12 septiembre 2008
Trasatlántico


Una vez que abrí la puerta ya no podía retroceder, la cara del silencio golpeo mi rostro y anunció, de una extraña forma, el fin de mi existencia. La habitación se quemaba lentamente, la puerta por la que entre se cerró tras de mi. ¿Un absurdo pensé?, ¿Un sueño tal vez?, mis preguntas a secas no eran respondidas por mi lenta lengua.

La catástrofe de la estancia me hacía pensar en que todo era un océano (el Atlántico) en llamas, y que yo, en mi barco de papel, era un polisón que tenía que morir.

Luchando contra lo que se me avecinaba inicie un estimulo de dimensiones abismales, el trasatlántico de rayas azules presentaba fugas y el agua se colaba por doquier, los pedazos de su popa y de su proa se deshacían.

Es un mal cuento para las noches; una historia sin nombres que mencionar. Sin esperar, el barquito sucumbió a una enorme ola.
10 septiembre 2008
Bitácora

Es el día 20, hoy tampoco recibiremos latigazos, no nos alegra, nos hace temblar, nos hace enloquecer dentro de cada metro que no tenemos. Hoy es 25 de abril; las ganas de estar en otro sitio son enormes y hacen del lugar una playa desierta con el mar agitado, un huracán en cada mente; justamente hoy es el día en el que partió Martín hace ya un par de años, es el momento en el no quiero estar en esa playa, quiero arrancarme las llagas y sufrir de realidad colectiva, quiero sentir dolor en vez de miedo.

El dolor decía mi viejo “es un simple pasajero, mientras que el miedo, un habitante”; es así como no quiero a este habitante, quiero que se esfume de mí, quiero tanto, que al final del día 20, otra sombra arranca un espacio en los pocos metros que nos quedan.

“La capacidad es torpe y no mantiene el paso en este laberinto interminable” dice Lucio; restando la ficción de Lucio y convirtiéndola en realidad hago de sus palabras un eco enorme en un destino que nos tiene marcado desde el primer día en la estancia podrida.
Amanece y otra persona es sacada de nuestra vista; el que se fue nunca lo conocí, siempre era retraído y no quería compartir sus penas; nuestras comidas son repartidas en bolsas plásticas, los gusanos y la mierda de perro, son aderezos interesantes en este día.

La bitácora de mi inconsciente suelta de apoco una gota de incoherencia, que da pie a un relato ya sea de Kafka o de Borges, esta bitácora de 20 días, tiene extremidades destruidas y cabeza desecha, lleva en su interior penas de 5 personas, cientos de mujeres, recuerdos de borrachera y una que otra estupidez. Mi bitácora es fiel a una coma y a una tilde, es genuina y a la vez no es nada.

Es el día 22, los capítulos de Crimen y Castigo se repiten en mi interior, el espectáculo del protagonista resultan asquerosos y nadie quiere escucharme. Comento sobre un señor llamado Hans Christian Andersen y su Patito Feo, todos ríen y es allí, cuando la puerta se abre y los latigazos comienzan a las 8 de la mañana.
Otra muerte y otro espacio vacío. Era la mañana del día 30.

Ya no queda nadie a quien recurrir, no hay un oído que escuche otra historia de Poe o un Joseph Conrad, mi corazón en tinieblas sigue a la esperanza hasta su defunción, la acompaña, la cobija, mientras carece de fuerzas y fallece en la negrura de la espesa soledad.

Hoy es el día en que mi inconciente cansado de tantos latigazos, deja solo a los ojos de los lectores y me conduce al entre línea de la muerte.

Día 32…
La ventanilla

Durante 5 minutos estuve tratando de encontrar el modo en que mi corazón dejara de latir y que de un momento a otro la oscuridad cubriera todo mi ser, a tal punto que mi alma se viera envuelta y envenenada por la muerte del silencio inconcluso. En ese momento, cuando todo parecía finalizar, la ventanilla se abrió, justo a la hora de siempre, 8 de la mañana.

La oscuridad persigue a la luz hasta que la consume, las sombras cruzan y descuartizan cualquier rayo de esperanza que se oculta en lo profundo de mi pecho.

Es el año de la rata en el horóscopo chino, sin embargo, el atlántico se quema poco a poco, como mis venas tras el encarcelamiento de mi futura casa y como si nada ocurriera, la ventanilla se abre; mi compañero, tan silencioso como nunca, acude a rastras y se encuentra con la estruendosa noticia de que hoy es el día en que todo tiene una perversa salida, una que ninguno quiere, pero que, sin lugar a dudas, arranca de nuestro corazones esa señal de horizonte.

Otra visita de la luz. Es el día número 50 que he podido contar, el pan rancio y el agua sucia, hace añicos mis entrañas; las diarreas continuas pintan en mi intestino una cualidad única de muerte en mierda.

Nada tiene sentido en tinieblas, yo, él, nosotros, sólo adjetivos imperdonables para quien pueda encontrar a los que no tienen nombres, ni mucho menos números; nuestra historia carece de toda lógica, nuestros testigos de ojos y oídos.

Hoy mi corazón, repleto de la habitual rabia, desea la lucha para que ésta vengue nuestra inestabilidad política; no es posible que yo hable y mi compañero no diga ninguna oración. He pensado en asesinarlo, en callar su voz muda por última vez, he pensado en ser el que reine entre las sombras del lugar sin nombre. Llega la hora en que puedo verlo, la hora en que la ventanilla deshace momentáneamente la lobreguez de esta estancia, tan consumida en desesperanza que la porquería se une a ella y hace que su sabor sea mejor que el vetusto pan de cada día. 5 segundos era el tiempo, 5 segundos para que mi cruz de 50 días llegara a su fin. La ventanilla, como siempre, abrió a las 8 de la mañana; con un pedazo de mi vestido debía estrangularlo, tal vez su muerte llegaría en la oscuridad; su alma se esfumaría de la estancia y compartiría las migajas con el olvido.


El acto de estrangulación ni siquiera fue tan emocionante como para compartirlo. Al fin estuve solo, por fin mi encierro tuvo algún sentido. Por segundos, la paz hizo del lugar un radiante valle, con flores y pájaros volando. Todo se interrumpió cuando el rechinar de la puerta anunciaba el final de mi encierro.

Nota: Durante la dictadura Uruguaya, muchas personas eran sometidas a torturas en estancias solitarias y con sólo una comida diaria. El encierro en tinieblas y el estrecho lugar eran la tumba perfecta para los que no existían.

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Otra hoja de calculo y la tarde parece interminable, las especificaciones del director introducen en cada miembro de la oficina maldita (así solíamos llamarla de cariño) un malestar enorme. Nuestra rutina, nuestros errores y el incontable tic tac del reloj hacen que la pared de nuestra ventana se convierta en un paisaje impresionista que me recuerda a una pintura de Monet, una tarde en el mediterráneo o simplemente a bloques de arcillas que desploman a Kandinsky y pone de relevancia a cada número impar que desconsoladamente vuelve en cada bloque de la hojas de calculo.

Hacia poco tiempo que había terminado de leer los Ensayos de Michel de Montaigne, mientras que el placer de hace 2 años cuando pude observar un cuadro de Bohumil Kubišta se disipa, es así como el cubismo y el horror del café me hizo repulsivo a la idea de seguir calculando sueldos que nunca podría obtener. Cada número, en cada cuadro de cada hoja, era como una pequeña puñalada que de pronto se inclinaba hacía una pasión rota y desgastada de la cual los números impares eran los culpables.

La oficina se encuentra en la calle Angustia número 13, edificio Soledad; cada mañana de cada día, la vista de la calle se vestía de incontables trabajadores que hacían de papel tapiz para el asfalto, en esa misma calle existían otros edificios, uno pegado del otro, cada uno con una enfermedad moderna que muchos suelen llamar “stress”, esta enfermedad goteaba a cada trabajador contagiándolo y así la epidemia se alojo en cada corazón.

En el laberinto de papeles y números, se suele escuchar música clásica, se suela comer chicle, se suele mentir y se suele pensar en la muerte.

Hoy veo las sombras del medio día; la locura de las montañas me manda al infierno, ratas y niños me persiguen por la ciudad. Ya no resisto más, entro en la pintura y destruyo los bloques con los dientes, mis ojos llenos de escombros, pequeños escombros, desarticulan la vista del papel tapiz. Hoy es el día en que el número impar cobra venganza. De un salto despierto en el escritorio, son las 11:30 AM.

Al medio día todo parece que fuera distinto, el mar de agitaciones se seca y no podré hacer mucho, navego en él y trato de calmarlo con pastillas.

Al cruzar el rallado rumbo al restaurante, un auto sigue con la luz roja y modifica mi espacio vital, ese del asfalto no soy yo, ese sigue a su esclavitud. Yo me fui lejos hacia otro lugar muy lejos de allí.