31 enero 2008

El Hombre de las horas


Carlos era un carnicero muy inteligente, bien pudo ser ingeniero, o bien filósofo, pero quiso ser carnicero y de vez en cuando escritor.

Era muy puntual, tenía un respeto notable por las horas, “obsesión” decían los usuarios del puesto enorme y limpio, algo raro pasaba en esa carnicería, no olía a carne, Carlos no era gordo, su tienda era distinta, su matadero era de humanos, los usuarios venían y morían en la mesa y con la cortadora eran mutilados en una hora exactamente.

El carnicero era vegetariano y sus víctimas eran los verdaderos sanguinarios, los verdaderos culpables; luego de descuartizar un cuerpo en una hora, limpiaba todo en 30 minutos y en 15 minutos ya estaba completamente seco de sangre, utilizaba unos químicos para las paredes y sus ropas, nunca supe cuales eran, lo cierto es que le funcionaban y muy bien.

El carnicero era callado pero escribía muy bien, aunque su modestia pasaba desapercibida, él bien sabía que su inteligencia era la causa de la vida que tenía. Su fanatismo llegaba a tal punto que medía los pasos exactos para salir de su local, los minutos que tardaban los culpables en morir cuando la cortadora les destrozaba algún miembro, los segundos en que su ojos se dilataban al sentir el fin de su existencia, ése era Carlos el metódico, el preciso, el asesino que comía vegetales.

Su local era una frutería, la mas grande de la ciudad y la que escondía una habitación de la muerte, jamás imagine que podría ver ese cuarto y mucho menos saber que el famoso escritor mutilaba y asesinaba.

Los cuerpos nunca fueron encontrados y el porqué de la historia que escribo se debe a que yo era unos de esos seres.

Carlos Acuña
26 enero 2008
100 Formas De Matar A Una Persona

Nunca supe lo
que hacia hasta que lo hice.
Siempre pensé que kafka estaba loco,
pero nunca a tal punto.

Y sí, allí me encontraba yo, archivando libros, revistas y demás cosas en la biblioteca. Mi horario era sencillamente bueno, desde las 8:30 AM, hasta las 12:00 PM, una pausa para comer y luego a trabajar a las 2:00 PM hasta las 6:00 PM, bastante bueno, como se podrían dar cuentas algunos. El olor a polvo, a libros viejos, a páginas desgastadas, era fascinante. Todo cambiaba cuando entrabas en la biblioteca, el silencio, los murmullos y la gente extraña. Sobraba quien rompiera hojas y se robara libros, había un sin números de libros por catalogar, se hacían por autor y genero, se colocaban, y el estante estaba listo para el público.
6 personas laboraban en la biblioteca, 3 mujeres y tres hombres, El director, no contaba, él no era una persona, era calvo, gordo, sucio. ¿Por qué no contaba? Parecía más un soldado egipcio golpeando a un esclavo, que una persona educada y distinguida. Era en exceso despreciable, abominable, creía fervientemente que los demás les pertenecían como perros, y que costara lo que costara sus órdenes tenían que cumplirse. Era increíble mirar lo retorcidamente sádico que podía ser, más de una vez lo vi mirándole las piernas a la recepcionista, me sentía total mente apesadumbrado, ya que él aborrecible hombre que ostentaba el cargo de jefe, era un hipócrita, burócrata, que nada tenia que ver con libros, historias, cuentos o poesías. Muchos de los empleados llevaban años trabajando y habían visto a muchos jefes, pero él, no merecía, por siquiera que se imagine, algo menos que repulsión total.

Dejando a un lado esa parte, y volviendo a los empleados y obreros que laboraban en la biblioteca, se dividían de la siguiente forma:

La señora de los libros, la más experimentada.
El señor de mantenimiento.
El muchacho joven del correo que quedaba justo al lado de la pequeña hemeroteca y de los baños,
La joven y bonita recepcionista.
La mujer retraída, compulsiva, que me ayudaba en el registro.
Y yo el archivador.

Los días en la biblioteca transcurrían sin menos capacidad que la carga de estupidez requerida para ese trabajo. A las 5:30 se cerraba al público y nosotros luego de media hora podríamos salir, después de acomodar y limpiar un poco. Sin demora pero sin ninguna prisa, regresaba a mi apartamento tipo estudio, en donde me encontraría con “una temporada en el infierno” de Rimbaud, (algo exquisito). El sillón confortable, el olor a canela, madera y tierra mojada. La velas a medio acomodar junto con la lámpara y unas cajas viejas de cigarros en el mueble pequeño ubicado del lado izquierdo de la cama. La cocina chica, con la alacena y su candado, las cucarachas y un señor que se llama ramón rondando por doquier. El pequeño baño con aroma a flores secas, y a destacados jabones artesanales.

Llegar y que la habitación sea mía, es lo mejor. Preparar una ensalada, sentir que la soledad acompaña mi ausencia, hace que mi piel se erice y me excite. Estar solo en todo caso no es de mi total agrado, pero sentirme acompañado es detestable. Llegada la noche, era hora de cerrar y dormir, para luego retornar a la biblioteca el día siguiente.

Al llegar a la biblioteca, después de marcar la tarjeta en la entrada y los respectivos saludos hipócritas que me eran familiares. Me dirigía al final del pasillo principal a la puerta de los archivos, allí los estantes de registros y de libros recubrían el lugar haciendo otra habitación más grande que la principal. Seguidamente de ver los registros pasaba por los pasillos hurgando los libros y revistas, leyendo un poco, riendo otro tanto. De esa forma pasaba algunas horas sin hacer más de lo que era necesario (para mí claro está). Un día, archivando unos textos que estaban en una caja vieja y cubierta en su totalidad de polvo y tela de araña, encontré algo sin precedente. Era un texto de más de 300 páginas, explicando detalle tras detalle, como matar a una persona en 100 formas fáciles y diferentes. Sin duda mi sorpresa era equivalente al asombroso descubrimiento, por supuesto llegando a un estado de miedo y de cólera. Viendo de lado a lado escondí el texto entre mis ropas, huyendo del lugar hacia un pasillo más lejano y más solitario. La portada era de cuero, con los bordes de las letras hundidas, se me fue difícil observarlas al inicio. Inicie a leer y olvide el trabajo por unas horas, esto sucedió en la tarde. No tenia autor, era algo anónimo, con detalles y diagramas excelentes. Imagine que nunca realizaría nada de lo descrito allí. Sin embargo no podría saber lo que haría después de analizar cada párrafo.



Además el relato refería definiciones de actuaciones y de vocablos desconocidos para mí en ese momento. Cada línea era nueva, un avatar distinto entre pasaje y pasaje, la obra me cautivo, ojeé muchas paginas, hasta llegar al momento en que el edificio se tenia que cerrar. Me puse paranoico a la hora de salir, asumí que cualquiera me hubiese observado. Deliberadamente corrí, pasando las puertas principales del archivo con mucha velocidad, apresuradamente llegue a la calle y emprendí el camino directo al apartamento. Especulando sobre lo que podrían haber pensado los empleados, en ese instante no sabía las consecuencias de mis actos.

Entrando por la puerta de la habitación, sentándome en el sillón con el libro recubierto por las telas de mi camisa azul. Sosteniéndolo con fuerza, teniendo el corazón en la boca, mi aliento entrecortado y la sed de muchos días juntos. Me fui. Poco tiempo pasó para recobrar el juicio de la laguna en que permanecí por intervalos. Un vaso de agua y mis ojos requerían volver a leer, entendí en ese momento que la euforia, la efervescencia, el arrebato, la exaltación y el entusiasmo de observar cada letra, cada frase, era como el opio, una droga animadora de mi apatía habitual. Un estado sicótico, del que no quería retornar. En cada hoja que pasaba los pormenores del manual me mantenían pegado a el. Aparte de asesinar y liquidar a una persona, el ejemplar ejemplificaba el estado en que las victimas se veían involucradas, los gritos parecían saltar de las líneas, me introduje en la obra y sostuve que el anónimo del autor era sin duda un genio, un maestro del terror, un escritor maldito, nunca sabría si fue escrito antes de Allan Poe o después de su muerte. Era el año 19... Y la electricidad ya estaba en mi apartamento, los avances fuera de mis paredes eran abismales, me aterrorizaba tanta gente en la ciudad, desde hace un tiempo todo era un modernismo casi por completo.

Un día, el director, me trato despreciablemente mal. Me humillo frente a todos, me insulto y grito, no podía soportar escucharle, camine hasta el registro y hasta ese punto me ha seguido con sus gritos. Sobre exaltado, termine la faena del día. Y concebía la manera en que había sido tratado, me odiaba, lo odiaba, y sin embargo no tenia el valor para hacer nada, sentía rabia acumulada, mi estupidez rasgaba con lo idiota que me sentía. De regreso en la calle, fuera del edificio, cruce aceras y tiendas en el centro, de tanto analizarlo me dije que era tiempo que él, tendría que morir.
En ese momento, cruzo por mi mente, una de las partes del libro, la que refería el paso 35, todo lo relacionado con ese momento embargaba mi cuerpo con una sensación no antes sentida.
Me sobreexcitaba lo que conseguía y obtenía mi calma, con lo que pasaba por mi cabeza. En las tiendas compre lo necesario para ejecutar lo que transitaba por mi conciente, regrese a casa con un bisturí nuevo. Lo usaría tal cual indican los detalles del número que había escogido en el manual de la muerte (como quise llamarlo). Lo que me faltaba era un plan el cual seguir, lo elabore en la noche. Las descripciones de cómo ejecutar la parte del manual que había seleccionado, trataban de algo simple y fácil, encontrar un objeto filoso y cortarle una de las venas principales al objetivo. No importando su peso, ni si fuerza, con eso quedaría inutilizado y ese era lo que me emocionaba. No lograba dormir, pensando en los gritos que irían al hacer la incisión, así que escogí un pedazo de tela de la que antes utilizaba en la misma biblioteca para limpiar algunas cosa, eso llamaría mucho la atención e incriminaría por todas las razones a una persona del trabajo, casi llego al orgasmo con ese lindo pensar. Con todo eso recordé en llevar otra muda de ropa para cambiarme, quería estar impecable y hacer mi trabajo luego de llevar todo a la justa medida.

Sale el sol y la mañana me indica que tengo que ser firme y asesinarlo. Llegue, marque tarjeta y me puse a medio laborar, ese día hubo mucha gente, el miedo trascendía en disfrute, que todos los vieran muerto iniciaba en mí el deleite total. Espere y espere, en un momento fue al baño, a eso de las 10 AM, lo seguí, entro a evacuar, en el cubículo próximo al suyo entre yo. Hice un corte en su pierna de tal manera que le seccione la Orta, algo de biología uno decía el texto, el grito prosiguió luego de la hermosa disección, entre a su cubículo, su cara me fascinaba, ese segundo que me vio note su frustración, su dolor, su agonía, y mi placer aumentaba. Tape su boca rápido, le hice otra incisión en la yugular, el baño que era blanco se tiño de tinto, el olor a mierda a sangre, hizo que una sonrisa se posara en mi cara, la sangre en el piso, en las paredes del cubículo, desesperado empezó a poner sus manos alrededor y así alcanzaron mi saco, sus ojos dilatados perdían brillo, su piel blanca se torno pálida, ya sus gritos no salían, su poder no le valía de nada, me quede mirándolo hasta que sus manos soltaron mi traje indicando su muerte. Cerré sus ojos, quite la mordaza de su boca. Antes de salir, me cercioré de todo, lave mis manos igual que lo que había tocado y ensuciado, junte todos los trapos, los arroje a una bolsa, me cambie de traje, guarde el bisturí en la primera muda de ropa y salí. Eran las 10:30 AM. Nadie alrededor del baño, ni el chico del correo, que para ese entonces practicaba su mayor elocuencia con la recepcionista. Busque la forma de deshacerme de la bolsa. Sin que nadie me viera, salí a la calle entre tanta gente, camine muchas cuadras y eche la bolsa a una alcantarilla cerca de un árbol enorme muy reconocible.
Volví corriendo rápido a la biblioteca. Mi llegada no presento inconveniente, nadie notó mi ausencia, eran las 11:30 AM. Me introduje hasta el sitio más alejado de la biblioteca para dejar allí una maleta con una muda de mi ropa, pensando en un futuro inconveniente. Al llegar la víspera de la tarde, alguien empezó con muchas exclamaciones, gritos y demás, ¡el cadáver había sido hallado!, en medio de tanta gente me dispuse a mirar, todos estaban sorprendidos, algunos entraron al baño a verlo, yo entre y vi a todos los demás del trabajo y sus caras, sus caras de sorpresa, pues aunque todos lo odiaban, nadie tenia la capacidad de hacer lo que veían sus ojos. El cadáver no estaba en el cuchitril, lo encontraron en el piso, lleno de sangre, con la mano estirada y una letra a medio escribir, era como una “J” o una “I”. Casi me reí al escuchar los murmullos, ninguna de las iniciales que suponían los presentes era la de mi nombre.

La policía llega a las 12:00 PM, muchas preguntas van y vienen, cada uno de los de la biblioteca contestaba, un detective se me acerca y me dice Sr.…. ¿Donde se encontraba usted a la hora del asesinato? Tenia enormes ganas de gritar “lo veía a los ojos mientras agonizaba” pero no, quise ser rápido y muy calmado, indicándole la puerta, salimos, encendí un cigarrillo, e inicie mi relato, le dije en síntesis que estaba archivando algunos ejemplares viejos, y que eso era muy lejos del baño. Terminando mi cigarro y con ello lo que le comentaba al policía. Entramos y los periodistas, fotógrafos, y demás, se agruparon junto al baño, hacia mucho tiempo que en esta ciudad nadie cometía un crimen tan atroz y sangriento. Al poco tiempo muchos de la biblioteca decidieron irse a sus casas, hice lo mismo, eran las 2:00PM.

Me reía, y sentía que todo era demasiado bueno para ser verdad, el jefe ya no estaba, y yo, yo era el autor material de todo, un plan genial, usando una técnica única, acabe con su estupida vida, su patética existencia, recordaba cada palabra, cada letra que me dijo, era perfecto, todo fue perfecto. Mientras mis pensamientos navegaban en mi mente como barco de papel, las calles se hacían menos y el apartamento ya estaba cerca, “Las flores del mal” me esperaban esta vez. Con la llave en la cerradura, abriendo del lado izquierdo, buscó la comodidad de un té, la estancia calida del sillón y Baudelaire en hojas no tan verdes.

Luego de pensar en todo lo sucedido, analice cada situación encontrando varios huecos que nunca podré rellenar, mis indagaciones y deducciones estaban erradas, la muerte como parte de la vida merece de un trato menos despreciable, he pensado como un sicótico, para nada sereno.
Mi estado en gran parte de todo lo que viví no fue ecuánime, mucho más tarde y en seguida de varias tazas de té decidí tener una agenda y utilizarla en la medida en que se me presentara una acción donde la sangre y la violencia tomarían el rol que les corresponde.

Determine todo y cada pregunta saltaba sola, ¿Me estaba volviendo un demente? ¿Era un asesino?, sin caer en la estupidez de retrasarme o en una desastrosa cualidad de moralidad, anote en la agenda, que el día 1… tenia que llevar a cabo otro asesinato, la forma 51 me sugería a gritos que fuera la indicada, mi objetivo era el chico del correo. Una simple persona, podía indagar algo y esté podía decir cualquier tontería que me expusiera, más tuve en cuenta que este asesinato iniciaría las averiguaciones de alguien en la biblioteca, por cuanto el número que designé me da la ventaja de confusión necesaria para envolver todo en una fatalidad casual, sin relación alguna con el crimen anterior.

Se me cierran los ojos y mis deducciones futuras hacia la hora de la muerte del chico del correo se quedan cortas y prefiero descansar y cerrar. Despierto y resuelvo esconder el texto de las “formas” en un lugar donde ni yo mismo pudiera tener acceso, ese lugar se llamaba “nada”, así, el cuaderno empezó arder mientras cada forma se repetía como una cicatriz en mi cabeza, todas y cada una de ellas estaban allí, yo las conocía de memoria, no tenia que leerlas a cada instante, de esa manera eliminaría una futura prueba en mi contra, si es que se diera el caso, en el cual, yo fuera un sospechoso.

La quema del cuaderno permanece en mis ojos, el tenia una influencia en mi, sentía necesidad de tocarlo, con esta acción y la salida del sol, el domingo 28… repunta y mis ganas de descansar aumentaron, tenia que pensar lógicamente, llego el momento en que tome en serio los asesinatos, no me puedo enfermar, tengo que mantenerme sano.

Luego de que el luto termino, todos volvimos a la biblioteca, ya nada era igual, al parecer un nuevo director vendría el mismo día que escogí asesinar al muchacho del correo, ninguna palabra se propagaba por los pasillos, los usuarios entraban y salían como si nunca hubiera pasado algo. El baño estaba limpio, nadie por siquiera pudiese haber pensado alguna vez que un cadáver estuvo en ese lugar.

Ese día, mis tareas eran muchas, las deje a un lado sabiendo yo que tenia que buscar el tiempo en donde asesinaría al chico del correo, llego el momento del almuerzo, todos los usuarios estaban ya fuera de la biblioteca, de repente lo veo acercándose al baño de mujeres, me apuro y con una toalla le cubro la cabeza y lo introduzco dentro, saco la cuerda de piano, ya tenia unos guantes puestos, cubrí su cuello con la cuerda y aprieto, no pudo gritar, mi mano en su boca lo impedía, de repente ya no se movía, su fin era inminente, cuando dejo de latir su corazón, saco la soga y la cuelgo en la viga del baño, y así su cadáver colgado anunciaba un suicidio, al terminar, me di cuenta de la sangre en mis manos y de su cuello hecho trizas, no le di importancia y quise irme.

En el momento en que cruzaba la puerta justo frente de mí, estaba la recepcionista, le di el paso su grito se hizo escuchar, y con lo primero que conseguí (en este caso fue un pedazo de un estante roto) se lo acerté en la cabeza partiéndosela con ese solo golpe, pero para estar seguro cinco más y estaría lista, sin saberlo había ejecutado dos formas del libro la 51 y la 32, la última sin siquiera haberla pensado, sabiendo que su grito atraería a los demás, tuve que desalojar el baño en ese instante.

La mujer retraída, fue la primera en llegar, conseguí unas tijeras, el numero 88 era el próximo en seguir, al cruzar cerca de la hemeroteca hice que me notara, se detuvo viéndome con las tijeras, su cara inmovilizada me daba mucha risa, en segundos salte y encaje las dos puntas en cada uno de sus ojos, al introducirla su grito fue de muerte, la sangre en mis muñecas, movía las tijeras a tal punto que al sacarla uno de sus ojos se vino en una de las puntas, su cuerpo se retorcía en el piso, me levante en seguida, guardando las tijeras, la sangre por doquier daba a la hemeroteca un toque sádico que me llamaba mucho la atención.

Empecé hacer una pequeña bitácora de lo que había ocurrido, tres muertos, tres números, fascinante, lo único que no me agradaba era que tal vez con el apuro no pensé en las formas correctas, pero la insignificancia de esto me trajo más que un pequeño desconsuelo.

Tras los incidentes, me escondí tras varios estantes fuera de la vista de los otros trabajadores, esperando el tiempo preciso para pasar desapercibido. Al rato escucho más gritos y murmullos, trato de calmarme y comienzo a pensar en mi plan secundario, rodeo los estantes de tal forma que me lleven al lugar donde siempre solía ir para que nadie me notara, al llegar encuentro mi maleta tal cual la había dejado, me cambio de ropa, sabiendo que la misma muda era idéntica a la que usaba, con diferencia de la sangre en una de ellas.
Resuelvo volver corriendo al lugar de donde los gritos provenían, el señor de mantenimiento y la señora experimentada consternados por los hechos concluyeron llamar a la policía, al ver los cuerpos, recordé un error, y tenia que solventarlo.

Si la policía decidía buscar pruebas en la biblioteca conseguirían mi ropa llena de sangre en el archivo, ¿Pero como buscarla y eliminar esa prueba en mi contra?, si tenia por el medio a dos enormes inconvenientes. Se me era imposible llegar hasta donde estaba la maleta, y en seguida como solución, el libro de las formas vino a mi cabeza. ¡Tenía que asesinarlos y luego huir!

Recordando el pasaje que el número 22 me trajo, imaginaba siempre que esto seria algo muy difícil de hacer, pues tendría que emprender la fuga por una de las ventanas detrás de la biblioteca y luego sortear la maleza. La forma hablaba de que el fuego era lo ideal para acabar con pruebas y personas.

Empecé a quemar libros, y como era de esperarse el fuego se propagaba rápidamente, corrí a la puerta antes que las molestias llegaran, fui tras de ellos con el trozo de estante en mi mano, el fuego, los grito de la señora experimentada y la sangre de la cabeza del señor de mantenimiento en mis manos me extasiaban de placer, un golpe sobre su cara y todo terminaba allí, me inspire y fueron 10 los que dejaron su rostro desfigurado hasta que el hueso de la mandíbula estuvo a la vista.

El humo empezó a cegarme y como pude llegue hasta mi maleta, salí por la ventana corriendo muy rápido, estaba lloviendo, el fango y los matorrales dificultaban mis pasos, luego de mucho tiempo encontré una vía de escape que me conducía a una calle, algunos carruajes y una que otra persona, nadie pudo notar que estaba por allí, busque un callejón para dejar mi maleta con la ropa. Sin más, decidí regresar a mi estancia y emprender mi fuga lo más pronto posible.



Carlos Acuña

El joven y el perro

Me llamo C.A y sólo eso puedo decir, lo que lees son notas dispares que reuní tiempo después.

Tenía 16 años cuando se me ocurrió asesinar a mis padres, mientras esperaba, practicaba torturas con mi perro, solía introducirle pequeños trozos de madera en sus pesuñas para esperar a que se pudrieran y que no pudiera por siquiera dar un paso, era divertido ver como intentaba caminar y se retorcía con dolor, mientras me miraba con lagrimas saliendo de sus ojos; la pus y la infección alcanzo su máximo y empecé el corte de cada pata sin anestesia, su respiro final fue al concluir la incisión de la última pata. Cada práctica requería de mi total atención, todo solía ser un acto de ensayo y error, pues no sabía cuando llegaría el momento de aplicarlo.

Era el día anterior a mi cumple año numero 16, poseía yo para ese entonces de una gran capacidad de adaptación, de pensamiento y de toda una serie de secuencias que de alguna forma aumentaban según su grado de complicación debido a que era demasiado inteligente para mi edad; por eso resulte ganador de 3 becas para ir la universidad que prefiriera y estudiar filosofía como lo soñaba desde niño.

Mi único obstáculo y problema eran mis padres, según el sistema actual ellos tenían que aceptar mi partida y por supuesto la entrada a la universidad, pero mis gustos y mi trato hacía ellos producirían lo contrario y es allí, donde comienza la diversión de estas páginas

Era fácil asesinarlos el inconveniente era pensar en el modo en que sufrieran de tal forma que negarán mi existencia. Mis padres eran muy condicionales, comunes y regulares (algo patético), típica mujer de casa, típico hombre con dinero, típica familia (asquerosamente típica), todo se compaginaba para que yo fuera diferente y esa diferencia los aniquilaría por completo.

La casa donde residíamos era lujosa digna de un medico cirujano con post grado master y doctorado (sencillamente repugnante), tres pisos y un balcón ubicados en una pequeña cumbre de unas hectáreas a las afuera de la ciudad más cercana, mi habitación era la del último piso y el balcón era prácticamente mío, la sala, la cocina, el estacionamiento y el sótano todos acondicionados para que no faltara nada.

Como es de saberse los hijos únicos son consentido, yo no era la excepción, siempre hice lo que quise y obtenía lo que quería; sabía 5 idiomas, ruso, ingles, francés, español y alemán; leí desde niño pues la biblioteca de mi padre era el lugar de mis juegos, prefería leer a los siguientes autores: Allan Poe, Fyodor M. Dostoevsky, Federico García Lorca, Ernest Hemingway, Johann Wolfgang von Goethe, Franz Kafka, Yasuniro Kawabata, Anton P. Chekhov, Mark Twain, Walt Whitman,; su lectura me hicieron lo que soy.

Mi estancia estaba llena de armas del siglo XIX de todos los tamaños, tantos cuchillos como pistolas tradicionales, además, coleccionaba arena de los lugares a donde he ido, todo mi closet y mi ropa eran de colores oscuros y la música que escuchaba era clásica y gótica, mi personalidad retraída e introvertida decía muy poco de mí y no advertía lo que haría posteriormente. Usaba mi diario como forma de escape y que fuera esa ventana abierta al horizonte solitario que buscaba desde corta edad.

Hacia tiempo que el regalo del cumpleaños número 10 me estorbaba y por cuanto su estadía en mi vida tenía que terminar, es por ello que pensé en la forma de eliminarlo antes que a mis padres. Su muerte como la describí al principio, fue el inicio del método a seguir y el que usaría en mis progenitores. Así, el mismo día del aniversario de mi nacimiento inicie las acciones que decidieron mi futuro.
Sabía de ante mano que les cortaría cada parte de su cuerpo, sin antes informales el porqué de mis actos, mi madre fue la primera, con un martillo le pegué dejándola inconciente y como a mi perro, le introduje trozos de madera en cada una de sus uñas para que se pudrieran he hicieran de su dolor un gozo para mí. La sujete con cuerdas de escalar y de esa forma la fui llevando a rastra al sótano, eran las 10 de la mañana, mi padre retornaba al medio día.

Cuando llegó, busqué un hacha y escondiéndome tras la puerta de la cocina espere a que pasara, le propiné un golpe con el mango del hacha y con ese medio quedó sin sentido. Hice los mismo con sus uñas y con otro pedazo de cuerda inutilicé sus movimientos, lo ubiqué al lado de mi madre. Me quedé viéndolos hasta que volvieron en si, sus ojos no podían creer lo que pasaba, su hijo, su único hijo los estaba torturando, empecé mi explicación, cuando termine; cubrí sus cabezas con una tela negra y los deje tirados en el suelo sin antes cerciorarme de los amarres, además, para hacer más terrorífica su estadía puse a repetir la pieza de Clint Mansell, que era el sound track de la película “Requiem for a dream” Lux Aeterna.

Al pasar los días mi libertad se aproximaba y planeaba como deshacerme de los cuerpos de mis progenitores, al igual que a mi perro decidí quemarlos en la parte trasera de la casa.

Luego de una semana baje donde estaban, los encontré pálidos con ojeras y cansados, de apoco les fui cortando cada dedo, dejándolos ver como lo hacia, sus gritos y su terror eran la diversión que visionaba, seleccione para el corte de sus muñecas una hacha pequeña y para los brazos una sierra mecánica vieja, deduje que mi madre moriría primero, bajo la sangre que no era la mía vi como se extinguía su exhalación lentamente, murió a unos minutos de las 3 de la tarde, mi padre por el contrarío resistió hasta su primer brazo; luego sucumbió. Al Finalizar su amputación, termine de mutilarlos. Saque sus restos en bolsas, los introduje en un hoyo, he hice una enorme hoguera con sus cadáveres. Esa noche acampe junto a sus cenizas.

Saque lo que quedaba de ellos y esparciéndolos en la enorme pecera de la sala eliminé su rastro; sus peces, su hermosos peces; se los comían de apoco.

Limpie toda la sangre e inicie un corto circuito y de esa manera el fuego en toda la casa, al llegar los bomberos no había mucho que hacer ya que en mi cuarto habían muchos químicos que vertí por toda la casa antes de que el fuego consumiera todo.

Yo sabía que era el único heredero y que el seguro cubriría los gastos de la casa. La policía los dio por secuestrados o perdidos, luego de un año y bajo la tutela del contador de mi padre, todo pasó a mi nombre, me suministraba dinero cada mes y mi entrada a la universidad fue aceptada por un psicólogo para que mi proceso de adaptación y el trauma fuera menor.

Con estas últimas líneas término mi diario y comienza una nueva etapa en mi recorrido.

Nota: El nombre de mi perro era, Josef K.

Carlos Acuña

El Medico De Los Muertos

“Tic tac hace el reloj, tic tac y no para”

En que hora llegas, protesto hacia el cielo, las nubes traen la tormenta del mes y mi bata se mancha con las gotas. Dejo aun lado todo lo que tengo y la sangre se seca poco a poco dentro de la sala de operaciones.

Nada queda en el salón de los muertos, la soledad y el vació por llenar hacen de huellas para mis recuerdos olvidados en el mundo de los vivos, cuando despierto, resto de un cuerpo están en la mesa, tengo que abrirlo y sacar lo que queda.

Nunca hay preguntas, y mi vida, si es que todavía tengo, se resume en abrir el pecho de un desconocido, revisar y cerrar. Nadie me dice quienes son, la comida siempre la ponen de un al lado del cadáver, hoy era, zanahorias con brócoli y una patata hervida. Los días pasan lento.

Además de la sala de operaciones, hay otra habitación con una reja tan alta que no llego alcanzarla. La misma me hace soñar y ver las estrellas tras los barrotes. Cuando llueve, corro y me baño con la lluvia, cuando nieva, juego con la nieve, cuando hace sol me bronceo, he contado 400 días y 399 noches. Es el año 194… y la guerra no termina, los alemanes son despiadados, detesto ser alemán, reniego de ser inteligente, condeno a mis fuerzas y creo que ya no se que es la esperanza.

Los que llegan nunca los cuentos, son cientos, de 10 a 15 por día, todos oficiales de alto rango, muchos de sus trajes total mente intactos sin una gota de sangre y otros tantos con el pecho desecho ensangrentado con orificios uno al lado de otro. 5000 cajetillas de cigarrillos tiradas en el rincón. Pudiendo haber miles de médicos ¿Por qué soy el de los muertos? Nunca entenderé mi destino, nunca quise tener una esposa o familia, era un solitario, con dinero, hasta que la guerra me alcanzo en mi sala con mi té en la mano.

Pensaba en que un día alguien abriría la puerta y me diría estas libres y correría y gritaría, y nunca más cortaría el pecho de un ser humano. Me canse de esperar y ya no pensaba eso, pensaba en suicidarme, pero tenia tanto miedo, era un cobarde, hasta para dispararme. Muchos de los uniformes ingresaban con sus armas dentro, y otros con la capsula de cianuro intacta en un bolsillo.

Un día había ingresado sólo un cuerpo, de alguna forma me afectaba, pues no tenía mucho que hacer, había leído toda la biblioteca que me dejaron, escuchado todos los discos clásicos a mí alcance. Era despreciable el silencio y me aturdía. El medio día llego y por primera vez desde que estoy acá, ningún cadáver, algo pasa sin duda, nunca pensé en que se abriría la puerta tras de mi y me dijeran estas libre, un retrazo pensé, pero más adelante analice que los alemanes no se demoran.

Veía el cielo cuando la puerta de a poco se abrió, un oficial con un arma en la mano entro, un disparo, cuando abrí los ojos, estaba en mi mesa, con alguien hurgando en mi pecho.

Carlos Acuña
08 enero 2008
La noche más larga


Desde el interior deseaba que la noche terminara rápido, pero en todo mi ser se producía una irritación al saber que las horas muertas del reloj empezarían a decirme que nada tenia el mismo sentido y las pausa no debían estar, actuar rápido era la clave de la perfección.

Acaso todo tenia que salir mal para darme cuenta que de ese modo conseguiría lo que quería. Y así, el tiempo hablo y me callo la boca en presencia de mi sombra y de mi silencio.

Unos pequeños detalles envuelven el andar y sortean las capacidades para que ellas mismas cercenen a su vital inquilino.

Me vi envuelto en una lúgubre habitación, tan grande que toda la noche no me alcanzo para recorrerla, no había más que cuatro paredes y eso era lo que medio se podía ver con los fósforos que me quedaban.

Pensar en escapar esta vez no era la mejor opción, mi crimen fue cruel y despiadado, y para el juez el castigo era estar encerrado en un lugar, donde nunca fuera de día, en donde la noche más larga no alcanzaba para saber cuanto me quedaba de vida.

Al llegar la misma estancia me golpeo con su silencio y sus ecos mudos, dicen que asesine a 10 personas, dicen que los descuartice y que sólo la cabeza solían encontrar, yo realmente no recuerdo, soy inocente de quitarle la vida a esos que dicen, siempre pensé, que ponía fin a la angustia de unos tantos.

Llegue demasiado pronto a esta tierra, nadie entendía que era muy inteligente como para ser un simple asesino, esa etiqueta me resultaba un insulto, escogí estar encerrado mucho antes de que ellos lo hicieran tenia que pensar en mis próximas ejecuciones.

Y si es cierto que la noche será muy larga, descubriré la forma de que la noche sea mi cómplice y me regale el tiempo de su existencia, sólo para que yo, K…. Pueda llevar a cabo mi cometido y que toda la humanidad requiera de ciertas extirpaciones para estar mucho mejor.

Nada queda en el entendido colectivo de mi metáfora hecha parábola, pero si entra algo en el entender de una forma particular será el que decida la noche larga con su tic-tac infinito.


Carlos Acuña
Un Momento de Paz

Son las 10 de la mañana del día anterior a l crimen, el sol repunta en el piso 22, la calle mojada, paraguas y personas apuradas, me despierto y trato de que el café me despabile, la ducha me espera como siempre, luego de 20 minutos estoy lista para vestirme.

La ropa llena de sangre sigue en la bolsa, la resaca me hace recordar toda la pelea de las 3 AM, pesan los golpes que me dieron y pesa más el dolor de mi brazo, dar hachazos no va con mi forma física, ahora lo se.

Viajando por horas, pensando y a la vez no, llegar, estar viva, analizar lo sucedido, entenderlo y ver que errores realice, “fue muy rápido”, me digo moviendo la cuchara en la taza, la sangre salía por todos lados, su gritos se repiten, su dolor lo siento, sus ojos clavados en los míos.

El horror de sentirme acorralada, la pasión de saber que nunca más me molestaran de nuevo. Y todo lo demás lo olvido. El recuento comenzó con los dos últimos tragos del café, en total fueron 5 muertos, 2 con hachazos y los otros 3 con la escopeta, el hacha seguía en la camioneta junto con el arma, las dos llenas de sangre que no eran la mía.

La maldición me persigue por vías imaginarias, tengo que salir y deshacerme de todo, recuerdo como el fuego exterminaba sus cuerpos, el humo era realmente molesto, las luces del día encendían los colores del bosque, todo era un desastre que tenia que recoger, me tomaría horas, mucha sangre y muchos detalles, al terminar, otra fogata eliminaba varias pruebas, cuando los huesos y demás cosas concluyeron de arder eran la 1 PM, faltaba algo pero no sabia que era, estaba desesperada por irme, todas las cenizas fueron a parar a un pequeño hoyo que hice, me disponía a irme cuando la lluvia llego, si mis pasos eran el error el agua los eliminaría.

La carretera desplegaba ese aire que necesitaba, y de repente volví al apartamento, cada cosa en su sitio, queme la ropa en el estacionamiento, el hacha de un lado y el mango del otro, uno lo quemaría y el otro lo botaría, mientras el arma sólo la limpie, quería quedarme con ella, mi ropa ardió por completo y emprendí otro viaje para deshacerme del hacha, el mar estaba a unas horas, ese era el lugar indicado.

Al llegar tire el hacha e hice otra fogata cerca de la carpa que dispuse para mi instante de armonía con la mar, ya que sin marido, ni amante, y por si fuera mejor sin testigos, ese momento de paz en el que soñaba empezó hoy.

Carlos Acuña
07 enero 2008

Mi Casa vacía


Regresando del largo viaje olvidado, encuentro en mi casa vacía, migajas de pan, tal vez seria un señuelo para que supiera que el silencio me había visitado, que la tristeza lo había seguido y que sin duda la pena vino con ellos.

Mi casa vacía que de apoco nunca tuvo nada, y que del todo el algo se escondió, cuando llegue, hacia frío y la madera lloraba lagrimas de barniz, lloraba sin decir nada para que yo no la viera, el ruiseñor sin comida quedo y mato a la ventana sin sonidos, las velas se suicidaron en serie pues su mayor amante ya nunca vino ni las encendió.

Las puertas que nunca tuve, se amarraron a las paredes continuas y sin vacilar el techo quedo colgado por la sorpresa de verme, las escaleras, ¡mis escaleras!, ya no subían ni bajaban, pobre de ellas los pasos en seco la asesinaron lentamente.

Mi casa vacía nunca tuvo esa luz de cuarzo que dan los ejemplares calidos de las bombillas, “las catacumbas se ven mejor” decía el aire mientras rozaba mi cara, el olor a tierra mojada derretía a mis sentidos convirtiéndolos en un ir y venir de sensaciones olvidadas y precarias.

Sin duda lo ejemplar de la estancia es la incomodidad que ella misma hacia sentir, las expresiones de singular dolor me recordaban lo ineficiente del miedo en mi corazón cobijado y sin frío, cadente de toda aquella decadencia que el recuerdo vomitaba en una esquina la misma noche donde la luna hacia de pedestal para vacilaciones y encuentros extraños que marcaban los cambios de mis sentimientos.

Las veces que no la pude entender, lloraba y lamentaba mi comportamiento. ¿Carecía yo de esa esencia para que la cima del balcón no saltara y me aplastara en segundos de fina estupidez? ¿Necesitaba por cuanto una mejor estrategia de razonar y de deducir? ¿O era que mi pensar era tan inequívoco que ni yo mismo podía comprender a mi propia cubierta?

Sin más, prepare un elipsis y soñé que la compañía de mi casa siempre fue la derrota de las ganas encontradas en mi viaje olvidado.

Carlos Acuña



La Amante

Dentro de la triste sombra, la esperanza muerta de la luz yace como recuerdo en un lugar olvidado, el tiempo que recorre la sombra por la soledad es eterno y mientras hace esto, yo, lloro en la tumba ajena de una muerta que asesine tiempo atrás. Esa misma que hacia de los días con sombras, largos y eternos, una forma plena de ejecución simulando una nostalgia muy bien condensada en la mentira que su verdad indicaba tan fervientemente al amanecer.

Recuerdo el día de su muerte, donde su sombra ya no estuvo y la luz de sus ojos negros me indicaba que su error había terminado, su pena mecía a mi implacable agonía. Imagino ahora su cara frente a la piedra fría del desprecio, rió al saber que su ego no traspasa el hueco en el que esta.
Su asesinato representó para mí, sólo un paso, su consumación significó el mayor cúmulo de alegría en mi vida, tanto que ahora no recuerdo mi cumpleaños, sino, el día en que las 20 puñaladas ingresaron en su cuerpo y acabaron con su existencia. Luego veo los pedazos de su cuerpo cortados en trozos pequeños, dispersos en sangre y el metal del mesón.

Nadie lloró por ella, al funeral sólo acudimos tres personas, y los sepultureros no lloran a nadie. Ahora las gotas de la despreciable lluvia parecen saliva, el cielo escupe a lo que queda de su cuerpo y el olor a margaritas y a tierra mojada, pasa desapercibido, las moscas se deleitan dentro de su ser y el cielo gris se solapa con mi alegría. Lloro y mis lágrimas se unen con la saliva que cae, lloro y parece que me doliera, lloro y ambiciono que todo se me retuerza en mi estomago provocándome el vomito.

Camino por las calles del cementerio y la lluvia moja mis ropas negras, parezco un amante enlutado, y simulo a un amante feliz. Lentamente transito por lo oportuno del estado lúgubre, justo cuando observo lo fenezco de las horas, lo funesto de mi actuar, y en esos momentos escucho el canto de cuervos.

Una tumba enorme alumbra en lo gris del horizonte, una vela, una persona, junto a la extraña piedra que hace de casa para lo que queda de aquel que yace en ella. Me acerco y escucho el llanto caer sobre el sepulcro, una mirada se levanta dentro de la neblina y la lluvia, el azul se mete en mis ojos y prende en mí, una antorcha de sensaciones y de deseos.

A un paso de la visitante de aquella cripta, una voz resuena, recia y clara, diciéndome que me detenga, diciéndome “soy una amante enlutada, una triste y cariñosa peste que se cierne sobre este lugar, para que mis actos lleguen más allá de este día” sus palabras desbordaron mi pasión, contesté “soy un amante enlutado, un feliz ser que recorre riendo los pasillos de la muerte”. Su beso luego de mis palabras, sorprendieron a mis labios, el placer y el delirio por el sexo llegó, y dentro del mausoleo rompimos nuestras ropas negras y mezclamos nuestra risa con gritos y grandes orgasmos.

Justo antes de perder el conocimiento veo un metal brillando en la oscura catacumba en la que estábamos, acercándose a uno de mis ojos.

Nota: Informe de la policía: Se han encontrado dos cuerpos, llenos de sangre y desnudos, dentro de un mausoleo. Cada uno con varios orificios en sus cuerpos.

Carlos Acuña

La Pasión Rota

Se impulsa las ganas de empezar de nada y pasar a un total silencio de menosprecio equivocado, por esa razón tosca de ser quien no se cree, más no todo esta perdido, el silencio anuncia ecos sordos de penas mudas.

Y si soluciono mi problema tal vez pueda perdonarme no haberla asesinado antes. Hoy se sienta en la mesa y come de mis vegetales, toma de mi agua y se ríe, “es suficiente” pienso, mientras mis uñas están clavadas a la silla.

Cojo el cuchillo y me lanzo sobre ella en una mortal entrada, su ojo quedó pegado al filoso metal. A siegas hice muchos intentos sin contarlos y la sinfonía N 40 de Mozart sonado de fondo, el “Finale” del cuarto movimiento me da una sensación de paz interna.

Ya no escucharía su voz melodiosa y dulce, ya su cara no seria el lindo rostro que me perseguiría por los sueños, ya nada volvería a ser igual, todo su ser envuelto en un charco de sangre y mi respiración acelerada, el muzac de Mozart me da escalofríos.

Entro en el pánico del no saber que hacer, medito sobre como en el preciso momento donde el filo hace contacto con el ojo, no puso resistencia alguna, no volteo ni cerro el ojo, me miraba fijamente, como acusándome. No entendía nada y con el silencio sepulcral de la mesa y de la silla, me levanto y continúo comiendo como si el incidente anterior hubiese terminado cuando inició el Dies Irae (allegro assai) del Requiem.

Hago una pausa y recojo todo, el cuerpo lo introduzco en unos de mis hornos, lo veo quemándose poco a poco, cuando los huesos empiezan arder los golpeos para que nada quede. Las cenizas las vierto en un envase que llevo en mi auto y las esparzo por la autopista. Las alfombras, la silla, la mesa, mi ropa, su ropa, las queme por completo en una fogata enorme que hice para que el frío no pegara tanto en la casa de campo a donde fui luego de demoler la casa en donde cometí el crimen.

Nadie hizo preguntas, mi edad me daba una enorme ventaja, y mi dinero otra sin duda.

Sigo escuchando a Wolfgang Amadeus Mozart, como el primer día, me encanta pensar que realice el crimen perfecto, y que a la hora de la cena mi vista es mucho mejor que la de antes.


Carlos Acuña