04 octubre 2011

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Un error inicia su suicidio, de esos normales, con pistola, balas y ganas. El día se arrepiente y se convierte en noche. Una ejecuta la tardanza y la otra sección comprime la sagaz estancia que las consecuencias llevan consigo.

Numerar no era su trabajo, pero bajo la sombra de su suicidio, no podía hacer otra cosa. Si es muy cierto, gritan las características en huelga desde hace rato. Uno las ve y llevan sus pancartas con el honor de cualquier punto suspensivo. Ellas no tienen otra opción posible. Es tan cierto, que persuaden a estas locuras para estar cada vez más cerca.

Un error ya tiene su suicidio preparado, yo lo supe por otro error amigo. Él, el suicida, es minucioso, un día de esos que se arrepienten, empezó una tarea casi inalcanzable. Esa relación con el infinito y la estupidez que tanto le gusta a los errores. No es una preocupación inexacta, me cuenta mi amigo, es así por las pausas que sobrellevan a las altas estancias.

No es viable escribir la conclusión. Imagina por un segundo que suena el disparo, la bala traspasa y todo se convierte en una situación bastante romántica. Sí, une los puntos, no todos son suspensivos. Imagina que ese error (el suicida), lleva consigo tu nombre, sí, él pensó en ti durante todo este recorrido. No, no es un juego, sino, imagina que las consecuencia siempre tienen razón y cada característica es la mejor de todas y por tanto, todos debemos estar con la pistola, con las balas y por supuesto, con las ganas de volarnos la cabeza.

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