23 junio 2008


Ahogados

Cuando quise parar de apretarle el cuello ya era su fin. Nunca me dijeron como asesinar a una persona, pero había algo al oprimir que me excitaba; existía para estrangular y sin duda seria mi trabajo de ahora en adelante.

Era el 28 de febrero de 198… y nadie me consideraba una asesina. Mi carnet y el uniforme de la escuela eran la fachada perfecta.

Ahogué a 12 personas en mi clase de literatura, nunca me gusto. Dentro de la cátedra eran 15 alumnos y mis manos ya estaban hinchadas, me sentía cansada; sólo por ese pequeño inconveniente, preparé algo especial a las personas restantes. Quería cubrirles sus cabezas con unas bolsas transparentes y ver sus expresiones al ahogarse, para hacerlo más divertido enrolle cinta adhesiva alrededor de sus cuellos, uniendo de este modo la cinta con la bolsa y con sutiliza verlos morir.

Con gracia estaba en esta situación y debía salir de ella, optando por definir un que hacer que nada tenía de especial, pero daba ese camino a seguir y el porque de los acontecimientos en el salón de clases. Las muertes de mis compañeros de estudio se debían a mi innata capacidad para asesinar y, estando conciente de esto, con deliberación absoluta, hago el clásico papel de una exterminadora.

Cuando todo queda reducido a nada y el silencio se adueña de las cuatro paredes, procuro actividades extra curriculares y salgo a la calle para seguir con lo mejor que se hacer.

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