07 enero 2008

Mi Casa vacía


Regresando del largo viaje olvidado, encuentro en mi casa vacía, migajas de pan, tal vez seria un señuelo para que supiera que el silencio me había visitado, que la tristeza lo había seguido y que sin duda la pena vino con ellos.

Mi casa vacía que de apoco nunca tuvo nada, y que del todo el algo se escondió, cuando llegue, hacia frío y la madera lloraba lagrimas de barniz, lloraba sin decir nada para que yo no la viera, el ruiseñor sin comida quedo y mato a la ventana sin sonidos, las velas se suicidaron en serie pues su mayor amante ya nunca vino ni las encendió.

Las puertas que nunca tuve, se amarraron a las paredes continuas y sin vacilar el techo quedo colgado por la sorpresa de verme, las escaleras, ¡mis escaleras!, ya no subían ni bajaban, pobre de ellas los pasos en seco la asesinaron lentamente.

Mi casa vacía nunca tuvo esa luz de cuarzo que dan los ejemplares calidos de las bombillas, “las catacumbas se ven mejor” decía el aire mientras rozaba mi cara, el olor a tierra mojada derretía a mis sentidos convirtiéndolos en un ir y venir de sensaciones olvidadas y precarias.

Sin duda lo ejemplar de la estancia es la incomodidad que ella misma hacia sentir, las expresiones de singular dolor me recordaban lo ineficiente del miedo en mi corazón cobijado y sin frío, cadente de toda aquella decadencia que el recuerdo vomitaba en una esquina la misma noche donde la luna hacia de pedestal para vacilaciones y encuentros extraños que marcaban los cambios de mis sentimientos.

Las veces que no la pude entender, lloraba y lamentaba mi comportamiento. ¿Carecía yo de esa esencia para que la cima del balcón no saltara y me aplastara en segundos de fina estupidez? ¿Necesitaba por cuanto una mejor estrategia de razonar y de deducir? ¿O era que mi pensar era tan inequívoco que ni yo mismo podía comprender a mi propia cubierta?

Sin más, prepare un elipsis y soñé que la compañía de mi casa siempre fue la derrota de las ganas encontradas en mi viaje olvidado.

Carlos Acuña

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