10 septiembre 2008

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Otra hoja de calculo y la tarde parece interminable, las especificaciones del director introducen en cada miembro de la oficina maldita (así solíamos llamarla de cariño) un malestar enorme. Nuestra rutina, nuestros errores y el incontable tic tac del reloj hacen que la pared de nuestra ventana se convierta en un paisaje impresionista que me recuerda a una pintura de Monet, una tarde en el mediterráneo o simplemente a bloques de arcillas que desploman a Kandinsky y pone de relevancia a cada número impar que desconsoladamente vuelve en cada bloque de la hojas de calculo.

Hacia poco tiempo que había terminado de leer los Ensayos de Michel de Montaigne, mientras que el placer de hace 2 años cuando pude observar un cuadro de Bohumil Kubišta se disipa, es así como el cubismo y el horror del café me hizo repulsivo a la idea de seguir calculando sueldos que nunca podría obtener. Cada número, en cada cuadro de cada hoja, era como una pequeña puñalada que de pronto se inclinaba hacía una pasión rota y desgastada de la cual los números impares eran los culpables.

La oficina se encuentra en la calle Angustia número 13, edificio Soledad; cada mañana de cada día, la vista de la calle se vestía de incontables trabajadores que hacían de papel tapiz para el asfalto, en esa misma calle existían otros edificios, uno pegado del otro, cada uno con una enfermedad moderna que muchos suelen llamar “stress”, esta enfermedad goteaba a cada trabajador contagiándolo y así la epidemia se alojo en cada corazón.

En el laberinto de papeles y números, se suele escuchar música clásica, se suela comer chicle, se suele mentir y se suele pensar en la muerte.

Hoy veo las sombras del medio día; la locura de las montañas me manda al infierno, ratas y niños me persiguen por la ciudad. Ya no resisto más, entro en la pintura y destruyo los bloques con los dientes, mis ojos llenos de escombros, pequeños escombros, desarticulan la vista del papel tapiz. Hoy es el día en que el número impar cobra venganza. De un salto despierto en el escritorio, son las 11:30 AM.

Al medio día todo parece que fuera distinto, el mar de agitaciones se seca y no podré hacer mucho, navego en él y trato de calmarlo con pastillas.

Al cruzar el rallado rumbo al restaurante, un auto sigue con la luz roja y modifica mi espacio vital, ese del asfalto no soy yo, ese sigue a su esclavitud. Yo me fui lejos hacia otro lugar muy lejos de allí.

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