12 marzo 2010
París se quema


París se quema, se quema París
París se quema, se quema París

Las niñas saltaban de un lado a otro, alrededor hojas secas, la brisa las arropaba. Era otoño. La tarde solapaba a las cortinas, y en mi ventana, las pequeñas, como si nada ocurriera, seguían allí, tal cual.

Entre un salto y otro, el piso fijaba las condiciones de permanencia en el lugar; la acera gris-fría, puntualizaba la mejor de las tareas; el juego y el canto inocente, la premura y la fantástica iniciación del final.

La catástrofe me sobrevino junto con las cenizas de mi sexto cigarrillo. Dentro de mí, la disputa empezaba a quemar todo. La peste es cercana a los pasos y éstos a su vez son inmediatos a la muerte.

Las tres líneas que sobresalen de cada concepto impuesto por cada lado, hace que las niñas sean una tonta visión. Mientras todo se quema, el humo del décimo cigarrillo hace su aparición, las hojas siguen danzando y las cortinas empiezan a quemarse.

La individualidad del hecho propone una larga lista de extensiones, que los pasos y su cualidad de contarse, ejecutan lentamente dentro de mí, fuera de la ventana, en cada salto de las infantas.

Todo arde, las niñas corren de un lado a otro gritando, mis gritos se les unen; los muebles y la maravillosa vista, quedan reducidos a un intenso dolor; no hay esperanza, nadie puede salvarme.

Al terminar de escribir, el cenicero, lleno de cenizas, me anunciaba el fin de la jornada; el aire entra por las ventanas y la máquina teclea sin parar desde el otro lado de la habitación.

París se quema, se quema París
París se quema, se quema París

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