25 agosto 2008
Novia


Algunos caminan lento y otros muy rápido, hay osados que se detienen; mi caso es peculiar, ni rápido, ni lento, ni me detengo; tal vez las circunstancias de mis pasos son las que me han llevado a mi actual situación. Cierto día, de esos que uno se quiere olvidar, las manecillas mecían al dormido tiempo y, como es desde hace rato habitual, la cúspide de cada paso, hace del caminar una simple parodia. Ya no quería seguir sufriendo, cuento una semana y, ya no la puedo ver desde el vidrio de mis ojos.

La avenida la paz se vuelve guerra y las bombas de a poco me interrumpen el paso, las sombras devoran los cuerpos mutilados de los olvidados y, allí, la encuentro, como si estuviese dormida entre la sombra del árbol tétrico; su piel ya no era tan clara como en otros días, pero no me importaba; su minifalda cubierta de un tinte color vino me hace enmudecer por instantes; sin embargo, luego de una semana sin verla, ella se hace presente y, nada más importa.

Sin palabras le hablo y le escucho sin voz; la abrazo y su piel pálida es fría; sus ojos azules ya no tiene ningún brillo; su ternura no se muestra; ella está muerta; pero al verla nada más me interesa.

Por un momento me voy del lugar, viajo en mi mente; 4 años estuve fatigado con la manera en que hacíamos el amor; siempre pensé en que no era el mejor y, que ella, me engañaba; fatigado con esa situación nuestra relación callo en una espiral del que no pudimos escapar; cada cual hizo su historia y deducimos que era el momento de que nuestros caminos se dividieran; saliendo del espiral de una forma violenta.

De vuelta; empiezo a quitarle la ropa, a besarla por todos lados; segado por el recuerdo, quiero hacerle el amor de una manera diferente; quiero sentir que todavía es mía y, que nada más importa.

Pasaron 30 minutos y mi boca se lleno de su sangre; sentía que era mía, que nunca estuvo ausente, que mis penetraciones la satisfacían a tal modo que entraba en un letargo; otra media hora y su insensibilidad me enajeno, así que la golpee repetidas veces, la sangre de mis manos mancho mi saco; el estopor, el sudor, la impaciencia, su callada voz, aumento mi locura; busque con que pegarle más fuerte, con que hacer sentir que yo era el que mandaba, ella tenía que saber que yo era el hombre. Los discursos de machismo en ese momento no importaron. La deje por unos minutos y, al retornar, personas a su alrededor deshacían mi encuentro, el espiral comenzó de nuevo y, yo, ensangrentado con un trozo de madera, en la avenida la paz, me mantuve quieto y entre en sí. Acaba de tener relaciones con mi novia muerta.

Carlos Acuña