14 marzo 2011

El sepulturero de Mozart


Era una pequeña melodía. Las aves no eran testigos ni oídos. Al final, cuando el último acto se inició, él, tirado en su cama, vislumbra una secuencia de acontecimientos casi únicos. Era una verdad mediocre y así, los inicios de las velas suceden con esa suave secuencia antes mencionada.

Él ni siquiera pudo escuchar. Y quién puede decir que no lo hizo. Su último suspiro fue para decir otra nota. Al ir halado por lo negro del día, sus 35 años vuelven a los olores. No era fácil. Unas palabras de aliento, una lluvia, una fosa. Nada, su peste era realmente la mejor opción.

Era una pequeña melodía. Se podía escuchar en sus dedos; el sonido de los gusanos y desde dentro, antes, mucho antes, la cal enumera a todos sus vecinos. Común era su nombre y bajo las gotas que la sinfonía compone, soy quien lo tira al fondo, una de las manos, una situación, una coincidencia.

Era una pequeña melodía, sólo unas notas y ya. En ese momento la lluvia se hace más fuerte y por la esquina cercana a la entrada del cementerio, viene una carroza. Era mi primer día de trabajo, era muy sencillo bajar los cuerpos y echarlos en la hoya. Nadie nunca lo supo, pero cuando terminé, el carruaje se detuvo, dejé el lápiz y corrí para bajar el cuerpo.

Días después, al tratar de hacer que las notas coordinaran en el  piano, supe de quien era ese cuerpo que tiré al terminar. La fatiga me dobla y allí, antes de mencionar su nombre, caigo con el lápiz en la mano, escuchando mi pequeña melodía lentamente.

El rumor corre por las calles. No hay un sitio para esconderse, las notas suenan en las ramas y en el canto de las aves. Las fosas siguen abiertas y el trabajo sigue allí tal cual.

No, no pude morir, el sufrimiento mayor es saber que yo, yo fui el culpable.