10 diciembre 2010

Tardes grises (lluvia vespertina)

Antes de que sus ojos vieran su revés, ya había muerto. No tuve nada que ver. En esos días la lluvia era la tristeza de las tardes y como me es habitual, no podía salir. Así, antes de asistir a su funeral, de verdad, ella moría en mis manos.

No es fácil explicarlo, trataré, sin embargo, no te prometo nada. Soy tu asesino. No te rías, es la verdad. Desde el lugar de donde lees, te estoy matando. Lentamente hago que sigas las líneas y cuando llegas a una pausa, tu suspiro liquida el párrafo. Claro, seguro dices –por qué siempre me tocan los que se la dan de inteligentes. Puede ser que tengas razón y sólo sea una historia de tardes-grises. Sin embargo, por qué sigo en tus pensamientos.

No podía resistirlo, es una verdad que grita y dice –tienes que hacerlo. No quería, sin embargo, cuando pensé en ello, ya era una mujer muerta. Lo juró, no fue mi culpa, lo hice por algunos instantes. Ahora camino por el cementerio y la lluvia sigue cayendo.

Te lo he dicho, soy tu asesino. Mientras sigas creyendo que no puede existir alguien hecho de letras, la tinta se escurrirá por tus manos y en segundos, veras mis ojos grandes, en ellos, la figura que persiste, es la tuya.

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