14 mayo 2010

Otras enfermedades


Esta ciudad huele a un almacén; tiene ese mismo tratamientos que da el oxido a los barrotes, esa misma esencia que siguen las sombras bajo las facultades intrínsecas de muchos padecimientos.

Bajo esa misma faculta la mentira estira la mano y alcanza a la osmosis; todo sigue en el mismo sitio, los puntos suspensivos deshacen poco a poco, las cortinas del cielo, nada se les escapa; las miserias siguen a las flechas y estas en sus puntas, invaden a los globos, que junto con cada signo, prefiguran esa escasez que mantienen al usuario en cada línea, en cada suspiro, que muchos pacientes tienen como resurrección.

El autor plantea una versátil mentira, que recurre a ser esquina y resulta ser orilla, el mismo es el borde de la nada, es la ribera que sucumbe por las pausas de cada exaltación, de cada toma. Carlos Acuña es el eterno perseguidor de estrellas, que compara a los números con sus miedos y a las tinieblas con las pesadillas, que los sueños reúnen en cada envase que el olvido recuerda cada vez que las reminiscencias de su ente lo contemplan en su espectacular agenda.

Hoy volví a hojear sus cuentos (como olvidar cada falacia), me reí y de una vez desperté, estaba en el sueño de Aura. Su sueño me recordaba a las pasiones de Fausto, con esa misma capacidad con que Natha me hace cariños, mientras, ella despierta.

José, José, escucha mi sueño; él la ignora y sigue ensimismado conmemorando el mejor cuento que había recordado el Viejo del inicio, el mismo que Carlos dictó al final de este mismo texto y que da énfasis al titulo. Recordó, que justo en el medio donde las capacidades se convierten en las características inverosímiles de muchas síntesis, el mismo despierta.

Aura esta dormida, el Viejo sigue en el sillón de la esquina, soñando lo mismo que sueña Carlos. En ese segundo, se levanta, sus ojos rojos hacen de pedestal a cada iniciación de las mentiras de Carlos Acuña y además, avivan, las llamas de esa personificación que se hace alucinación en la voz del que estudia.

Al despertar, Carlos escribe la misma historia que los dos primeros párrafos dictan a cada línea que tus ojos leen poco a poco. Dicta la idea del Viejo y su magistral espera; la forma caduca junto con las llagas de todos los pacientes.

¡Todo es mentira, José, todo es mentira! Yo sigo los puntos y ellos me llenan la boca con saliva ajena, me dan el tiempo de cada muerte, de cada vida, me dan también, una pequeña contribución que los números y sus múltiples aplicaciones agradecen a cada simplificación que el mismo Carlos no sabe cómo escribir. No entiendo nada, Aura, sigo pensando en el Viejo del sillón y su cuento, yo sé que tengo que acordarme exactamente, de cómo las bajezas adquieren una simulación y recurren a sabotear toda la torta que las moscas disfrutan en la noche.

Suma todo y no vas a conseguir ningún resultado, la estrecha relación que cada ensoñación revierte y se vuele una estaca podrida bajo cualquier uña de esas manos que pasan estas páginas.

Fue una noche terrible, la pesadilla de siempre me persigue, las unificaciones del sueño de Aura, los cariños de Natha, mis mentiras y las mentiras de Carlos, son precisamente, una copia fiel de esos títulos y enfermedades, exacerbadas por las llagas de cada punto suspensivo; enfermo, alucinado, descontroladamente decadente de toda oportunidad de respuesta que el mismo ojo no llega a leer.

Un asterisco demarca la posición inicial de la ruta, la pizarra era enorme, Paula sigue los puntos como pisando hormigas, llega al inicio y vuelve al medio en una rutina infinita. La tarde baña a los muebles de la sala, su carpeta amarilla resuelve todo el dilema, cada sueño, cada despertar, cada pico que entra y sale, está dentro.

Ella borra todo lo recorrido y en ese momento, recuerdo lo mismo que recuerdan los recuerdos en el medio del infinito, simulado por el regocijo sugerido de los enfermos de Liscosahe, que por casualidad leen sobre los Valentagramas y los tipos de la ruleta, así mismo, el escritor resuelve no despertar, sigue ese sueño eterno que acompaña a cada memoria, utilizando sus mismas reminiscencias para dirigir cada letra que los que leen ignoran.

Luego de una pausa, el librero suspira, me entrega el texto, me dice: cuando termines, me llamas y discutimos. Sentí que era verdad. Hoy la dosis es la misma, la espiral ha hecho huecos y me ha metido en otras enférmeles, ha surcado el laberinto y me trae directo a la fase consumada que ella misma ignora, me reanima y se jacta de que yo siga con las mentiras.

Sigo en el mismo inicio, un principio que el final enuncia, una simple bonificación que las cuartillas degradan poco a poco. Se Abre y cierra; esta fase es la sexta, es otra enfermedad, otra muerte.

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