10 septiembre 2008
Bitácora

Es el día 20, hoy tampoco recibiremos latigazos, no nos alegra, nos hace temblar, nos hace enloquecer dentro de cada metro que no tenemos. Hoy es 25 de abril; las ganas de estar en otro sitio son enormes y hacen del lugar una playa desierta con el mar agitado, un huracán en cada mente; justamente hoy es el día en el que partió Martín hace ya un par de años, es el momento en el no quiero estar en esa playa, quiero arrancarme las llagas y sufrir de realidad colectiva, quiero sentir dolor en vez de miedo.

El dolor decía mi viejo “es un simple pasajero, mientras que el miedo, un habitante”; es así como no quiero a este habitante, quiero que se esfume de mí, quiero tanto, que al final del día 20, otra sombra arranca un espacio en los pocos metros que nos quedan.

“La capacidad es torpe y no mantiene el paso en este laberinto interminable” dice Lucio; restando la ficción de Lucio y convirtiéndola en realidad hago de sus palabras un eco enorme en un destino que nos tiene marcado desde el primer día en la estancia podrida.
Amanece y otra persona es sacada de nuestra vista; el que se fue nunca lo conocí, siempre era retraído y no quería compartir sus penas; nuestras comidas son repartidas en bolsas plásticas, los gusanos y la mierda de perro, son aderezos interesantes en este día.

La bitácora de mi inconsciente suelta de apoco una gota de incoherencia, que da pie a un relato ya sea de Kafka o de Borges, esta bitácora de 20 días, tiene extremidades destruidas y cabeza desecha, lleva en su interior penas de 5 personas, cientos de mujeres, recuerdos de borrachera y una que otra estupidez. Mi bitácora es fiel a una coma y a una tilde, es genuina y a la vez no es nada.

Es el día 22, los capítulos de Crimen y Castigo se repiten en mi interior, el espectáculo del protagonista resultan asquerosos y nadie quiere escucharme. Comento sobre un señor llamado Hans Christian Andersen y su Patito Feo, todos ríen y es allí, cuando la puerta se abre y los latigazos comienzan a las 8 de la mañana.
Otra muerte y otro espacio vacío. Era la mañana del día 30.

Ya no queda nadie a quien recurrir, no hay un oído que escuche otra historia de Poe o un Joseph Conrad, mi corazón en tinieblas sigue a la esperanza hasta su defunción, la acompaña, la cobija, mientras carece de fuerzas y fallece en la negrura de la espesa soledad.

Hoy es el día en que mi inconciente cansado de tantos latigazos, deja solo a los ojos de los lectores y me conduce al entre línea de la muerte.

Día 32…

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