18 abril 2011

El cuervo

Luego de comer en el cementerio un cadáver recién sacado, me dispuse a limpiar mi pico, era una rutina ancestral que mi abuelo me enseño. Al poco tiempo de todo aquello, inicie mi vuelo, las calles llenas del desencuentro con lo propio de su nombre, viene a recordarme las caricias que la brisa le hace a mis plumas, lo negro violáceo, es el color que la noche envidia, sin duda, nosotros somos el mejor color, nadie prefiere otro cuando se trata de entrever una feroz batalla, al dormir y justo antes de estar como mi comida favorita. Todo esto es como para graznar y decirle a la noche, nunca más.


En consecuencia con nuestro pasado, estar en el primer lugar de la división de aquellos a los cuales la seguridad teme, es la causa de que nosotros prefiramos las ramas secas y los encuentros con frutos viscerales. No podemos entender como las demás aves no conciben que seamos lo mejor y de una vez pronuncien, nunca más.


Vuelo al ras de los matorrales, a veces, una lágrima suele ser la campanada para la comida de la madrugada. Yo en específico, prefiero esperar un poco y que todo llegue a su debido tiempo, al final, los organismos siempre están inertes y se quedan allí, siempre despidiendo ese sonido del nunca más.


Luego de un rato, la comida no era tan buena como suele ser. Las características indagan cerca de nosotros una insistencia que suele tener una referencia próxima a los puntos desencontrados en las vertientes que la madrugada grita lentamente. Su eco, resuena entre mis antepasados y la repetición recoge las palabras que la luna sueña. Sus líneas sobresalen del pasto, recubren una verdad aleatoria al nunca más.


En el aire, danzando como antes, descubro las caricias que el silencio interrumpe con su batahola infinita. Los guiones que la neblina esconde, son sustraído de vez en cuando, por una cavidad que mi pico no repara en hacerlo añicos, en el mejor momento en que la sangre recorre todo mi ser. Sigo con la misma capacidad que el ayer viene a reiniciar en la estancia del nunca más.


Bajo una usurera distancia, el encuentro con la los ojos de la noche, era inminente, una buena disposición era la indicada, los puntos seguían a sus encuentros y a su estética numeración anáfora; siempre indicando el nunca más.


Al encarar con la primera rama, los asteriscos responden a sus patrones, la repetición suprime lentamente una causalidad perentoria que nada tiene que con movimientos y el crujir de sus conjuntos desdichados. La marcha hacía el compuesto de guiones, es la continuación que las líneas tejen lentamente y arman el nunca más.


Para reír eternamente, pensé en una particular forma de asentar mi torvo plumaje, buscar un estante para posarme y sucumbir a los instantes, en que el tic tac maldito no me mencione el nombre de esa desdichada que se hacía llamar mi dueña, espero no verla y que su nombre se pierda en la noche infausta, que recorre Leonora y su nunca más.


Al animarme, recordé un buen lugar, nunca he entrado, sin embargo, sentir que será el premio a la noche aciaga, era la mejor manera de sobrellevar el pesado y enérgico grito que las voces sucumben y ponen de relevancia, en esta luna que me acaricia, y sin dudarlo, me lance en picado, justo al portal, que recuerda el nunca más.


Toqué las quebraduras varias veces, una bulla de humano tras la textura antes mencionada, un recuadro y no podía ver nada. De un vuelo me encuentro en un avatar distinto, una marca de líneas horizontales hacen que mi entrada sea sosegada, y la voz humana seguía con su eco de nunca más.


Al blandir las horizontales, divisé la figura mortuoria que el tiempo utiliza. Busqué con desesperación estar lo más lejos posible y el pedestal antes deseado, esta a mi alcance, desde lejos con ánimos de permanecer infinitamente atormentando a la desdicha que podía observar, arrojé mi frase favorita y el hincapié llego, justo, en el nunca más.

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