09 febrero 2008
Yo y el doctor muerte

Es el invierno de 1944 en Mauthausen – Austria. Soy Zigeuner; lo que escribo tal vez nadie lo encuentre, quizás el “doctor muerte” me extirpe el hígado y luego me lo haga comer como parte de sus ganas de recibir el Nobel; he sabido que inyecta benceno, cronometra la agonía, observa los estertores y anota el número de convulsiones. Siempre con la sonrisa a flor de labios. Siempre amable.

Tengo un triangulo negro que me hace ser un asocial, símbolo que llevo en mi brazo izquierdo; estoy en el pasaje de la muerte en una fila que se alarga hasta el numero 60; presumo que Heim con su sonrisa habitual, terminará con mi existencia; sus experimentos son de un sadismo tan cruel que resultaría inverosímil si no fuera por su registro minucioso, detallado y rutinario. Cosas de la burocracia germana, tan eficiente.

Los gritos por el pasillo son la música de fondo, nadie puede moverse ni escapar. Escuché que la anestesia sólo es utilizada en personas privilegiadas, un lujo prohibido que podía interferir en los resultados de sus observaciones para descubrir un analgésico eficiente para el dolor. Lo peor no era morir, sino, el tratamiento a seguir. Han pasado 2 horas y estoy muy cerca de ingresar; el próximo al pasar lo conocía desde niño, al poco tiempo de estar dentro empezó a gritar “mi pierna…mi pierna…” y luego de unos minutos ya no se le escuchaba. “El tiempo…” decían los guardias, era nuestro peor acompañante. Heim con su eterna sonrisa y su cronómetro Zeiss en el bolsillo, cercena piernas y brazos y mide el tiempo que tardan en desangrarse sus víctimas.

Imagino su cara, su sonrisa y su estupida tranquilidad, sin embargo nadie me podrá ayudar y pedir clemencia no funciona, espero que el tic tac no resuene tanto.

Mientras quedan sólo dos personas para mi ingreso, trato de calmarme y pensar, ¿De qué forma me van asesinar? ¿De qué manera sucumbiré? ¿Cuánto será el tiempo que dure en la mesa de operaciones?

Al acercarme a la puerta, los chillidos son más claros; la sangre se cuela por debajo de la puerta, mi turno ha llegado; un empujón y ya estaba dentro. El piso rojo por completo, con los cadáveres en un rincón, el olor a muerte se podía sentir; un guardia me tomo por un brazo y gritando me dijo que me sentara en la mesa de operaciones, el doctor con su traje blanco impecable, trae con el un bisturí; los guardias me sujetan las manos y las piernas; Heim, con precisión hace un corte en mi estomago y empieza mi fatal agonía; me extirpa un órgano y me lo enseña, un poco después, escucho el tic tac maldito que anuncia el fin.

Nota: El Dr. Aribert Heim, 91 años. Médico austríaco en los campos de concentración de Mauthausen y Buchenwald. Asesinó a cientos de presos administrándoles una inyección letal y practicó amputaciones sin anestesia por diversión. Desapareció en 1962. Desde entonces ha residido en España.



Carlos acuña

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