10 septiembre 2008
La ventanilla

Durante 5 minutos estuve tratando de encontrar el modo en que mi corazón dejara de latir y que de un momento a otro la oscuridad cubriera todo mi ser, a tal punto que mi alma se viera envuelta y envenenada por la muerte del silencio inconcluso. En ese momento, cuando todo parecía finalizar, la ventanilla se abrió, justo a la hora de siempre, 8 de la mañana.

La oscuridad persigue a la luz hasta que la consume, las sombras cruzan y descuartizan cualquier rayo de esperanza que se oculta en lo profundo de mi pecho.

Es el año de la rata en el horóscopo chino, sin embargo, el atlántico se quema poco a poco, como mis venas tras el encarcelamiento de mi futura casa y como si nada ocurriera, la ventanilla se abre; mi compañero, tan silencioso como nunca, acude a rastras y se encuentra con la estruendosa noticia de que hoy es el día en que todo tiene una perversa salida, una que ninguno quiere, pero que, sin lugar a dudas, arranca de nuestro corazones esa señal de horizonte.

Otra visita de la luz. Es el día número 50 que he podido contar, el pan rancio y el agua sucia, hace añicos mis entrañas; las diarreas continuas pintan en mi intestino una cualidad única de muerte en mierda.

Nada tiene sentido en tinieblas, yo, él, nosotros, sólo adjetivos imperdonables para quien pueda encontrar a los que no tienen nombres, ni mucho menos números; nuestra historia carece de toda lógica, nuestros testigos de ojos y oídos.

Hoy mi corazón, repleto de la habitual rabia, desea la lucha para que ésta vengue nuestra inestabilidad política; no es posible que yo hable y mi compañero no diga ninguna oración. He pensado en asesinarlo, en callar su voz muda por última vez, he pensado en ser el que reine entre las sombras del lugar sin nombre. Llega la hora en que puedo verlo, la hora en que la ventanilla deshace momentáneamente la lobreguez de esta estancia, tan consumida en desesperanza que la porquería se une a ella y hace que su sabor sea mejor que el vetusto pan de cada día. 5 segundos era el tiempo, 5 segundos para que mi cruz de 50 días llegara a su fin. La ventanilla, como siempre, abrió a las 8 de la mañana; con un pedazo de mi vestido debía estrangularlo, tal vez su muerte llegaría en la oscuridad; su alma se esfumaría de la estancia y compartiría las migajas con el olvido.


El acto de estrangulación ni siquiera fue tan emocionante como para compartirlo. Al fin estuve solo, por fin mi encierro tuvo algún sentido. Por segundos, la paz hizo del lugar un radiante valle, con flores y pájaros volando. Todo se interrumpió cuando el rechinar de la puerta anunciaba el final de mi encierro.

Nota: Durante la dictadura Uruguaya, muchas personas eran sometidas a torturas en estancias solitarias y con sólo una comida diaria. El encierro en tinieblas y el estrecho lugar eran la tumba perfecta para los que no existían.

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