De Los Muertos

“Tic tac hace el reloj, tic tac y no para”

En que hora llegas, protesto hacia el cielo, las nubes traen la tormenta del mes y mi bata se mancha con las gotas. Dejo aun lado todo lo que tengo y la sangre se seca poco a poco dentro de la sala de operaciones.

Nada queda en el salón de los muertos, la soledad y el vació por llenar hacen de huellas para mis recuerdos olvidados en el mundo de los vivos, cuando despierto, resto de un cuerpo están en la mesa, tengo que abrirlo y sacar lo que queda.

Nunca hay preguntas, y mi vida, si es que todavía tengo, se resume en abrir el pecho de un desconocido, revisar y cerrar. Nadie me dice quienes son, la comida siempre la ponen de un al lado del cadáver, hoy era, zanahorias con brócoli y una patata hervida. Los días pasan lento.

Además de la sala de operaciones, hay otra habitación con una reja tan alta que no llego alcanzarla. La misma me hace soñar y ver las estrellas tras los barrotes. Cuando llueve, corro y me baño con la lluvia, cuando nieva, juego con la nieve, cuando hace sol me bronceo, he contado 400 días y 399 noches. Es el año 194… y la guerra no termina, los alemanes son despiadados, detesto ser alemán, reniego de ser inteligente, condeno a mis fuerzas y creo que ya no se que es la esperanza.

Los que llegan nunca los cuentos, son cientos, de 10 a 15 por día, todos oficiales de alto rango, muchos de sus trajes total mente intactos sin una gota de sangre y otros tantos con el pecho desecho ensangrentado con orificios uno al lado de otro. 5000 cajetillas de cigarrillos tiradas en el rincón. Pudiendo haber miles de médicos ¿Por qué soy el de los muertos? Nunca entenderé mi destino, nunca quise tener una esposa o familia, era un solitario, con dinero, hasta que la guerra me alcanzo en mi sala con mi té en la mano.

Pensaba en que un día alguien abriría la puerta y me diría estas libres y correría y gritaría, y nunca más cortaría el pecho de un ser humano. Me canse de esperar y ya no pensaba eso, pensaba en suicidarme, pero tenia tanto miedo, era un cobarde, hasta para dispararme. Muchos de los uniformes ingresaban con sus armas dentro, y otros con la capsula de cianuro intacta en un bolsillo.

Un día había ingresado sólo un cuerpo, de alguna forma me afectaba, pues no tenía mucho que hacer, había leído toda la biblioteca que me dejaron, escuchado todos los discos clásicos a mí alcance. Era despreciable el silencio y me aturdía. El medio día llego y por primera vez desde que estoy acá, ningún cadáver, algo pasa sin duda, nunca pensé en que se abriría la puerta tras de mi y me dijeran estas libre, un retrazo pensé, pero más adelante analice que los alemanes no se demoran.

Veía el cielo cuando la puerta de a poco se abrió, un oficial con un arma en la mano entro, un disparo, cuando abrí los ojos, estaba en mi mesa, con alguien hurgando en mi pecho.

Carlos Acuña
08 enero 2008
La noche más larga


Desde el interior deseaba que la noche terminara rápido, pero en todo mi ser se producía una irritación al saber que las horas muertas del reloj empezarían a decirme que nada tenia el mismo sentido y las pausa no debían estar, actuar rápido era la clave de la perfección.

Acaso todo tenia que salir mal para darme cuenta que de ese modo conseguiría lo que quería. Y así, el tiempo hablo y me callo la boca en presencia de mi sombra y de mi silencio.

Unos pequeños detalles envuelven el andar y sortean las capacidades para que ellas mismas cercenen a su vital inquilino.

Me vi envuelto en una lúgubre habitación, tan grande que toda la noche no me alcanzo para recorrerla, no había más que cuatro paredes y eso era lo que medio se podía ver con los fósforos que me quedaban.

Pensar en escapar esta vez no era la mejor opción, mi crimen fue cruel y despiadado, y para el juez el castigo era estar encerrado en un lugar, donde nunca fuera de día, en donde la noche más larga no alcanzaba para saber cuanto me quedaba de vida.

Al llegar la misma estancia me golpeo con su silencio y sus ecos mudos, dicen que asesine a 10 personas, dicen que los descuartice y que sólo la cabeza solían encontrar, yo realmente no recuerdo, soy inocente de quitarle la vida a esos que dicen, siempre pensé, que ponía fin a la angustia de unos tantos.

Llegue demasiado pronto a esta tierra, nadie entendía que era muy inteligente como para ser un simple asesino, esa etiqueta me resultaba un insulto, escogí estar encerrado mucho antes de que ellos lo hicieran tenia que pensar en mis próximas ejecuciones.

Y si es cierto que la noche será muy larga, descubriré la forma de que la noche sea mi cómplice y me regale el tiempo de su existencia, sólo para que yo, K…. Pueda llevar a cabo mi cometido y que toda la humanidad requiera de ciertas extirpaciones para estar mucho mejor.

Nada queda en el entendido colectivo de mi metáfora hecha parábola, pero si entra algo en el entender de una forma particular será el que decida la noche larga con su tic-tac infinito.


Carlos Acuña
Un Momento de Paz

Son las 10 de la mañana del día anterior a l crimen, el sol repunta en el piso 22, la calle mojada, paraguas y personas apuradas, me despierto y trato de que el café me despabile, la ducha me espera como siempre, luego de 20 minutos estoy lista para vestirme.

La ropa llena de sangre sigue en la bolsa, la resaca me hace recordar toda la pelea de las 3 AM, pesan los golpes que me dieron y pesa más el dolor de mi brazo, dar hachazos no va con mi forma física, ahora lo se.

Viajando por horas, pensando y a la vez no, llegar, estar viva, analizar lo sucedido, entenderlo y ver que errores realice, “fue muy rápido”, me digo moviendo la cuchara en la taza, la sangre salía por todos lados, su gritos se repiten, su dolor lo siento, sus ojos clavados en los míos.

El horror de sentirme acorralada, la pasión de saber que nunca más me molestaran de nuevo. Y todo lo demás lo olvido. El recuento comenzó con los dos últimos tragos del café, en total fueron 5 muertos, 2 con hachazos y los otros 3 con la escopeta, el hacha seguía en la camioneta junto con el arma, las dos llenas de sangre que no eran la mía.

La maldición me persigue por vías imaginarias, tengo que salir y deshacerme de todo, recuerdo como el fuego exterminaba sus cuerpos, el humo era realmente molesto, las luces del día encendían los colores del bosque, todo era un desastre que tenia que recoger, me tomaría horas, mucha sangre y muchos detalles, al terminar, otra fogata eliminaba varias pruebas, cuando los huesos y demás cosas concluyeron de arder eran la 1 PM, faltaba algo pero no sabia que era, estaba desesperada por irme, todas las cenizas fueron a parar a un pequeño hoyo que hice, me disponía a irme cuando la lluvia llego, si mis pasos eran el error el agua los eliminaría.

La carretera desplegaba ese aire que necesitaba, y de repente volví al apartamento, cada cosa en su sitio, queme la ropa en el estacionamiento, el hacha de un lado y el mango del otro, uno lo quemaría y el otro lo botaría, mientras el arma sólo la limpie, quería quedarme con ella, mi ropa ardió por completo y emprendí otro viaje para deshacerme del hacha, el mar estaba a unas horas, ese era el lugar indicado.

Al llegar tire el hacha e hice otra fogata cerca de la carpa que dispuse para mi instante de armonía con la mar, ya que sin marido, ni amante, y por si fuera mejor sin testigos, ese momento de paz en el que soñaba empezó hoy.

Carlos Acuña
07 enero 2008

Mi Casa vacía


Regresando del largo viaje olvidado, encuentro en mi casa vacía, migajas de pan, tal vez seria un señuelo para que supiera que el silencio me había visitado, que la tristeza lo había seguido y que sin duda la pena vino con ellos.

Mi casa vacía que de apoco nunca tuvo nada, y que del todo el algo se escondió, cuando llegue, hacia frío y la madera lloraba lagrimas de barniz, lloraba sin decir nada para que yo no la viera, el ruiseñor sin comida quedo y mato a la ventana sin sonidos, las velas se suicidaron en serie pues su mayor amante ya nunca vino ni las encendió.

Las puertas que nunca tuve, se amarraron a las paredes continuas y sin vacilar el techo quedo colgado por la sorpresa de verme, las escaleras, ¡mis escaleras!, ya no subían ni bajaban, pobre de ellas los pasos en seco la asesinaron lentamente.

Mi casa vacía nunca tuvo esa luz de cuarzo que dan los ejemplares calidos de las bombillas, “las catacumbas se ven mejor” decía el aire mientras rozaba mi cara, el olor a tierra mojada derretía a mis sentidos convirtiéndolos en un ir y venir de sensaciones olvidadas y precarias.

Sin duda lo ejemplar de la estancia es la incomodidad que ella misma hacia sentir, las expresiones de singular dolor me recordaban lo ineficiente del miedo en mi corazón cobijado y sin frío, cadente de toda aquella decadencia que el recuerdo vomitaba en una esquina la misma noche donde la luna hacia de pedestal para vacilaciones y encuentros extraños que marcaban los cambios de mis sentimientos.

Las veces que no la pude entender, lloraba y lamentaba mi comportamiento. ¿Carecía yo de esa esencia para que la cima del balcón no saltara y me aplastara en segundos de fina estupidez? ¿Necesitaba por cuanto una mejor estrategia de razonar y de deducir? ¿O era que mi pensar era tan inequívoco que ni yo mismo podía comprender a mi propia cubierta?

Sin más, prepare un elipsis y soñé que la compañía de mi casa siempre fue la derrota de las ganas encontradas en mi viaje olvidado.

Carlos Acuña