26 enero 2008

El Medico De Los Muertos

“Tic tac hace el reloj, tic tac y no para”

En que hora llegas, protesto hacia el cielo, las nubes traen la tormenta del mes y mi bata se mancha con las gotas. Dejo aun lado todo lo que tengo y la sangre se seca poco a poco dentro de la sala de operaciones.

Nada queda en el salón de los muertos, la soledad y el vació por llenar hacen de huellas para mis recuerdos olvidados en el mundo de los vivos, cuando despierto, resto de un cuerpo están en la mesa, tengo que abrirlo y sacar lo que queda.

Nunca hay preguntas, y mi vida, si es que todavía tengo, se resume en abrir el pecho de un desconocido, revisar y cerrar. Nadie me dice quienes son, la comida siempre la ponen de un al lado del cadáver, hoy era, zanahorias con brócoli y una patata hervida. Los días pasan lento.

Además de la sala de operaciones, hay otra habitación con una reja tan alta que no llego alcanzarla. La misma me hace soñar y ver las estrellas tras los barrotes. Cuando llueve, corro y me baño con la lluvia, cuando nieva, juego con la nieve, cuando hace sol me bronceo, he contado 400 días y 399 noches. Es el año 194… y la guerra no termina, los alemanes son despiadados, detesto ser alemán, reniego de ser inteligente, condeno a mis fuerzas y creo que ya no se que es la esperanza.

Los que llegan nunca los cuentos, son cientos, de 10 a 15 por día, todos oficiales de alto rango, muchos de sus trajes total mente intactos sin una gota de sangre y otros tantos con el pecho desecho ensangrentado con orificios uno al lado de otro. 5000 cajetillas de cigarrillos tiradas en el rincón. Pudiendo haber miles de médicos ¿Por qué soy el de los muertos? Nunca entenderé mi destino, nunca quise tener una esposa o familia, era un solitario, con dinero, hasta que la guerra me alcanzo en mi sala con mi té en la mano.

Pensaba en que un día alguien abriría la puerta y me diría estas libres y correría y gritaría, y nunca más cortaría el pecho de un ser humano. Me canse de esperar y ya no pensaba eso, pensaba en suicidarme, pero tenia tanto miedo, era un cobarde, hasta para dispararme. Muchos de los uniformes ingresaban con sus armas dentro, y otros con la capsula de cianuro intacta en un bolsillo.

Un día había ingresado sólo un cuerpo, de alguna forma me afectaba, pues no tenía mucho que hacer, había leído toda la biblioteca que me dejaron, escuchado todos los discos clásicos a mí alcance. Era despreciable el silencio y me aturdía. El medio día llego y por primera vez desde que estoy acá, ningún cadáver, algo pasa sin duda, nunca pensé en que se abriría la puerta tras de mi y me dijeran estas libre, un retrazo pensé, pero más adelante analice que los alemanes no se demoran.

Veía el cielo cuando la puerta de a poco se abrió, un oficial con un arma en la mano entro, un disparo, cuando abrí los ojos, estaba en mi mesa, con alguien hurgando en mi pecho.

Carlos Acuña

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