29 febrero 2008

Obsesión


Nadie nunca recordó su nombre (Christian)

En un instante mi memoria solapa a mis recuerdos y es allí cuando aparece lo que nunca ocurrió.

Hace 5 días pude leer sobre “el asesino de la colina”, así lo catalogaron los diarios. Los incidentes nunca estuvieron muy claros; cada quien hizo una conjetura y armaron la historia que puedo relatar.

Cada mañana en una solitaria villa al sureste de Dinamarca, las tristes sombras invadían la casa de nuestro asesino; su pequeña estancia de 3 habitaciones, con una hermana y un padre psicópata; hacía que cada día fuera singularmente inolvidable.

Durante 15 años, el trastornado progenitor de nuestro homicida, violó a su hija; todos esos años nuestro protagonista dejaba su puerta abierta en las noches esperando desnudo en su cama, sin embargo su papá nunca entró. Ignorando los deseos de su hijo, el padre seguía con su hermosa rutina.

Llegó el décimo octavo año de nuestro personaje y 5478 días sin ser violado tenían que llegar a su fin; el necesitaba de ese lindo acto para que su peculiar vida cambiara de rumbo o sencillamente aniquilaría a su familia. Poseía facultades físicas que facilitaban su decisión y es en este momento cuando su historia se convierte en una encantadora masacre.

La escopeta de su padre era el instrumento que necesitaba para ejecutar su plan. Debía asesinar a su hermana, por ser ella la culpable de su desgracia y a su progenitor por no brindarle lo que más ansiaba.

Llegada la noche, coge la escopeta detrás de la puerta principal; entra en la habitación de su hermana, para dispararle en la cabeza. Al escuchar el disparo el padre sale y busca desesperadamente a su hija, sin percatarse que su hijo lo esperaba. Posteriormente de ultimara a su padre; nuestro héroe decide acabar con su existencia, pone la escopeta en su boca y se dispara.

Luego de los sucesos, la casa de nuestro asesino fue quemada y su obsesión paso a ser un relato para los jóvenes de la villa.


Carlos Acuña

Mi familia

“La agonía me mira fijamente
y me desafía a encontrar ese bonito agujero en el que todos nos sentimos finalmente seguros” Ekkaia

Tras la angustia de la noche, las sombras invaden el cuerpo de mi madre, mientras las ratas devoran el ojo de mi padre; mi hermana hecha trizas en la cocina espera por sus tristes gusanos y yo, con el cuerpo ensangrentado, lloro por mis errores. Son las 6 de la mañana.

Después de una horrible pesadilla despierto; recuerdo que tengo que terminar de rebanar a mi esposa y empezar a mutilar a mis hijos.

Con el tiempo en la cabeza recorro los pasillo de mi apartamento y llegó al cuarto de mis dos engendros, cada uno con dos años, “pequeñas molestias” los solía llamar, “es hora de divertirme” me decía. He pensado en cortar sus pies y luego ir subiendo hasta que sus extremidades queden reducidas a pequeños trozos. Sin dejar de grabar para reír en las noches en que no cercene a nadie.

Luego de liquidar a mi familia, recurro a destruir su recuerdo y concluyo en moler sus pedazos y hacer espagueti con carne molida; cenar con los perros del callejón y fumar un cigarrillo para estar más satisfecho. Irme de viaje y olvidar toda la sangre que derramaron; conseguir otro empleo y empezar desde cero, hasta encontrar mi verdadera familia, las mas acorde para mis necesidades.

Muchas son las pesadillas que recorren mi camino, pero la paz llega a la hora de la cena y siento que nada es en vano, espero por los días en donde el bienestar de mi podrida alma sea el malestar de mi amargo corazón.

Sin dejar de pensar en todo lo sucedido, el punto que liquida la hoja llega a las 12 de la noche; es hora del té para los asesinos.

Carlos Acuña
La solución final


Sin cuestionamientos las paredes incluyen cada paso en sus pinturas y sobre ellas los estragos de los gritos mudos.

Clínica Am Spielgelgrund – Viena 1941.

El famoso neurocirujano infantil Heinrich Gross, ingresa a la sala de operaciones y comienza con su trabajo habitual. Cada caso lo debe analizar con mucho detenimiento. Es necesario para sus observaciones retener partes de cuerpos de niños en especial sus cerebros; cada trofeo fue inyectado con “luminal” la cual les producía pulmonía y para la diversión de las tardes, usaba drogas en las comidas de cada infante. En invierno los obligaba a bañase con agua helada dejando las ventanas de sus habitaciones abiertas.

Lo pude conocer en noviembre de 1973, cuando su fama era muy alta; yo para ese entonces poseía 20 años y laboraba de conserje. El doctor Gross era muy puntual y amable, siempre estaba rodeado de personas las cuales le hacían preguntas de todo tipo, una eminencia en persona.

Me gustaba pasearme por la clínica y ver las hermosas instalaciones; en uno de mis paseos me tropiezo con Gross (también le gustaba pasear), sin que ninguno dijera nada continuamos por el mismo pasillo, al llegar a una sala de espera pude conversar un poco con él, era un tipo agradable (eso hacía notar), no obstante, días después, mi pensar cambio drásticamente. Una noche, como tantas otras, me marchaba y en uno de los pasillos cerca del ascensor del 3 piso, lo encuentro con envases en sus manos, cada uno con lo que parecía un cerebro; entra al elevador y sube hasta el quinto piso. Era enorme mi curiosidad, sin embargo se hacía muy tarde y quería dormir. Me dije que al día siguiente subiría y observaría con cuidado.

Mientras caminaba hacia mi apartamento, pensaba en lo sucedido, y mis conjeturas eran cada vez más grandes.

Era martes 28 de noviembre, ese día sólo pensaba en subir hasta donde el doctor llevo los envases y saciar mi deseo por saber. Al llegar al 5 piso, eran varios los recintos y habitaciones que tenia que observar para poder dar con lo que quería. Una de las salas de neurocirugía estaba cerrada, mi esmero fue mucho mayor que mi sutileza, como pude me introduje y franquee muchos estantes hasta conseguirme con lo que en ese entonces no me esperaba; Gross, analizaba uno de los cerebros de los tantos que había; al tratar de salir de la sala, el doctor me grita “…es muy tarde ya se que estas aquí…”, se da media vuelta y se lanza encima de mí, rodamos por el piso en un forcejeo constante, como pude me zafé y corrí hacia la puerta, caigo y me percato de la jeringa en una de mi piernas, trato de arrastrarme y en segundos me desmayo.

Despierto en un sótano rodeado de dies personas; tenía el cabello totalmente rapado y puntadas en la cabeza; una especie de celda delimitaba el lugar, símbolos nazis en las paredes y Gross del otro lado, abriendo la cabeza de un niño.


Nota: Diciembre del 2005, Heinrich Gross, uno de los más controvertidos médicos de la era nazi, acusado de asesinar a niños con impedimentos físicos y mentales durante el Tercer Reich, murió en su casa cerca de Viena a los 91 años, sin nunca haber enfrentando una condena.



Carlos Acuña
09 febrero 2008
Yo y el doctor muerte

Es el invierno de 1944 en Mauthausen – Austria. Soy Zigeuner; lo que escribo tal vez nadie lo encuentre, quizás el “doctor muerte” me extirpe el hígado y luego me lo haga comer como parte de sus ganas de recibir el Nobel; he sabido que inyecta benceno, cronometra la agonía, observa los estertores y anota el número de convulsiones. Siempre con la sonrisa a flor de labios. Siempre amable.

Tengo un triangulo negro que me hace ser un asocial, símbolo que llevo en mi brazo izquierdo; estoy en el pasaje de la muerte en una fila que se alarga hasta el numero 60; presumo que Heim con su sonrisa habitual, terminará con mi existencia; sus experimentos son de un sadismo tan cruel que resultaría inverosímil si no fuera por su registro minucioso, detallado y rutinario. Cosas de la burocracia germana, tan eficiente.

Los gritos por el pasillo son la música de fondo, nadie puede moverse ni escapar. Escuché que la anestesia sólo es utilizada en personas privilegiadas, un lujo prohibido que podía interferir en los resultados de sus observaciones para descubrir un analgésico eficiente para el dolor. Lo peor no era morir, sino, el tratamiento a seguir. Han pasado 2 horas y estoy muy cerca de ingresar; el próximo al pasar lo conocía desde niño, al poco tiempo de estar dentro empezó a gritar “mi pierna…mi pierna…” y luego de unos minutos ya no se le escuchaba. “El tiempo…” decían los guardias, era nuestro peor acompañante. Heim con su eterna sonrisa y su cronómetro Zeiss en el bolsillo, cercena piernas y brazos y mide el tiempo que tardan en desangrarse sus víctimas.

Imagino su cara, su sonrisa y su estupida tranquilidad, sin embargo nadie me podrá ayudar y pedir clemencia no funciona, espero que el tic tac no resuene tanto.

Mientras quedan sólo dos personas para mi ingreso, trato de calmarme y pensar, ¿De qué forma me van asesinar? ¿De qué manera sucumbiré? ¿Cuánto será el tiempo que dure en la mesa de operaciones?

Al acercarme a la puerta, los chillidos son más claros; la sangre se cuela por debajo de la puerta, mi turno ha llegado; un empujón y ya estaba dentro. El piso rojo por completo, con los cadáveres en un rincón, el olor a muerte se podía sentir; un guardia me tomo por un brazo y gritando me dijo que me sentara en la mesa de operaciones, el doctor con su traje blanco impecable, trae con el un bisturí; los guardias me sujetan las manos y las piernas; Heim, con precisión hace un corte en mi estomago y empieza mi fatal agonía; me extirpa un órgano y me lo enseña, un poco después, escucho el tic tac maldito que anuncia el fin.

Nota: El Dr. Aribert Heim, 91 años. Médico austríaco en los campos de concentración de Mauthausen y Buchenwald. Asesinó a cientos de presos administrándoles una inyección letal y practicó amputaciones sin anestesia por diversión. Desapareció en 1962. Desde entonces ha residido en España.



Carlos acuña
06 febrero 2008
Los pájaros muertos



La hora de la muerte resulta repugnante en el momento de elegir que aire respirar, en el momento en que todo caduca y empezamos a creer en las metáforas que construimos justo cuando el alba mece al crepúsculo.

Soy L. Salazar, tengo 68 años, sin hijos, sin marido, una vida plena y sin altibajos; con dinero para gastar y con sólo un problema, uno que tal vez me lleve al sepulcro; tengo esquizofrenia y sin duda he asesinado a varias personas en mi recorrido, sin embargo suelo marchar con la muerte y seducirla de tal forma que mi edad suele colocarme en la mayor de las posturas.

Vivo en una casa pequeña de 3 habitaciones cerca de una colina, detrás, un bosque enorme lleno de cedros, pinos y un riachuelo. Los asesinatos que cometí me hicieron obtener lo que ahora tengo.

Cada mañana me levanto y veo como nace el sol, no obstante la repugnancia de otro acto me hace desviar la vista; en mis ventanas 5 pájaros muertos convierten a mi hermoso paisaje en una asquerosa aberración; cinco aves de diferentes especies con sus cuellos cortados; puedo quedarme despierta toda la noche hasta el amanecer y ver la ventanas sin pestañar y no pasa nada.

Leo sobre mi enfermedad, sabiendo que nada es real; mis medicinas ya no me ayudan y cada vez el estrecho mundo entre lo ficticio y lo real me hacen prisionera de mis debilidades y de mis virtudes; la dificultad que se me presenta inicia los hechos que ahora lees.

Hace 30 años degollé a 5 hombres, sin contemplación, con mucha claridad de lo que estaba haciendo; cada muerte ocurrió en meses distintos; con cada hombre tuve una relación y no llegué mas que al punto de abrirle el cuello de lado a lado; soy una asesina y desde el mes de diciembre de hace 3 décadas huyo de mi conciencia, me persigue por los caminos de mi mente hasta hacerme la migaja que ahora soy; esa pizca que corre tras la nada y permanece en las sombras de la ilusión fraccionada y omitida. Cada asesinato era con distintos cuchillos.

Llega diciembre con su frío habitual y me hace recordar a cada victima. Hoy las ventanas no alojan a sus peculiares inquilinos; me alegro y de sorpresa escucho ruidos; las puertas se abren, los vidrios explotan y entran volando los pájaros que creía muertos; me atacan; comienzan a clavarme sus picos en mi rostro; no puedo evitarlos, salgo corriendo fuera de la casa y tras de mi las 5 aves; cruzo por los árboles llegando al riachuelo; tropiezo con una roca y caigo dando vueltas; todos contra mi y hasta ese momento no recuerdo más.

Tras un mes en el hospital puedo escribir lo que me pasó. ¡No he muerto y quiero mudarme de casa!

Nota: ...“En el Hospital Central de P… una enfermera encuentra a una mujer muerta con su rostro totalmente desfigurado y sobre ella muchas plumas de aves…” DIARIO LA RAZÓN DEL NORTE
Carlos Acuña