21 enero 2010

El Laberinto y sus tres puntos suspensivos (novela sin editar - todavía falta)

1:37 P.M.

Mi muzac es el réquiem, se repite sin contemplación. Es espantoso escucharlo. No puedo pensar, cada pensamiento se me devuelve como agujas, todos y cada unos de ellos. No puedo gritar, los ecos se unen con el réquiem.

Sigo en el mismo lugar, sabiendo que todo se desvanece a cada instante; los cuadros y sus signos vienen y van; cada civilización llega y desaparece; el tiempo no existe; el inicio no existe; la salida es la entrada y viceversa. El centro es el meollo más grande y aún así, todavía no he encontrado al minotauro.

1:55 P.M.

Entrar y salir es sinónimo de desasosiego para la cúspide, sin embargo, ahora mismo ella no existe; los espacios a ciegas vienen a visualizarme el presente que se resume poco a poco, y que, singularmente, se disipa en el mismo intervalo en que las pausas de cada paso rearman la viciosa necesidad que no me queda.

Todo es de una naturalidad que algunas redes no tienen. Los ganchos que me atan literalmente al laberinto, son los mismos que, se agrupan con las pausas de los pasos y luego, con el réquiem, para conseguir una manera efectiva de liquidarme.

3:01 P.M.

Después de 2 horas, las paredes izquierdas cambian, las paredes derechas cambian, las del medio cambian, todo se modifica y por ende, el laberinto inicia una etapa de puntos suspensivos que de seguro, dejará una lista de innumerables acontecimientos dentro y fuera de mí.

Cada dos párrafos; cada tres o cuatro líneas; cada hora cuenta; cada prefiguración que se convierte en el abismo que me mira y lo miro. Como las paredes interrelacionándose para destruir el camino signado durante las 2 horas perdidas. Como las pequeñas ocasiones en que las bifurcaciones convierten a las alternativas en Y.

3:07 P.M.

Todo se manifiesta en conceptos. Los manieristas y los rizomas, son uno. Dédalo viene en sueños y me escupe lentamente. Todo se esfuma delante de mí; las características propias de lo que no conozco, me trituran los nervios, los transforman en las señales vinculadas con los signos que vi en las paredes. Y, como antes, todo cambia.

3:13 P.M.

Dentro de las pequeñas ocasiones en que quise acelerar el paso, la misa también lo hizo, y por si fuera poco, las dos horas siguen reunidas con las pausas de los pasos y los ecos de mis pensamientos.

Un adverbio conjugado

Lentamente, todas las iniciaciones, todas las horas y cada peculiar momento, reúne un pequeño cúmulo que supone, lo que viene al entrar justo a la parte en que pueda desaparecer por la falta de los puntos suspensivos y su singular hilo, que no me conducen por todas la entre líneas que la encrucijadas desentonan, una y otra vez.

El tiempo es desigual o es no-tiempo, no puedo calcularlo; la migraña ataca justo por la zanja que entreteje mis dos partes pensantes. Ícaro no es mi compañero, y la danza de la perdiz macho no funciona. El tic-tac maldito, hace su trabajo desde el techo de este extraño laberinto.

La conjugación de cada adverbio, se vincula directamente, con las dificultades que el sinónimo de los tres puntos, presiona por dentro. Adverbio y enlace, son los sientan a cada guión y estos, se escapan por un acento mal intencionado, que lo hiatos no pueden conceptualizar fácilmente.

Seguido del segundo, en que las predicciones vienen y se van, las oportunidades de estancarme me vuelven un paranoico en potencia. No puedo hallar una salida, los signos me ven y se burlan, las paredes se unen a ellos, el techo trata de hacer muecas y todo justo alrededor de la migraña. Todo justo seguido del instante inicial.

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