07 enero 2008

La Pasión Rota

Se impulsa las ganas de empezar de nada y pasar a un total silencio de menosprecio equivocado, por esa razón tosca de ser quien no se cree, más no todo esta perdido, el silencio anuncia ecos sordos de penas mudas.

Y si soluciono mi problema tal vez pueda perdonarme no haberla asesinado antes. Hoy se sienta en la mesa y come de mis vegetales, toma de mi agua y se ríe, “es suficiente” pienso, mientras mis uñas están clavadas a la silla.

Cojo el cuchillo y me lanzo sobre ella en una mortal entrada, su ojo quedó pegado al filoso metal. A siegas hice muchos intentos sin contarlos y la sinfonía N 40 de Mozart sonado de fondo, el “Finale” del cuarto movimiento me da una sensación de paz interna.

Ya no escucharía su voz melodiosa y dulce, ya su cara no seria el lindo rostro que me perseguiría por los sueños, ya nada volvería a ser igual, todo su ser envuelto en un charco de sangre y mi respiración acelerada, el muzac de Mozart me da escalofríos.

Entro en el pánico del no saber que hacer, medito sobre como en el preciso momento donde el filo hace contacto con el ojo, no puso resistencia alguna, no volteo ni cerro el ojo, me miraba fijamente, como acusándome. No entendía nada y con el silencio sepulcral de la mesa y de la silla, me levanto y continúo comiendo como si el incidente anterior hubiese terminado cuando inició el Dies Irae (allegro assai) del Requiem.

Hago una pausa y recojo todo, el cuerpo lo introduzco en unos de mis hornos, lo veo quemándose poco a poco, cuando los huesos empiezan arder los golpeos para que nada quede. Las cenizas las vierto en un envase que llevo en mi auto y las esparzo por la autopista. Las alfombras, la silla, la mesa, mi ropa, su ropa, las queme por completo en una fogata enorme que hice para que el frío no pegara tanto en la casa de campo a donde fui luego de demoler la casa en donde cometí el crimen.

Nadie hizo preguntas, mi edad me daba una enorme ventaja, y mi dinero otra sin duda.

Sigo escuchando a Wolfgang Amadeus Mozart, como el primer día, me encanta pensar que realice el crimen perfecto, y que a la hora de la cena mi vista es mucho mejor que la de antes.


Carlos Acuña

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