26 enero 2008
100 Formas De Matar A Una Persona

Nunca supe lo
que hacia hasta que lo hice.
Siempre pensé que kafka estaba loco,
pero nunca a tal punto.

Y sí, allí me encontraba yo, archivando libros, revistas y demás cosas en la biblioteca. Mi horario era sencillamente bueno, desde las 8:30 AM, hasta las 12:00 PM, una pausa para comer y luego a trabajar a las 2:00 PM hasta las 6:00 PM, bastante bueno, como se podrían dar cuentas algunos. El olor a polvo, a libros viejos, a páginas desgastadas, era fascinante. Todo cambiaba cuando entrabas en la biblioteca, el silencio, los murmullos y la gente extraña. Sobraba quien rompiera hojas y se robara libros, había un sin números de libros por catalogar, se hacían por autor y genero, se colocaban, y el estante estaba listo para el público.
6 personas laboraban en la biblioteca, 3 mujeres y tres hombres, El director, no contaba, él no era una persona, era calvo, gordo, sucio. ¿Por qué no contaba? Parecía más un soldado egipcio golpeando a un esclavo, que una persona educada y distinguida. Era en exceso despreciable, abominable, creía fervientemente que los demás les pertenecían como perros, y que costara lo que costara sus órdenes tenían que cumplirse. Era increíble mirar lo retorcidamente sádico que podía ser, más de una vez lo vi mirándole las piernas a la recepcionista, me sentía total mente apesadumbrado, ya que él aborrecible hombre que ostentaba el cargo de jefe, era un hipócrita, burócrata, que nada tenia que ver con libros, historias, cuentos o poesías. Muchos de los empleados llevaban años trabajando y habían visto a muchos jefes, pero él, no merecía, por siquiera que se imagine, algo menos que repulsión total.

Dejando a un lado esa parte, y volviendo a los empleados y obreros que laboraban en la biblioteca, se dividían de la siguiente forma:

La señora de los libros, la más experimentada.
El señor de mantenimiento.
El muchacho joven del correo que quedaba justo al lado de la pequeña hemeroteca y de los baños,
La joven y bonita recepcionista.
La mujer retraída, compulsiva, que me ayudaba en el registro.
Y yo el archivador.

Los días en la biblioteca transcurrían sin menos capacidad que la carga de estupidez requerida para ese trabajo. A las 5:30 se cerraba al público y nosotros luego de media hora podríamos salir, después de acomodar y limpiar un poco. Sin demora pero sin ninguna prisa, regresaba a mi apartamento tipo estudio, en donde me encontraría con “una temporada en el infierno” de Rimbaud, (algo exquisito). El sillón confortable, el olor a canela, madera y tierra mojada. La velas a medio acomodar junto con la lámpara y unas cajas viejas de cigarros en el mueble pequeño ubicado del lado izquierdo de la cama. La cocina chica, con la alacena y su candado, las cucarachas y un señor que se llama ramón rondando por doquier. El pequeño baño con aroma a flores secas, y a destacados jabones artesanales.

Llegar y que la habitación sea mía, es lo mejor. Preparar una ensalada, sentir que la soledad acompaña mi ausencia, hace que mi piel se erice y me excite. Estar solo en todo caso no es de mi total agrado, pero sentirme acompañado es detestable. Llegada la noche, era hora de cerrar y dormir, para luego retornar a la biblioteca el día siguiente.

Al llegar a la biblioteca, después de marcar la tarjeta en la entrada y los respectivos saludos hipócritas que me eran familiares. Me dirigía al final del pasillo principal a la puerta de los archivos, allí los estantes de registros y de libros recubrían el lugar haciendo otra habitación más grande que la principal. Seguidamente de ver los registros pasaba por los pasillos hurgando los libros y revistas, leyendo un poco, riendo otro tanto. De esa forma pasaba algunas horas sin hacer más de lo que era necesario (para mí claro está). Un día, archivando unos textos que estaban en una caja vieja y cubierta en su totalidad de polvo y tela de araña, encontré algo sin precedente. Era un texto de más de 300 páginas, explicando detalle tras detalle, como matar a una persona en 100 formas fáciles y diferentes. Sin duda mi sorpresa era equivalente al asombroso descubrimiento, por supuesto llegando a un estado de miedo y de cólera. Viendo de lado a lado escondí el texto entre mis ropas, huyendo del lugar hacia un pasillo más lejano y más solitario. La portada era de cuero, con los bordes de las letras hundidas, se me fue difícil observarlas al inicio. Inicie a leer y olvide el trabajo por unas horas, esto sucedió en la tarde. No tenia autor, era algo anónimo, con detalles y diagramas excelentes. Imagine que nunca realizaría nada de lo descrito allí. Sin embargo no podría saber lo que haría después de analizar cada párrafo.



Además el relato refería definiciones de actuaciones y de vocablos desconocidos para mí en ese momento. Cada línea era nueva, un avatar distinto entre pasaje y pasaje, la obra me cautivo, ojeé muchas paginas, hasta llegar al momento en que el edificio se tenia que cerrar. Me puse paranoico a la hora de salir, asumí que cualquiera me hubiese observado. Deliberadamente corrí, pasando las puertas principales del archivo con mucha velocidad, apresuradamente llegue a la calle y emprendí el camino directo al apartamento. Especulando sobre lo que podrían haber pensado los empleados, en ese instante no sabía las consecuencias de mis actos.

Entrando por la puerta de la habitación, sentándome en el sillón con el libro recubierto por las telas de mi camisa azul. Sosteniéndolo con fuerza, teniendo el corazón en la boca, mi aliento entrecortado y la sed de muchos días juntos. Me fui. Poco tiempo pasó para recobrar el juicio de la laguna en que permanecí por intervalos. Un vaso de agua y mis ojos requerían volver a leer, entendí en ese momento que la euforia, la efervescencia, el arrebato, la exaltación y el entusiasmo de observar cada letra, cada frase, era como el opio, una droga animadora de mi apatía habitual. Un estado sicótico, del que no quería retornar. En cada hoja que pasaba los pormenores del manual me mantenían pegado a el. Aparte de asesinar y liquidar a una persona, el ejemplar ejemplificaba el estado en que las victimas se veían involucradas, los gritos parecían saltar de las líneas, me introduje en la obra y sostuve que el anónimo del autor era sin duda un genio, un maestro del terror, un escritor maldito, nunca sabría si fue escrito antes de Allan Poe o después de su muerte. Era el año 19... Y la electricidad ya estaba en mi apartamento, los avances fuera de mis paredes eran abismales, me aterrorizaba tanta gente en la ciudad, desde hace un tiempo todo era un modernismo casi por completo.

Un día, el director, me trato despreciablemente mal. Me humillo frente a todos, me insulto y grito, no podía soportar escucharle, camine hasta el registro y hasta ese punto me ha seguido con sus gritos. Sobre exaltado, termine la faena del día. Y concebía la manera en que había sido tratado, me odiaba, lo odiaba, y sin embargo no tenia el valor para hacer nada, sentía rabia acumulada, mi estupidez rasgaba con lo idiota que me sentía. De regreso en la calle, fuera del edificio, cruce aceras y tiendas en el centro, de tanto analizarlo me dije que era tiempo que él, tendría que morir.
En ese momento, cruzo por mi mente, una de las partes del libro, la que refería el paso 35, todo lo relacionado con ese momento embargaba mi cuerpo con una sensación no antes sentida.
Me sobreexcitaba lo que conseguía y obtenía mi calma, con lo que pasaba por mi cabeza. En las tiendas compre lo necesario para ejecutar lo que transitaba por mi conciente, regrese a casa con un bisturí nuevo. Lo usaría tal cual indican los detalles del número que había escogido en el manual de la muerte (como quise llamarlo). Lo que me faltaba era un plan el cual seguir, lo elabore en la noche. Las descripciones de cómo ejecutar la parte del manual que había seleccionado, trataban de algo simple y fácil, encontrar un objeto filoso y cortarle una de las venas principales al objetivo. No importando su peso, ni si fuerza, con eso quedaría inutilizado y ese era lo que me emocionaba. No lograba dormir, pensando en los gritos que irían al hacer la incisión, así que escogí un pedazo de tela de la que antes utilizaba en la misma biblioteca para limpiar algunas cosa, eso llamaría mucho la atención e incriminaría por todas las razones a una persona del trabajo, casi llego al orgasmo con ese lindo pensar. Con todo eso recordé en llevar otra muda de ropa para cambiarme, quería estar impecable y hacer mi trabajo luego de llevar todo a la justa medida.

Sale el sol y la mañana me indica que tengo que ser firme y asesinarlo. Llegue, marque tarjeta y me puse a medio laborar, ese día hubo mucha gente, el miedo trascendía en disfrute, que todos los vieran muerto iniciaba en mí el deleite total. Espere y espere, en un momento fue al baño, a eso de las 10 AM, lo seguí, entro a evacuar, en el cubículo próximo al suyo entre yo. Hice un corte en su pierna de tal manera que le seccione la Orta, algo de biología uno decía el texto, el grito prosiguió luego de la hermosa disección, entre a su cubículo, su cara me fascinaba, ese segundo que me vio note su frustración, su dolor, su agonía, y mi placer aumentaba. Tape su boca rápido, le hice otra incisión en la yugular, el baño que era blanco se tiño de tinto, el olor a mierda a sangre, hizo que una sonrisa se posara en mi cara, la sangre en el piso, en las paredes del cubículo, desesperado empezó a poner sus manos alrededor y así alcanzaron mi saco, sus ojos dilatados perdían brillo, su piel blanca se torno pálida, ya sus gritos no salían, su poder no le valía de nada, me quede mirándolo hasta que sus manos soltaron mi traje indicando su muerte. Cerré sus ojos, quite la mordaza de su boca. Antes de salir, me cercioré de todo, lave mis manos igual que lo que había tocado y ensuciado, junte todos los trapos, los arroje a una bolsa, me cambie de traje, guarde el bisturí en la primera muda de ropa y salí. Eran las 10:30 AM. Nadie alrededor del baño, ni el chico del correo, que para ese entonces practicaba su mayor elocuencia con la recepcionista. Busque la forma de deshacerme de la bolsa. Sin que nadie me viera, salí a la calle entre tanta gente, camine muchas cuadras y eche la bolsa a una alcantarilla cerca de un árbol enorme muy reconocible.
Volví corriendo rápido a la biblioteca. Mi llegada no presento inconveniente, nadie notó mi ausencia, eran las 11:30 AM. Me introduje hasta el sitio más alejado de la biblioteca para dejar allí una maleta con una muda de mi ropa, pensando en un futuro inconveniente. Al llegar la víspera de la tarde, alguien empezó con muchas exclamaciones, gritos y demás, ¡el cadáver había sido hallado!, en medio de tanta gente me dispuse a mirar, todos estaban sorprendidos, algunos entraron al baño a verlo, yo entre y vi a todos los demás del trabajo y sus caras, sus caras de sorpresa, pues aunque todos lo odiaban, nadie tenia la capacidad de hacer lo que veían sus ojos. El cadáver no estaba en el cuchitril, lo encontraron en el piso, lleno de sangre, con la mano estirada y una letra a medio escribir, era como una “J” o una “I”. Casi me reí al escuchar los murmullos, ninguna de las iniciales que suponían los presentes era la de mi nombre.

La policía llega a las 12:00 PM, muchas preguntas van y vienen, cada uno de los de la biblioteca contestaba, un detective se me acerca y me dice Sr.…. ¿Donde se encontraba usted a la hora del asesinato? Tenia enormes ganas de gritar “lo veía a los ojos mientras agonizaba” pero no, quise ser rápido y muy calmado, indicándole la puerta, salimos, encendí un cigarrillo, e inicie mi relato, le dije en síntesis que estaba archivando algunos ejemplares viejos, y que eso era muy lejos del baño. Terminando mi cigarro y con ello lo que le comentaba al policía. Entramos y los periodistas, fotógrafos, y demás, se agruparon junto al baño, hacia mucho tiempo que en esta ciudad nadie cometía un crimen tan atroz y sangriento. Al poco tiempo muchos de la biblioteca decidieron irse a sus casas, hice lo mismo, eran las 2:00PM.

Me reía, y sentía que todo era demasiado bueno para ser verdad, el jefe ya no estaba, y yo, yo era el autor material de todo, un plan genial, usando una técnica única, acabe con su estupida vida, su patética existencia, recordaba cada palabra, cada letra que me dijo, era perfecto, todo fue perfecto. Mientras mis pensamientos navegaban en mi mente como barco de papel, las calles se hacían menos y el apartamento ya estaba cerca, “Las flores del mal” me esperaban esta vez. Con la llave en la cerradura, abriendo del lado izquierdo, buscó la comodidad de un té, la estancia calida del sillón y Baudelaire en hojas no tan verdes.

Luego de pensar en todo lo sucedido, analice cada situación encontrando varios huecos que nunca podré rellenar, mis indagaciones y deducciones estaban erradas, la muerte como parte de la vida merece de un trato menos despreciable, he pensado como un sicótico, para nada sereno.
Mi estado en gran parte de todo lo que viví no fue ecuánime, mucho más tarde y en seguida de varias tazas de té decidí tener una agenda y utilizarla en la medida en que se me presentara una acción donde la sangre y la violencia tomarían el rol que les corresponde.

Determine todo y cada pregunta saltaba sola, ¿Me estaba volviendo un demente? ¿Era un asesino?, sin caer en la estupidez de retrasarme o en una desastrosa cualidad de moralidad, anote en la agenda, que el día 1… tenia que llevar a cabo otro asesinato, la forma 51 me sugería a gritos que fuera la indicada, mi objetivo era el chico del correo. Una simple persona, podía indagar algo y esté podía decir cualquier tontería que me expusiera, más tuve en cuenta que este asesinato iniciaría las averiguaciones de alguien en la biblioteca, por cuanto el número que designé me da la ventaja de confusión necesaria para envolver todo en una fatalidad casual, sin relación alguna con el crimen anterior.

Se me cierran los ojos y mis deducciones futuras hacia la hora de la muerte del chico del correo se quedan cortas y prefiero descansar y cerrar. Despierto y resuelvo esconder el texto de las “formas” en un lugar donde ni yo mismo pudiera tener acceso, ese lugar se llamaba “nada”, así, el cuaderno empezó arder mientras cada forma se repetía como una cicatriz en mi cabeza, todas y cada una de ellas estaban allí, yo las conocía de memoria, no tenia que leerlas a cada instante, de esa manera eliminaría una futura prueba en mi contra, si es que se diera el caso, en el cual, yo fuera un sospechoso.

La quema del cuaderno permanece en mis ojos, el tenia una influencia en mi, sentía necesidad de tocarlo, con esta acción y la salida del sol, el domingo 28… repunta y mis ganas de descansar aumentaron, tenia que pensar lógicamente, llego el momento en que tome en serio los asesinatos, no me puedo enfermar, tengo que mantenerme sano.

Luego de que el luto termino, todos volvimos a la biblioteca, ya nada era igual, al parecer un nuevo director vendría el mismo día que escogí asesinar al muchacho del correo, ninguna palabra se propagaba por los pasillos, los usuarios entraban y salían como si nunca hubiera pasado algo. El baño estaba limpio, nadie por siquiera pudiese haber pensado alguna vez que un cadáver estuvo en ese lugar.

Ese día, mis tareas eran muchas, las deje a un lado sabiendo yo que tenia que buscar el tiempo en donde asesinaría al chico del correo, llego el momento del almuerzo, todos los usuarios estaban ya fuera de la biblioteca, de repente lo veo acercándose al baño de mujeres, me apuro y con una toalla le cubro la cabeza y lo introduzco dentro, saco la cuerda de piano, ya tenia unos guantes puestos, cubrí su cuello con la cuerda y aprieto, no pudo gritar, mi mano en su boca lo impedía, de repente ya no se movía, su fin era inminente, cuando dejo de latir su corazón, saco la soga y la cuelgo en la viga del baño, y así su cadáver colgado anunciaba un suicidio, al terminar, me di cuenta de la sangre en mis manos y de su cuello hecho trizas, no le di importancia y quise irme.

En el momento en que cruzaba la puerta justo frente de mí, estaba la recepcionista, le di el paso su grito se hizo escuchar, y con lo primero que conseguí (en este caso fue un pedazo de un estante roto) se lo acerté en la cabeza partiéndosela con ese solo golpe, pero para estar seguro cinco más y estaría lista, sin saberlo había ejecutado dos formas del libro la 51 y la 32, la última sin siquiera haberla pensado, sabiendo que su grito atraería a los demás, tuve que desalojar el baño en ese instante.

La mujer retraída, fue la primera en llegar, conseguí unas tijeras, el numero 88 era el próximo en seguir, al cruzar cerca de la hemeroteca hice que me notara, se detuvo viéndome con las tijeras, su cara inmovilizada me daba mucha risa, en segundos salte y encaje las dos puntas en cada uno de sus ojos, al introducirla su grito fue de muerte, la sangre en mis muñecas, movía las tijeras a tal punto que al sacarla uno de sus ojos se vino en una de las puntas, su cuerpo se retorcía en el piso, me levante en seguida, guardando las tijeras, la sangre por doquier daba a la hemeroteca un toque sádico que me llamaba mucho la atención.

Empecé hacer una pequeña bitácora de lo que había ocurrido, tres muertos, tres números, fascinante, lo único que no me agradaba era que tal vez con el apuro no pensé en las formas correctas, pero la insignificancia de esto me trajo más que un pequeño desconsuelo.

Tras los incidentes, me escondí tras varios estantes fuera de la vista de los otros trabajadores, esperando el tiempo preciso para pasar desapercibido. Al rato escucho más gritos y murmullos, trato de calmarme y comienzo a pensar en mi plan secundario, rodeo los estantes de tal forma que me lleven al lugar donde siempre solía ir para que nadie me notara, al llegar encuentro mi maleta tal cual la había dejado, me cambio de ropa, sabiendo que la misma muda era idéntica a la que usaba, con diferencia de la sangre en una de ellas.
Resuelvo volver corriendo al lugar de donde los gritos provenían, el señor de mantenimiento y la señora experimentada consternados por los hechos concluyeron llamar a la policía, al ver los cuerpos, recordé un error, y tenia que solventarlo.

Si la policía decidía buscar pruebas en la biblioteca conseguirían mi ropa llena de sangre en el archivo, ¿Pero como buscarla y eliminar esa prueba en mi contra?, si tenia por el medio a dos enormes inconvenientes. Se me era imposible llegar hasta donde estaba la maleta, y en seguida como solución, el libro de las formas vino a mi cabeza. ¡Tenía que asesinarlos y luego huir!

Recordando el pasaje que el número 22 me trajo, imaginaba siempre que esto seria algo muy difícil de hacer, pues tendría que emprender la fuga por una de las ventanas detrás de la biblioteca y luego sortear la maleza. La forma hablaba de que el fuego era lo ideal para acabar con pruebas y personas.

Empecé a quemar libros, y como era de esperarse el fuego se propagaba rápidamente, corrí a la puerta antes que las molestias llegaran, fui tras de ellos con el trozo de estante en mi mano, el fuego, los grito de la señora experimentada y la sangre de la cabeza del señor de mantenimiento en mis manos me extasiaban de placer, un golpe sobre su cara y todo terminaba allí, me inspire y fueron 10 los que dejaron su rostro desfigurado hasta que el hueso de la mandíbula estuvo a la vista.

El humo empezó a cegarme y como pude llegue hasta mi maleta, salí por la ventana corriendo muy rápido, estaba lloviendo, el fango y los matorrales dificultaban mis pasos, luego de mucho tiempo encontré una vía de escape que me conducía a una calle, algunos carruajes y una que otra persona, nadie pudo notar que estaba por allí, busque un callejón para dejar mi maleta con la ropa. Sin más, decidí regresar a mi estancia y emprender mi fuga lo más pronto posible.



Carlos Acuña

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