29 marzo 2010

Cuentos Absurdos

*James


Era fácil saberse fuera del campo en que todo tiene algo apreciable, era muy fácil. La dramática situación de las lágrimas, el dolor colgado de cada ojo y en las puntas de las pestañas, el llanto a punto de estallar. Todo tenía un lugar en particular y así, la peste entra y sale como un inquilino cualquiera.

Era fácil saber quién sería el próximo, era muy fácil. Los hechos se transforman igual que los colores de las flores, la catástrofe junto con el recorrido (por demás habitual).


Los muertos eran siempre un modelo a recortar, partían muy rápido. James no contó la cantidad de veces, que el mismo, cargo algunos féretros en una de las salas en especial.


El desprecio por el silencio hace que los ecos sean pretensiones muy altas del propio James, que sin lugar a dudas, disfrutaba de todos los sonidos. Era muy fácil. Las escobas se sitúan en el mismo lugar donde las modestias son recogidas por los pétalos de cada flor muerta. Y allí, en ese instante, en que el llanto induce a la pena y esta última liquida al maldito tic tac, James barre sin parar.


Una dulce agonía se repite; el sonido de la campana permite que otro sea el caso; el chocolate viene y va, el llanto lo acompaña, lo arropa en su trayecto y en el lugar donde la soledad cruza con la melancolía, James recoge la basura.


Basta saber que era muy fácil, James barre y limpia en el lugar de paso de muchos muertos. En el mismo lugar, donde ya compró su estadía de paso.


*París se quema


París se quema, se quema París

París se quema, se quema París


Las niñas saltan de un lado a otro, alrededor hojas secas, la brisa las arropa. Era otoño. La tarde solapa a las cortinas, y en mi ventana, las pequeñas, como si nada ocurriera, seguían allí, tal cual.


Entre un salto y otro, el piso fija las condiciones de permanencia en el lugar; la acera gris-fría, puntualiza la mejor de las tareas; el juego y el canto inocente, la premura y la fantástica iniciación del final.

La catástrofe me sobrevino junto con las cenizas de mi sexto cigarrillo. Dentro de mí, la disputa empezaba a quemar todo. La peste es cercana a los pasos y éstos a su vez son inmediatos a la muerte.

Las tres líneas que sobresalen de cada concepto impuesto por cada lado, hace que las niñas sean una tonta visión. Mientras todo se quema, el humo del décimo cigarrillo hace su aparición.

La individualidad del hecho propone una larga lista de extensiones, que los pasos y su cualidad de contarse, ejecutan lentamente dentro de mí, fuera de la ventana, en cada salto de las infantas.

Todo arde, las niñas corren de un lado a otro gritando, mis gritos se les unen; los muebles y la maravillosa vista, quedan reducidos a un intenso dolor; no hay esperanza, nadie puede salvarme.

Al terminar de escribir, el cenicero, lleno de cenizas, me anuncia el fin de la jornada; el aire entra por las ventanas y la máquina teclea sin parar desde el otro lado de la habitación.

París se quema, se quema París

París se quema, se quema París



*La hija del Rey


Una lista subrayaba todos los nombres que irían ese día al laberinto, el asistente real colocó la lista en la puerta del palacio. Todos los súbditos la mañana siguiente tendrían que buscarse en la lista, armarse de valor y prepararse.

Nadie volvía; eran ya dos años sin la princesa, ella se perdió en él y cada dos meses el Rey hace una lista para buscarla.

Yo era el número cinco de una lista de diez. Rey estupido, me dije en mis adentros; por más que quisiera negarme no podía, el que por alguna razón (fuera cual fuera) se negara, lo asesinaban sin contemplación.

Entré al laberinto, poco a poco las paredes cambiaban, los pasajes cada vez se convertían en otros y las bifurcaciones me dejaban sin aliento. Los gritos eran el eco eterno; la sangre en muchos bloques me hacía temblar. En una de las aberturas, vi cuerpos descuartizados, seguí mi camino y la encontré, era la princesa, ella, ya no era tan hermosa, su vestido estaba bañado de sangre, sus manos ya no eran igual, a su alrededor tres cuerpos deshechos.

Ella se me viene encima, corro por muchos pasajes, tropiezo me levanto y sigo; perdido, sin saber a donde ir, el eco de gritos me seguía, la sangre tiñe mi piel; dejo de ver; dejo de escuchar y en el momento en que todo vuelve, esta encima de mí, desgarrándome uno de mis brazos.

Luego de dos meses, el Rey acepta otra lista, el asistente real la coloca en la puerta del Rey, yo sigo en la enumeración como si nada hubiera pasado, como que el tiempo repitiera ese momento, eternamente.



*Las hojas de los árboles


Luciano corría sin parar; detrás, la mujer que era hasta hace algunas semanas su mayor anhelo. La causa de su escape era bien conocido, ella los envolvía y los aniquilaba sicológicamente; que bueno que el chico pudo huir.

Desde el banco número 13 de la Plaza Central, yo mismo los vi, el espectáculo era algo enriquecedor; lo admito, me reía sin parar.

Al confiar en que la última palabra siempre es la mejor, el narrador vuelve la hoja y sus ojos sucumben al instante donde las líneas lentamente arman los párrafos que sugieren muerte.

Al pasar la hoja sentí que debía aumentar el nivel de sarcasmo con que se dicen los primeros enunciados. Y en ese momento, me sobrecogió la triste escena de las hojas derrumbándose. El árbol sin poder hacer nada, llora.

Desperté, y soñé que había soñado con alguien escribiendo la historia de otro más, me sobresaltó la mención del escrito, era en primera persona, y de verdad, allí desperté exhausto, como si había estado corriendo.



*Escalones


La cama enorme con sábanas blancas; el cuarto acogedor con tapices viejos; hicimos el amor por horas; al llegar la noche, tenía que irme la guardia de las 8 era mía – por más que quise quedarme no podía- estaba a cargo de la sala de emergencia.

Son 23 escalones desde la entrada del edificio hasta la del apartamento; sólo ellos, son los que me separan de llegar más rápido y estar con ella. Ese día llovía; Ana había hecho chocolate caliente, luego de varias tazas y una larga despedida, bajó por los escalones, subí al auto y voy rumbo al Hospital Central.

Termino el punto, subo 10 escalones para llegar a la azotea, enciendo un cigarrillo y comienzo a pensar, como el médico al final del cuento, liquide a su novia, poco a poco.


*Entrelíneas

El anuncio de la muerte siempre es enigmático, los enunciantes acuden al drama y dejan de un lado la sátira, previniendo de alguna forma, el encuentro cercano con lo que relatan.


Era muy hondo el hoyo; la tarde les caía encima y las campanas sonaban de fondo. Siempre suenan cuando alguien muere; es verdad, que se le puede hacer, sigue cavando y deja de hablar.


Al avecinarse el final del día, una lámpara los acompañaba. Ya casi no veo, ¿Hasta cuándo vamos a cavar? Cállate y sigue cavando.

Las palas ya no relucen como antes, la tierra cada vez más oscura los abrazaba y la luz se extinguía poco a poco. Una de las palas golpeo algo que parecía un metal debajo de la tierra. Revisa tal vez sea un tesoro. Cállate, hazte a un lado, voy a ver que es.


Las circunstancias siempre llevan al anunciante a descubrir una verdad alterna que la muerte no propone y es allí, cuando las amenazas suenan igual que las campanas de la tarde.


Entre la oscuridad y la pequeña luz de la lámpara, sacaron lo parecía un cofre, al abrirlo toda la tierra que habían sacado se les vino encima.

Al cerrar el libro, pensé en toda la historia, fui por un vaso de agua, subí al banco y coloqué la cuerda en mi cuello.


*Infinito imposible


La Biblioteca Central es enorme, la consecución de anaqueles parece interminable. Eran las 2 de la tarde. La catapulta de ideas me sobrevino con una taza de té:

La fascinación de lo imposible, vuelve una y otra vez; las bases que la penumbra nombra, me arrancan el pelo, lo convierten en una peluca victoriana, en una fase desligada de la incitación rehecha desde el inicio de lo imposible.

Así, sin más, él siempre me aseguró que el concepto de tres líneas sobre lo imposible que la fascinación tiene con el tiempo, es desigual, y comprendí en tres líneas, que nada tiene un resultado tan evidente como la muerte.

Puntualizo y cierro, siempre en la mitad del infinito, que es otro extremo. Y así las mitades se convierten en algo que no comprendo y los tres párrafos se convierten en el absurdo perenne de la palabra imposible.

Al final, termine el té, me dispuse a seguir con mi lectura. Eso sería más efectivo, elegante y mucho más inteligente.


*Film


Estaba fascinado con la película, no apartaba mis ojos de ella; el refresco se calienta, las cotufas se enfrían. Ella me dice que le de un beso, yo, ensimismado con el film, la ignoré, se levanto, se fue por la penumbra.

En la pantalla, una chica bofetea al protagonista, siento el golpe, él tiene que morir, la película no será la misma; todos en el cine gritan, la chica saca un cuchillo y lo apuñala. Yo, en mi asiento, absorto, me desangro.

Corrí por la lóbrega sala, todos me ignoraron. Ellos conmovidos por la película, lloraban, y su llanto era el mío, me desangraban lentamente, grite, y los aplausos del final, enmudecieron todo. El filme terminó y con ella mi vida.

Desde mi asiento observaba el final, abstraído, no comprendía como la chica se fue de la sala de cine, como no la seguí, no le pedí perdón y no volví a ver el film con ella. Nunca lo comprendí.


*El recuerdo


Suena el reloj y el péndulo insistía en correr hacia la casa del vecino. El perro ladraba sin parar, las mariposas sobre las flores, las hormigas en las montañas de azúcar que había en el suelo.

Era martes, lo recuerdo; la encontré tirada en el piso, la puerta abierta, un frasco cerca de su cabeza, había mucha sangre; era de tarde lo recuerdo, el reloj daba las tres en punto, las canción de la radio era triste, la temperatura era muy alta.

Al finalizar el entierro, me quedé solo en la tumba, lloraba y llovía, era jueves, lo recuerdo; surque las calles del cementerio escuchando dentro de mi la misma canción de esa tarde.

Fue en un instante lo recuerdo, el reloj sonaba, las hormigas surcaban el azúcar del piso, las mariposas en las flores y yo, con la escopeta en la boca, halo del gatillo. Era martes, lo recuerdo.

Luego del disparo ella me grita y sentados frente a frente me pregunta si quería dos cucharas de azúcar o una sola; las hormigas seguían allí, las mariposas también, y la canción de la radio era la misma. Era lunes, lo recuerdo.


*La bailarina


Permanecí encerrada durante todo el tiempo que el mismo respirar duró, tal vez esos instantes fueron suficientes como para escuchar a Chopin internamente y salir bailando por todo el piso abandonado, el 35, justo donde me hizo el amor hace días; justo donde me dijo que me amaba y justo donde lo vi con otra mientras le decía “te amo” al oído.

Permanecí quieta por un segundo, el piano sonaba tan perfectamente, que parecía que el pianista estuviera al lado tocando sólo para mi; en ese segundo lo descubrí, el vidrio estaba cerca, con la misma hacha con que le partí la cabeza, rompí el vidrio y salte.

En el aire, feliz por todo lo anterior, seguía escuchando a Chopin, seguía danzando como si la muerte fuera a darme una segunda oportunidad. Y allí, justo cuando la melodía se detuvo, el concreto estaba al frente de mi cara.




*Av. la paz


Bajo el abrigo de la noche, bajo las ramas secas y el crujir de las hojas en el suelo, todos vienen a saludarme. La paz se convierte en la guerra que se anuncia desde mis ojos. Por todos lados veo a jóvenes drogándose, ninguno escapa al terrible mal que les depara la paz.

La puesta de sol me trajo y los pasos, por muchos que sean, sigo en el mismo lugar, con drogadictos en todos los vértices y singularmente empiezan a surgir nuevos acompañantes, el sendero se hace enorme y su profundidad, infinita; todo, absolutamente, se convierte en escenas saturadas.

Veo ratas comiendo de un cuerpo, veo cuerpos desconocidos esparcidos por toda la grama, veo... sin duda mis visiones me atacan en el punto exacto. Desconfió de todo, ¿Qué es real?, sigo con mis visiones y estas me llevan a una horca, a la cuerda, un cuello, mi cuello, mis manos colocándome la horca poco a poco.

Sigo el sendero y mi recorrido es imaginado por otra alucinación; los árboles son más frecuentes, tengo que parar, calmarme, inyectarme, sentir; todo acaba al inyectarme, sigo mi viaje y todo resulta mejor así.


*Rattus


El "Bienvenido" me anuncia el inicio; sintonizó emisoras para actualizarme y saber algo más de la ciudad. De pronto, todo se vuelve negro, la calle esta llena de ratas, la enfermedad me arropa, la muerte me muerde; poco apoco mis sentidos se desvanecen. En el suelo, en segundos, Ratas por todos lados; en el suelo, en segundos, la muerte viene a morderme.

El noticiero anuncia que ningún ciudadano tenía que salir de sus casas para evitar contaminarse. Ya es tarde, la lóbrega negrura me envuelve y el noticiero termina, en seguida, música...


* En coma


Despierto y analizo el sueño; era fatal, estar en tanto espacio sin nada alrededor a sabiendas que no existes y que la mayor pregunta de tu vida no es contestada; solo, sin respuestas a las interrogantes de la mujer que yo mismo soñaba, me pregunto ahora ¿Quién soy? ¿Por qué estoy en este lugar? ¿Qué es real? ¿Soy un sueño?>

"Nadie conoce la respuesta doctor, los pacientes en coma y con más exactitud los de grado 4, lo único que pueden tener es el nada por completo" Doctores del Hospital Central.


*El joven secuestrado


Antes del disparo, todo era blanco. Antes del disparo, la cara se animaba con sus mejores gestos. Antes del disparo, el joven secuestrado quería volarse los sesos y luego, el silencio.

Todo comienza antes de que el disparo iniciara. La estancia enorme en el viejo sótano, tapizado desde los 70; la casa cruje y los relojes en cada piso resuenan. Roger entra con el saco de armas seguido de Jhon; el primer piso se ilumina y toda la muerte susurra bajo las puertas. La sala y sus arabescos, con muebles extraños por varios lugares de la habitación, tejen la entrada de Jane que por todo el ruido entra y ayuda con las armas, las colocan en la mesa principal. Las armas eran de adorno, todo buscan sus estancias y estas quedan en la mesa igual que fueran un florero cualquiera.


En el primer piso, Roger prepara la cuerda para suicidarse y Jhon, yace muerto por pastillas en su cama; Jane sale de su cuarto y buscas las armas, baja al sótano y las colocas en orden encima de una mesa. El joven secuestrado tenias una opción, ese día podía morir. Jane escoge un arma y sale del sótano. En minutos, se escucha un disparo.


El joven secuestrado, maniatado en las piernas y herido en una de ellas, casi pudriéndose. Escoge una pistola pequeña, se la lleva directo a la sien, en el mismo instante en que el único sonido es el crujido de puertas y el tic tac maldito de los relojes; el joven se dispara y cae en la pared falsa que contiene a la cara y a sus gestos.


*El Piano


Durante horas estuvo tocando el piano, tocaba sin que nada ni nadie lo interrumpiera y mientras, la casa devoraba al silencio, los muebles se estancaban en lugares fijos.

La señora servía el té y escuchaba el sonido intenso del piano. El señor tomaba té, leía el periódico y escuchaba el piano; los dos, de cara a la enorme chimenea de la sala.

Cuando cae la noche, el piano se detuvo, Frederick se truena los dedos y sube a su habitación se recuesta en su cama y los señores suben y lo atan al espaldar de la misma. Pasan horas y Frederick no puede dormir, el sonido del piano sigue en el, sus dedos no paran de moverse como que ellos son los que producen todas las melodías; el ruido de los dedos en el espaldar no deja dormir a los señores; regresan a la habitación y le amarran los dedos, ya no podrían moverse. Frederick por fin puede dormir.

El día es claro, las cortinas dejan entrar el sol a la sala, todo se ilumina y el piano se puede ver; mientras, los señores desatan a Frederick, este, vuelve al piano, se truena los dedos y empieza a tocar, esta vez, la melodía era más rápida y más triste. Los señores vuelven a sus sillas en la sala, cerca de la chimenea y toman té, mientras, escuchan el sonido del piano.


*Un pequeño instante


Las rayas marcaban el paso; el negro de la noche se disipaba con las luces del auto. Todo se vuelve una maraña de árboles, y allí, justo donde la oscuridad se me revela, me detengo, las manos en el volante; la lluvia en el parabrisas; pensé en quedarme en la oscuridad, en exiliarme con el silencio y buscar un suave aguajero donde pudiera estar para siempre.

Soy la misma en la carretera. Soy la misma. Mis errores me siguen igual que las rayas. Todo, absolutamente todo, es igual. Tengo que acabar con la agonía y permitir que el tiempo continúe.

Salí del carro sin pensarlo mucho, esperaba que un auto pasará y me atropellara y que en ese pequeño instante, mi voz, se disipara.

Un gran estruendo se escucha al final de la carretera, las luces me ciegan por un segundo; el ruido de las ruedas al frenar, me hizo pensar en el fin.

Sigo con las manos en el volante; los truenos y la lluvia continúan cayendo, suspiro y continuo como si nada hubiese pasado.


*Pequeña familia


El invierno era enorme, mi padre nos había convocado ese día a la casa; la cena estaba servida, había algo extraño en su propuesta. Eran las 7 de la noche y mi madre me ayudaba con el vestido, mis hermanos ya estaban listos; era una noche algo peculiar, lo alemanes estaban bombardeando y aniquilando a muchas personas, era la navidad de 1939.

Me llamo Lis… soy la hija mayor de tres hijos; mi padre es dueño de una fabrica de botones, mi casa quedaba en las afueras de la ciudad; la servidumbres también comería con nosotros; mi padre me asustaba, su respiración y sus extrañas miradas, extendía la extrañeza de la cena.

Al sentarnos, rezamos, le pedimos a díos por todos los muertos y por las personas desaparecidas. Al empezar a comer, mis hermanos eran unos bastos y desastrosos, comían como si se la fueran a quitar; mi madre era muy educada, se mantenía firme en su asiento y los hacía enderezarse. Una vez que terminamos la sopa, mis hermanos se quejaron de sueño y de dolor de barriga, quisieron dejar la mesa e ir a sus habitaciones, mi padre los obligo a quedarse y seguir con la cena.

Durante el plato principal, mis hermanos y yo misma empezamos a vomitar, el dolor era enorme, mi padre nos veía con lágrimas en sus ojos, mi madre gritaba y dos de las chicas de la servidumbre habían caído al suelo. El chofer quiso levantarse y callo abatido del dolor. Mi madre educadamente siguió en su asiento retorciéndose del dolor.

Era navidad. La nieve caía lenta, los muertos en la calles eran muchos; sin embargo, en mi casa todos estábamos sufriendo, mi padre nos había envenenado, el no quería que la guerra tocará a nuestra puerta, lo que nunca pudo imaginar, era que su propia guerra aniquilaría a toda su pequeña familia.

12 marzo 2010
París se quema


París se quema, se quema París
París se quema, se quema París

Las niñas saltaban de un lado a otro, alrededor hojas secas, la brisa las arropaba. Era otoño. La tarde solapaba a las cortinas, y en mi ventana, las pequeñas, como si nada ocurriera, seguían allí, tal cual.

Entre un salto y otro, el piso fijaba las condiciones de permanencia en el lugar; la acera gris-fría, puntualizaba la mejor de las tareas; el juego y el canto inocente, la premura y la fantástica iniciación del final.

La catástrofe me sobrevino junto con las cenizas de mi sexto cigarrillo. Dentro de mí, la disputa empezaba a quemar todo. La peste es cercana a los pasos y éstos a su vez son inmediatos a la muerte.

Las tres líneas que sobresalen de cada concepto impuesto por cada lado, hace que las niñas sean una tonta visión. Mientras todo se quema, el humo del décimo cigarrillo hace su aparición, las hojas siguen danzando y las cortinas empiezan a quemarse.

La individualidad del hecho propone una larga lista de extensiones, que los pasos y su cualidad de contarse, ejecutan lentamente dentro de mí, fuera de la ventana, en cada salto de las infantas.

Todo arde, las niñas corren de un lado a otro gritando, mis gritos se les unen; los muebles y la maravillosa vista, quedan reducidos a un intenso dolor; no hay esperanza, nadie puede salvarme.

Al terminar de escribir, el cenicero, lleno de cenizas, me anunciaba el fin de la jornada; el aire entra por las ventanas y la máquina teclea sin parar desde el otro lado de la habitación.

París se quema, se quema París
París se quema, se quema París