26 enero 2008

El joven y el perro

Me llamo C.A y sólo eso puedo decir, lo que lees son notas dispares que reuní tiempo después.

Tenía 16 años cuando se me ocurrió asesinar a mis padres, mientras esperaba, practicaba torturas con mi perro, solía introducirle pequeños trozos de madera en sus pesuñas para esperar a que se pudrieran y que no pudiera por siquiera dar un paso, era divertido ver como intentaba caminar y se retorcía con dolor, mientras me miraba con lagrimas saliendo de sus ojos; la pus y la infección alcanzo su máximo y empecé el corte de cada pata sin anestesia, su respiro final fue al concluir la incisión de la última pata. Cada práctica requería de mi total atención, todo solía ser un acto de ensayo y error, pues no sabía cuando llegaría el momento de aplicarlo.

Era el día anterior a mi cumple año numero 16, poseía yo para ese entonces de una gran capacidad de adaptación, de pensamiento y de toda una serie de secuencias que de alguna forma aumentaban según su grado de complicación debido a que era demasiado inteligente para mi edad; por eso resulte ganador de 3 becas para ir la universidad que prefiriera y estudiar filosofía como lo soñaba desde niño.

Mi único obstáculo y problema eran mis padres, según el sistema actual ellos tenían que aceptar mi partida y por supuesto la entrada a la universidad, pero mis gustos y mi trato hacía ellos producirían lo contrario y es allí, donde comienza la diversión de estas páginas

Era fácil asesinarlos el inconveniente era pensar en el modo en que sufrieran de tal forma que negarán mi existencia. Mis padres eran muy condicionales, comunes y regulares (algo patético), típica mujer de casa, típico hombre con dinero, típica familia (asquerosamente típica), todo se compaginaba para que yo fuera diferente y esa diferencia los aniquilaría por completo.

La casa donde residíamos era lujosa digna de un medico cirujano con post grado master y doctorado (sencillamente repugnante), tres pisos y un balcón ubicados en una pequeña cumbre de unas hectáreas a las afuera de la ciudad más cercana, mi habitación era la del último piso y el balcón era prácticamente mío, la sala, la cocina, el estacionamiento y el sótano todos acondicionados para que no faltara nada.

Como es de saberse los hijos únicos son consentido, yo no era la excepción, siempre hice lo que quise y obtenía lo que quería; sabía 5 idiomas, ruso, ingles, francés, español y alemán; leí desde niño pues la biblioteca de mi padre era el lugar de mis juegos, prefería leer a los siguientes autores: Allan Poe, Fyodor M. Dostoevsky, Federico García Lorca, Ernest Hemingway, Johann Wolfgang von Goethe, Franz Kafka, Yasuniro Kawabata, Anton P. Chekhov, Mark Twain, Walt Whitman,; su lectura me hicieron lo que soy.

Mi estancia estaba llena de armas del siglo XIX de todos los tamaños, tantos cuchillos como pistolas tradicionales, además, coleccionaba arena de los lugares a donde he ido, todo mi closet y mi ropa eran de colores oscuros y la música que escuchaba era clásica y gótica, mi personalidad retraída e introvertida decía muy poco de mí y no advertía lo que haría posteriormente. Usaba mi diario como forma de escape y que fuera esa ventana abierta al horizonte solitario que buscaba desde corta edad.

Hacia tiempo que el regalo del cumpleaños número 10 me estorbaba y por cuanto su estadía en mi vida tenía que terminar, es por ello que pensé en la forma de eliminarlo antes que a mis padres. Su muerte como la describí al principio, fue el inicio del método a seguir y el que usaría en mis progenitores. Así, el mismo día del aniversario de mi nacimiento inicie las acciones que decidieron mi futuro.
Sabía de ante mano que les cortaría cada parte de su cuerpo, sin antes informales el porqué de mis actos, mi madre fue la primera, con un martillo le pegué dejándola inconciente y como a mi perro, le introduje trozos de madera en cada una de sus uñas para que se pudrieran he hicieran de su dolor un gozo para mí. La sujete con cuerdas de escalar y de esa forma la fui llevando a rastra al sótano, eran las 10 de la mañana, mi padre retornaba al medio día.

Cuando llegó, busqué un hacha y escondiéndome tras la puerta de la cocina espere a que pasara, le propiné un golpe con el mango del hacha y con ese medio quedó sin sentido. Hice los mismo con sus uñas y con otro pedazo de cuerda inutilicé sus movimientos, lo ubiqué al lado de mi madre. Me quedé viéndolos hasta que volvieron en si, sus ojos no podían creer lo que pasaba, su hijo, su único hijo los estaba torturando, empecé mi explicación, cuando termine; cubrí sus cabezas con una tela negra y los deje tirados en el suelo sin antes cerciorarme de los amarres, además, para hacer más terrorífica su estadía puse a repetir la pieza de Clint Mansell, que era el sound track de la película “Requiem for a dream” Lux Aeterna.

Al pasar los días mi libertad se aproximaba y planeaba como deshacerme de los cuerpos de mis progenitores, al igual que a mi perro decidí quemarlos en la parte trasera de la casa.

Luego de una semana baje donde estaban, los encontré pálidos con ojeras y cansados, de apoco les fui cortando cada dedo, dejándolos ver como lo hacia, sus gritos y su terror eran la diversión que visionaba, seleccione para el corte de sus muñecas una hacha pequeña y para los brazos una sierra mecánica vieja, deduje que mi madre moriría primero, bajo la sangre que no era la mía vi como se extinguía su exhalación lentamente, murió a unos minutos de las 3 de la tarde, mi padre por el contrarío resistió hasta su primer brazo; luego sucumbió. Al Finalizar su amputación, termine de mutilarlos. Saque sus restos en bolsas, los introduje en un hoyo, he hice una enorme hoguera con sus cadáveres. Esa noche acampe junto a sus cenizas.

Saque lo que quedaba de ellos y esparciéndolos en la enorme pecera de la sala eliminé su rastro; sus peces, su hermosos peces; se los comían de apoco.

Limpie toda la sangre e inicie un corto circuito y de esa manera el fuego en toda la casa, al llegar los bomberos no había mucho que hacer ya que en mi cuarto habían muchos químicos que vertí por toda la casa antes de que el fuego consumiera todo.

Yo sabía que era el único heredero y que el seguro cubriría los gastos de la casa. La policía los dio por secuestrados o perdidos, luego de un año y bajo la tutela del contador de mi padre, todo pasó a mi nombre, me suministraba dinero cada mes y mi entrada a la universidad fue aceptada por un psicólogo para que mi proceso de adaptación y el trauma fuera menor.

Con estas últimas líneas término mi diario y comienza una nueva etapa en mi recorrido.

Nota: El nombre de mi perro era, Josef K.

Carlos Acuña

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