08 enero 2008
Un Momento de Paz

Son las 10 de la mañana del día anterior a l crimen, el sol repunta en el piso 22, la calle mojada, paraguas y personas apuradas, me despierto y trato de que el café me despabile, la ducha me espera como siempre, luego de 20 minutos estoy lista para vestirme.

La ropa llena de sangre sigue en la bolsa, la resaca me hace recordar toda la pelea de las 3 AM, pesan los golpes que me dieron y pesa más el dolor de mi brazo, dar hachazos no va con mi forma física, ahora lo se.

Viajando por horas, pensando y a la vez no, llegar, estar viva, analizar lo sucedido, entenderlo y ver que errores realice, “fue muy rápido”, me digo moviendo la cuchara en la taza, la sangre salía por todos lados, su gritos se repiten, su dolor lo siento, sus ojos clavados en los míos.

El horror de sentirme acorralada, la pasión de saber que nunca más me molestaran de nuevo. Y todo lo demás lo olvido. El recuento comenzó con los dos últimos tragos del café, en total fueron 5 muertos, 2 con hachazos y los otros 3 con la escopeta, el hacha seguía en la camioneta junto con el arma, las dos llenas de sangre que no eran la mía.

La maldición me persigue por vías imaginarias, tengo que salir y deshacerme de todo, recuerdo como el fuego exterminaba sus cuerpos, el humo era realmente molesto, las luces del día encendían los colores del bosque, todo era un desastre que tenia que recoger, me tomaría horas, mucha sangre y muchos detalles, al terminar, otra fogata eliminaba varias pruebas, cuando los huesos y demás cosas concluyeron de arder eran la 1 PM, faltaba algo pero no sabia que era, estaba desesperada por irme, todas las cenizas fueron a parar a un pequeño hoyo que hice, me disponía a irme cuando la lluvia llego, si mis pasos eran el error el agua los eliminaría.

La carretera desplegaba ese aire que necesitaba, y de repente volví al apartamento, cada cosa en su sitio, queme la ropa en el estacionamiento, el hacha de un lado y el mango del otro, uno lo quemaría y el otro lo botaría, mientras el arma sólo la limpie, quería quedarme con ella, mi ropa ardió por completo y emprendí otro viaje para deshacerme del hacha, el mar estaba a unas horas, ese era el lugar indicado.

Al llegar tire el hacha e hice otra fogata cerca de la carpa que dispuse para mi instante de armonía con la mar, ya que sin marido, ni amante, y por si fuera mejor sin testigos, ese momento de paz en el que soñaba empezó hoy.

Carlos Acuña

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