23 junio 2008


Ahogados

Cuando quise parar de apretarle el cuello ya era su fin. Nunca me dijeron como asesinar a una persona, pero había algo al oprimir que me excitaba; existía para estrangular y sin duda seria mi trabajo de ahora en adelante.

Era el 28 de febrero de 198… y nadie me consideraba una asesina. Mi carnet y el uniforme de la escuela eran la fachada perfecta.

Ahogué a 12 personas en mi clase de literatura, nunca me gusto. Dentro de la cátedra eran 15 alumnos y mis manos ya estaban hinchadas, me sentía cansada; sólo por ese pequeño inconveniente, preparé algo especial a las personas restantes. Quería cubrirles sus cabezas con unas bolsas transparentes y ver sus expresiones al ahogarse, para hacerlo más divertido enrolle cinta adhesiva alrededor de sus cuellos, uniendo de este modo la cinta con la bolsa y con sutiliza verlos morir.

Con gracia estaba en esta situación y debía salir de ella, optando por definir un que hacer que nada tenía de especial, pero daba ese camino a seguir y el porque de los acontecimientos en el salón de clases. Las muertes de mis compañeros de estudio se debían a mi innata capacidad para asesinar y, estando conciente de esto, con deliberación absoluta, hago el clásico papel de una exterminadora.

Cuando todo queda reducido a nada y el silencio se adueña de las cuatro paredes, procuro actividades extra curriculares y salgo a la calle para seguir con lo mejor que se hacer.
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Estoy preso del vaso con cable
la hora de las brujas se me hace genial.
Y la flor hace que el tiempo sea hilo
ese hilo de conversación
que no se detiene hasta que el colgar sea opción.

Me detengo luego de que el respirar y las ganas se sofocan
tras los labios que no toco,
tras la piel clara que quiero acariciar,
tras de todo.

Estoy preso de mis ganas
esas de llegar justo cuando suspira
justo cuando tenga ganas
ganas de estar conmigo.

Ayer

No pude hacer mucho
ni siquiera nada.
El algo del “chao” me noqueo
La parte del “no me escribas” derroto a mis ganas.

Ayer cuando el viento soplaba placido
hizo del horizonte una curva en bajada
hizo del contacto una utopía.

Ayer cuando las piedras no azotaban mi rostro
la chicha hizo mal para mi estomago
y dolió el vomito, ese mismo que el ayer me trajo.

Cicatrices


Otra vez el suelo evoca unidad de consumo
y la angustia, azota a las necesidades internas
mientras lo familiar se une y zozobra lo demás
las palmadas no sirven.
Cae el sol otra vez
y las cicatrices amenazantes y desafiantes
señalan marcas de inconciencia
cada una con surcos incondicionales
empezando de una forma tonta
grietas que me atan.
Sintiendo lo que ellas quieren.
Percibiendo ese discernir
en la orilla de la ocre cicatriz

Dentro y fuera

Cada una de las pequeñas hazañas ligadas al odio de la felicidad
alcanza por su mismo peso, la cantidad que nadie quiere.
Cada una de las pequeñas hazañas envueltas al resentimiento de la placidez
consigue por su mismo actuar, las escorias que todos quieren.
Así mismo dentro y fuera corresponde al apéndice medio de la usurera mayor
que carcome el acido que sirve como vía al oxigeno y a las vitaminas.
Ese mismo que por fuera es el escándalo de la burguesía y de la pobreza
y que por dentro es azul o bien ocre, según sea el querer
y no querer de forma palpable y única.

El pedazo de nada


Seria posible que me dijeras en que pedazo me dejaste
y si por causalidad lo sabes, dame el pegamento que vos tiene
pégame de nuevo y has de mi trozo otro que no sea el mismo.
Haz una pieza más grande del segmento que el trecho ya no tiene
has de los restos de mis fragmentos una astilla de añicos
una pizca de partícula parcelada.
Y además, si es posible, has de este pedazo de nada un lote de todo.

Justo a tiempo

Cada vez que temo
cada vez que tiemblo
cada pesadilla
cada gesto a oscuras e imaginados
cada estopor
cada guiño
cada uno de todos los detalles
cada uno, justo a tiempo para la cena
justo a tiempo para mí.

La capacidad de no tomar decisiones

¿Sirve cada gesto imaginado donde las cúpulas entran?
¿Sirve cada inocencia perdida en lugares ajenos?
¿Es cuánto?
¿Es cuándo, todo de repente es nada? ó ¿Las gotas a secas recurren ser menos irritantes?


La hora se ha detenido y la canción sigue
en la misma frase (te extraño)


Son las 11:30 y aunque el té sabe bien
algo me dice que lo extrañaré a las 3.
Justo a esa hora quiero acostarme
escuchando la misma frase en la canción
la misma que se metió cuando el alba mecía al crepúsculo.

11:47, la bitácora de 17 minutos me tomo por sorpresa,
quise parar y reescribir luego de varios cigarros,
quise hacer tanto que los minutos no me alcanzaron.

La parte final

Sucede siempre
todo termina cuando comienza
y allí, el caos usa un orden que se compadece de él.
Final, última etapa, muerte
determinante fin.
Todos los adjetivos meciéndose
en el sustantivo del prefijo equivocado.
Sin más las sombras se llevan a las luces
sin menos lo claro oscurece el matiz de la sombra.
Y así, todo llega a la parte final
del endeble principio.

La pregunta

Alguna vez quise responder
a la pregunta que nunca me hiciste
sin embargo, no entiendo la pregunta.
Ahora la respuesta no será escuchada
y tu pregunta no será mencionada.
Ahora no escucho
ahora tú no hablas.


Llueve dentro de mis ojos

Llueve dentro de mis ojos,
al parecer una tormenta azota en ellos
en triste pena por la agonizante tertulia.

Llueve a cantaros y las gotas derraman una melancolía sádica
que disfruta del pesar y del abatimiento
que en gran medida los diques del consuelo no pudieron soportar.

El animo en cada ojo pesa y cae en el recuerdo del olvido.
Pobres ojos lloran y nada se puede hacer por salvarlos
de una muerte que ellos mismos producen.

Lo mejor de ti

Cada parte inclina la paciencia,
y ella, es la misma que crea la impaciencia.
Más su poder sobrepasa todo lo demás
y llega a ser agonía.

Ningún lugar

Busco a la tristeza con la mayor alegría que me regala.
La quiero observar estornudando pesimismo por el luto de la pena.
Si la consigo en el lugar donde ninguno suena a nombre
le pediré que me regale un poco de sufrimiento para mi esperanza.

Olvido

¡Déjame recuerdo olvidarme de ti!
deja de retorcerme por las noche
deja que piense en vos como el ayer que nunca existió
deja que caiga en besos de cascadas húmedas.

¡Déjame recuerdo aborrecer todo tu ser!
hagamos un pacto con saliva
y vertamos nuestras memorias en la basura
hasta que ninguna de ella se pueda volver a recoger.

¡Déjame recuerdo, déjame nostalgia!
deja que mi tristeza salga por la primera puerta
deja que mi estupidez sea esperanza
y has de tu muerte un olvido con menos agonía.


Solo

No es nada romántico ser triste
y menos penoso es ser sincero.
Mejor soy mentiroso y alegre
mentiré en las veces que estaré acompañado
y me alegrare en la angustia de la pena.

Morderé al vació y su dolor me acompañara
hasta que su soledad quiera suicidarse
por no estar más a mi lado

Escupiré hacia la esperanza
y rendiré mis horizontes hasta agotarlos de sufrimiento.

Estaré solo y ni siquiera la soledad querrá estar conmigo.

Una mañana

Siguiendo lo catastrófico del momento educado,
caduco en no ser bueno y entro en lo obsoleto de lo malo.
En esa esencia especial que tiene cada gesto gesticulado desde la estupidez hasta el ser
alcanzo un orgasmo de sensaciones que se le atribuye generalmente a las mañanas
al rocío, al sol en lo alto, al aire calmado de la esquina
al principio de la tristeza y a la soledad acompañada y sola.


Ven tristeza

Ven y dame los buenos días.
Hazme compañía con tus solitarios y tristes brazos.
Ven y llena la parte sola de la estupidez encarnada en la melancolía de la pena.
Ven y acompáñame a estar triste.
Golpéame tristeza.
Usa tu fuerza de lagrimas y seca las mías.
Seca además lo afligido de mi sentir.
06 junio 2008
Condenado

“El silencio es mi única salida…”

“Con los testimonios de cada uno de los testigos mi caso quedó cerrado, fui condenado y como tal, el día de mi ejecución salía en las noticias de las 6, mi cara era conocida, por ende desaparecerme de la faz de la tierra era lo mejor que podían hacer para calmar el animo de miles que me querían muerto.

Una tradición en la pena de muerte, era requerirle de todo lo necesario al convicto para que su ultimo día fuera satisfactorio, pero sin duda en palabras se queda este trato, solo tu última comida es la que te dejan elegir; me debatía entre una ensalada cesar y una pizza familiar.

Pese a mis esfuerzos por describir lo que pasaba, me quedaba corto, narrar y llevar apuntes dentro de una prisión era difícil, relatar mi proceso, casi imposible. Muchos guardias ocultaban su miedo. Todos temían”.

Al terminar de telegrafiar el punto, me aparto de la máquina por primera vez en varias horas, busco un cigarrillo para fumar, subo a la azotea, camino despacio por las escaleras, llego hasta el final pensando en como seguir el relato del condenado, al abrir la puerta, el interior no era la azotea, me encontraba en una celda con una pizza familiar puesta en la meza con algunos libros, justo al lado de una cama y una letrina. Al tratar de retornar a la escalera la puerta había desaparecido y en su lugar una pared. En primera instancia no comprendía mi verdadero estado, hasta que caí en cuenta que el relato del prisionero se había vuelto en mi contra. No existía una manera para salvarme, yo era mi verdugo y lo peculiar era el sonido de fondo; una maquina telegrafiaba sin parar.

Pensé en la mejor manera en deducir lo que me sucedía, sin embargo las teclas seguían sonando. Pude recordar que escribiría luego del punto en donde abandone el relato y sostuve que había liquidado la vida del reo luego de varios párrafos. Mi mano y las teclas escribían la hora de mi muerte.

¿Estaba loco?, eso no era lo importante; me sentía nervioso y como los nervios te hacen hacer cosas ridículas, grite “guardias… guardias”, unos segundos después dos guardias frente a las rejas me preguntaba por mi alboroto, hubo un silencio y los guardias dieron vuelta y quede solo nuevamente.

Tenia que pensar, analizar, tratar de escaparme de las letras y de las teclas, tenia que sobrevivir de algún modo; junto con mi pensamiento estaba el muzac, ese sonido traicionero que antes me fascinaba y que entre estas paredes me agonizaba la existencia de una manera inexplicable.

“Quedan pocas horas” me decía el reloj con su eco mudo. Dando vueltas entre la cama, las pared y las rejas, no se me ocurría como salir y escaparme, como eludir a al fin del párrafo, como vivir a la salida del sol. Mi sentencia, según yo mismo, era a las 12 pm. Las manecillas daban las 10 pm; dos horas me separaban de la dulce muerte.


Decidí esperar que vinieran y ver que pasaba, vivir en carne propia mi espectacular relato; al fin y al cabo el condenado era un asesino, por lo tanto su existencia no era de un valor cuantificable, me eche a la cama para dormir esas dos horas que me restaban y así tranquilizar mis nervios.

Al ver hacía el techo de mi celda desde mi incomoda cama, pude observar un escrito con sangre que me hizo entender la naturaleza del hombre que había creado y que sin duda no conocía. El escrito era simple y complejo, un pensamiento fugaz del personaje de mi historia. Una carcajada en letras.

Dentro de esta situación, las preguntas saltaban solas, ¿Por qué el tecleado maldito? ¿Era la maquina la causante de todo? ¿Y si yo estaba en la celda quién se hallaba en mi habitación? ¿Quizás el reo? Las conjeturas decidieron darme en la cabeza una por una como agujas. No podía dormir, se me necesario encontrar pistas sobre mi relato que yo nunca hubiera escrito ni pensado, dando pie a más suposiciones, acercándome más al estado de locura que le eran propios a los que esperan a la muerte.

Al buscar en los libros, hallé el diario del reo, mi sorpresa fue enorme al leer detallados párrafos sobre la vida en la prisión y sobre su proceso, yo nunca puntualice tal cosa, jamás hice ese avatar en la mente del prisionero y sin duda mi personaje era muy inteligente y escribía muy bien. A pesar de todos los detalles, el mismo planteaba que no podía escribir mucho y eso lo atormentaba, por cuanto todo lo demás que no conocía estaba muy lejos de mi alcance.

El tiempo transcurría sin encontrar ninguna solución ni salida.

La frase en el techo de la celda era sin duda una clave, pero como un gran rompecabezas, algunas piezas eran difíciles de hallar; para mi mayor tormento las teclas aumentaban de velocidad y el eco me destrozaba la cabeza.

Varios poemas eran el total de muchas páginas del diario, dos de ellos me llamaron mucho la atención. Decidí leerlos nuevamente y prestarle más atención. Tal vez sus líneas puedan ayudarme.

Esperando

Sentado en mi cuarto solo,
esperando sentado estoy,
la impaciencia es alta,
el agua caliente en la mesa
y mi esperanza a cuesta.
Salí a buscarte donde siempre
y nunca pude encontrarte.
La pasión desase el tiempo,
y el día marca mis cambios.
Quejándome solo por la espera
mientras tú con otra persona
haciendo lo que yo quiero que me hagas.
Sentado durmiéndome estoy,
esperando sentado,
esperando a la muerte.


Un poco de tristeza por la llegada de su muerte, era lo que podía interpretar en ese momento del poema. Sin demorar empecé a leer el otro poema.

Silencio

Lloro al pensar en lo cruel del silencio.
¿Pero quién es el dueño del lugar donde el silencio habita?
¿Será el mismo que tira los pedazos de nada que arman mi todo?,
Un todo lleno de cochina estupidez.
¿Dentro del silencio hay una cabida para lo que se dice?
¿Hay una cabida para lo que se piensa?
¿Es esa cabida similar a esta pequeña maraña de peculiaridades
que me trae la aurora en esa hora de muerte para los parpados?
Ahora el gris endurecido yace frío y solitario
en este mismo lugar donde la dulce voz de las rejas
me hacen pensar que el silencio es mi única salida.

¿Y qué esperaba encontrar en estos poemas? ¿Qué podía resolver al leerlos? ¿Era el silencio la única salida? Al analizar la frase y los poemas, pude entender que el reo encontró la manera para librarse de las teclas y por cuanto de su destino; la espera era mi única salida, esperar a que las teclas dejarán de sonar, correr hacia la pared para encontrarme con la escalera y la puerta de la azotea y así deshacerme de toda esta maldita situación.

No podía quedarme quieto, caminaba de un lado a otro y las teclas no paraban, el reloj daba las 11:50 pm diez minutos para que me vinieran buscar, con toda mi desesperación me senté en la cama y espere. El sonido de las teclas se desvanecía poco a poco, sin pensar mucho, corrí hacía la pared por la que había entrado y sin más estaba en la azotea con mi cigarro en la mano.

Al volver a mi estancia, todo había cambiado, la maquina estaba en otro lugar y lo que viví dentro de la celda estaba escrito en unas hojas regadas por toda la habitación.

Resolví no terminar el relato del condenado y empezar otra historia pero sin personas en ellas.


Carlos Acuña