29 febrero 2008
La solución final


Sin cuestionamientos las paredes incluyen cada paso en sus pinturas y sobre ellas los estragos de los gritos mudos.

Clínica Am Spielgelgrund – Viena 1941.

El famoso neurocirujano infantil Heinrich Gross, ingresa a la sala de operaciones y comienza con su trabajo habitual. Cada caso lo debe analizar con mucho detenimiento. Es necesario para sus observaciones retener partes de cuerpos de niños en especial sus cerebros; cada trofeo fue inyectado con “luminal” la cual les producía pulmonía y para la diversión de las tardes, usaba drogas en las comidas de cada infante. En invierno los obligaba a bañase con agua helada dejando las ventanas de sus habitaciones abiertas.

Lo pude conocer en noviembre de 1973, cuando su fama era muy alta; yo para ese entonces poseía 20 años y laboraba de conserje. El doctor Gross era muy puntual y amable, siempre estaba rodeado de personas las cuales le hacían preguntas de todo tipo, una eminencia en persona.

Me gustaba pasearme por la clínica y ver las hermosas instalaciones; en uno de mis paseos me tropiezo con Gross (también le gustaba pasear), sin que ninguno dijera nada continuamos por el mismo pasillo, al llegar a una sala de espera pude conversar un poco con él, era un tipo agradable (eso hacía notar), no obstante, días después, mi pensar cambio drásticamente. Una noche, como tantas otras, me marchaba y en uno de los pasillos cerca del ascensor del 3 piso, lo encuentro con envases en sus manos, cada uno con lo que parecía un cerebro; entra al elevador y sube hasta el quinto piso. Era enorme mi curiosidad, sin embargo se hacía muy tarde y quería dormir. Me dije que al día siguiente subiría y observaría con cuidado.

Mientras caminaba hacia mi apartamento, pensaba en lo sucedido, y mis conjeturas eran cada vez más grandes.

Era martes 28 de noviembre, ese día sólo pensaba en subir hasta donde el doctor llevo los envases y saciar mi deseo por saber. Al llegar al 5 piso, eran varios los recintos y habitaciones que tenia que observar para poder dar con lo que quería. Una de las salas de neurocirugía estaba cerrada, mi esmero fue mucho mayor que mi sutileza, como pude me introduje y franquee muchos estantes hasta conseguirme con lo que en ese entonces no me esperaba; Gross, analizaba uno de los cerebros de los tantos que había; al tratar de salir de la sala, el doctor me grita “…es muy tarde ya se que estas aquí…”, se da media vuelta y se lanza encima de mí, rodamos por el piso en un forcejeo constante, como pude me zafé y corrí hacia la puerta, caigo y me percato de la jeringa en una de mi piernas, trato de arrastrarme y en segundos me desmayo.

Despierto en un sótano rodeado de dies personas; tenía el cabello totalmente rapado y puntadas en la cabeza; una especie de celda delimitaba el lugar, símbolos nazis en las paredes y Gross del otro lado, abriendo la cabeza de un niño.


Nota: Diciembre del 2005, Heinrich Gross, uno de los más controvertidos médicos de la era nazi, acusado de asesinar a niños con impedimentos físicos y mentales durante el Tercer Reich, murió en su casa cerca de Viena a los 91 años, sin nunca haber enfrentando una condena.



Carlos Acuña

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