06 febrero 2008
Los pájaros muertos



La hora de la muerte resulta repugnante en el momento de elegir que aire respirar, en el momento en que todo caduca y empezamos a creer en las metáforas que construimos justo cuando el alba mece al crepúsculo.

Soy L. Salazar, tengo 68 años, sin hijos, sin marido, una vida plena y sin altibajos; con dinero para gastar y con sólo un problema, uno que tal vez me lleve al sepulcro; tengo esquizofrenia y sin duda he asesinado a varias personas en mi recorrido, sin embargo suelo marchar con la muerte y seducirla de tal forma que mi edad suele colocarme en la mayor de las posturas.

Vivo en una casa pequeña de 3 habitaciones cerca de una colina, detrás, un bosque enorme lleno de cedros, pinos y un riachuelo. Los asesinatos que cometí me hicieron obtener lo que ahora tengo.

Cada mañana me levanto y veo como nace el sol, no obstante la repugnancia de otro acto me hace desviar la vista; en mis ventanas 5 pájaros muertos convierten a mi hermoso paisaje en una asquerosa aberración; cinco aves de diferentes especies con sus cuellos cortados; puedo quedarme despierta toda la noche hasta el amanecer y ver la ventanas sin pestañar y no pasa nada.

Leo sobre mi enfermedad, sabiendo que nada es real; mis medicinas ya no me ayudan y cada vez el estrecho mundo entre lo ficticio y lo real me hacen prisionera de mis debilidades y de mis virtudes; la dificultad que se me presenta inicia los hechos que ahora lees.

Hace 30 años degollé a 5 hombres, sin contemplación, con mucha claridad de lo que estaba haciendo; cada muerte ocurrió en meses distintos; con cada hombre tuve una relación y no llegué mas que al punto de abrirle el cuello de lado a lado; soy una asesina y desde el mes de diciembre de hace 3 décadas huyo de mi conciencia, me persigue por los caminos de mi mente hasta hacerme la migaja que ahora soy; esa pizca que corre tras la nada y permanece en las sombras de la ilusión fraccionada y omitida. Cada asesinato era con distintos cuchillos.

Llega diciembre con su frío habitual y me hace recordar a cada victima. Hoy las ventanas no alojan a sus peculiares inquilinos; me alegro y de sorpresa escucho ruidos; las puertas se abren, los vidrios explotan y entran volando los pájaros que creía muertos; me atacan; comienzan a clavarme sus picos en mi rostro; no puedo evitarlos, salgo corriendo fuera de la casa y tras de mi las 5 aves; cruzo por los árboles llegando al riachuelo; tropiezo con una roca y caigo dando vueltas; todos contra mi y hasta ese momento no recuerdo más.

Tras un mes en el hospital puedo escribir lo que me pasó. ¡No he muerto y quiero mudarme de casa!

Nota: ...“En el Hospital Central de P… una enfermera encuentra a una mujer muerta con su rostro totalmente desfigurado y sobre ella muchas plumas de aves…” DIARIO LA RAZÓN DEL NORTE
Carlos Acuña

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