29 diciembre 2011

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1:11 AM
Todo se reduce a la funesta canción que las voces ajustadas desconocen. Los síntomas cognitivos de mi estado empobrecen a las ideas nuevas. Mi discapacidad social llega hasta distraerme de las voces e ignorar su llamado.
1:51 AM
La lectura pasa a ser otro vicio que ya no tengo, los Gorgojos son lo único que puedo leer.


1:59 AM
La amenaza de las masacres internas llega. Las pausas no son suficientes y las horas suprimen vorazmente todo lo que se encuentra a su paso. Sigo el viaje; el camino cambia constantemente; nada tiene que ver con otra cosa que no sea mi interior, nada se anula sin que alguno de mis sentidos sufra. Al verificar el estado, los censores sensibles son rayados por las patas de los bichos.

La seguridad, mi seguridad, ha mutado junto con los Gorgojos, ellos cada vez son de mayor tamaño; el viaje se hace imposible. La locura de continuar hace imprescindible la valentía maltrecha y malsana.

Los elementos apropiados llegan; los elementos inapropiados llegan; la siniestra hechura deshace mi anhelo, destruye la esperanza y el afán de encontrar un lugar donde esté cómodo para pensar y hacer blanco para los dardos.

La jerarquización  de mis ideas es sumisa a todo lo que el viaje me entrega poco a poco. Las desventajas y ventajas no existen; nada existe; todo es una mentira; todo me lo he inventado y así, durante mi mentira, muchos insectos empiezan a descuartizar esa idea firme que de pronto ya no la tengo, la olvido para entrar en el estado de persecución interna que, desde el final, juega conmigo a que nada tiene principio y que un siempre existe sólo en mi cabeza.

Me engaño al recurrir a mis viejos conocimientos; junto con mi enfermedad (si es que tengo una) las nauseas son la verdad de todas las notas, verdad que me entrega vómitos y jugos gástricos, bañando a los insectos que cada vez parecen perros de presas, envolviéndome como serpientes y destrozándome como un trozo de papel.

¿En las horas en qué no se hace nada, en qué se piensa? Los estatutos, las emisoras, la libertad, ellos se subordinan a la demencia de los gestos ridiculizados por los Gorgojos.  La exacerbación no me lleva a nada; ese pequeño instante en que me uno con lo demás, recaigo en las penas de las letras perdidas; letras que no me ayudan en el viaje y que no me dicen qué hacer con los insectos.

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