31 enero 2008

El Hombre de las horas


Carlos era un carnicero muy inteligente, bien pudo ser ingeniero, o bien filósofo, pero quiso ser carnicero y de vez en cuando escritor.

Era muy puntual, tenía un respeto notable por las horas, “obsesión” decían los usuarios del puesto enorme y limpio, algo raro pasaba en esa carnicería, no olía a carne, Carlos no era gordo, su tienda era distinta, su matadero era de humanos, los usuarios venían y morían en la mesa y con la cortadora eran mutilados en una hora exactamente.

El carnicero era vegetariano y sus víctimas eran los verdaderos sanguinarios, los verdaderos culpables; luego de descuartizar un cuerpo en una hora, limpiaba todo en 30 minutos y en 15 minutos ya estaba completamente seco de sangre, utilizaba unos químicos para las paredes y sus ropas, nunca supe cuales eran, lo cierto es que le funcionaban y muy bien.

El carnicero era callado pero escribía muy bien, aunque su modestia pasaba desapercibida, él bien sabía que su inteligencia era la causa de la vida que tenía. Su fanatismo llegaba a tal punto que medía los pasos exactos para salir de su local, los minutos que tardaban los culpables en morir cuando la cortadora les destrozaba algún miembro, los segundos en que su ojos se dilataban al sentir el fin de su existencia, ése era Carlos el metódico, el preciso, el asesino que comía vegetales.

Su local era una frutería, la mas grande de la ciudad y la que escondía una habitación de la muerte, jamás imagine que podría ver ese cuarto y mucho menos saber que el famoso escritor mutilaba y asesinaba.

Los cuerpos nunca fueron encontrados y el porqué de la historia que escribo se debe a que yo era unos de esos seres.

Carlos Acuña

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