13 octubre 2012

El sepulturero de Mozart

Era una pequeña melodía. Las aves no eran testigos. Al final, cuando el último acto se inició, él, tirado en su cama, vislumbra una secuencia de acontecimientos casi únicos. Era una verdad mediocre y así, los inicios de las velas suceden con esa suave secuencia antes mencionada.

Él ni siquiera pudo escuchar. Y quién puede decir que no lo hizo. Su último suspiro fue para decir otra nota. Al ir halado por lo negro del día, sus 35 años vuelven a los olores. No era fácil. Unas palabras de aliento, una lluvia, una fosa. Nada, su peste era realmente la mejor opción.

Era una pequeña melodía, sólo unas notas y ya. En ese momento la lluvia se hace más fuerte y cerca de la entrada del cementerio, una carroza. Era muy sencillo bajar los cuerpos y echarlos en el hoyo. Nadie nunca lo supo, pero cuando terminé, el carruaje se detuvo, dejé el lápiz y corrí para bajar el cadáver.

Era una pequeña melodía. Se podía escuchar en sus dedos; el sonido de los gusanos y desde dentro, antes, mucho antes, la cal enumera a todos sus vecinos. Común era su nombre y bajo las gotas que la sinfonía compone, soy quien lo tira al fondo, una de las manos, una situación, una coincidencia.

Días después, al tratar de hacer que las notas coordinaran en el  piano, supe de quién era ese cuerpo que tiré. La fatiga me dobla y allí, antes de mencionar su nombre, caigo con el lápiz en la mano; escucho mi pequeña melodía.

Todos temen, la melodía de gatos negros, los cuervos están en notas altas, nadie quiere cruzarse con ellos. El rumor corre por las calles. Ningún lugar sirve; las notas suenan en las ramas y en las aves. Las fosas siguen abiertas y el trabajo sigue allí, tal cual.

Los sueños de una chica me persiguen, como una sinfonía que resuena en mi cabeza; un gato negro recorre la otra parte del espejo, ella reniega su nombre, el espejo se parte, el gato salta de pedazo en pedazo, su sombra empieza a cubrir toda la habitación; la cuerda afina los últimos detalles. Al acercarse a uno de los pedazos, su rostro tiene gusanos; la presión de la sombra, el gato que sigue saltando, los gusanos que sueñan con la cuerda; su cuello se parte, los números siguen el tic tac del reloj y la sombra del gato cubre toda la habitación.

Al detallar el sueño, pienso en las tantas chicas que he tirado a las fosas, todas se cruzaron con los gatos, con los cuervos, pero qué puedo decir; calla, no puedo contarte; no hay un lugar bien determinado; no, no me veas, tú lees y yo me desayuno con gusanos; no, no es verdad, sigo acá, medicina y pájaros y melodías no funcionan, el personaje debe irse de viaje, inventar otra muerte, despertar entre el ojo del tigre y la fragancia que la tinta me regala; no, no grites otra vez; no leas; no, no me veas; la pasión continúa entre los puestos de marcas, las pausas son exactas, la música suena y la sociedad de hormigas tiene nueva reina; todo es real, me lo recuerda la carta que todavía cuelga en la pared, trato de verla siempre; hago caso al estirar de dedos, a la secuencia de tramos y a la irritación de ojos; otra vez la puerta, otras 3 hojas, nada cambia; sustraer los números me elimina poco a poco, me pone cerca de la fosa, cerca de la carta; todo es real, me lo repito siempre. La carta es de Mozart, tiene la peste; no, no es de él, es mía; no, no puede ser; sí, si lo es; calla, ni siquiera lo conociste, él me escribe siempre; no, no es cierto, él ha muerto, lleva siglos muerto; no, eres un mentiroso, las 15 hojas que llevo son para él; que iluso, por eso siempre estarás aquí, hablando conmigo, detrás del espejo.

Era un pequeña melodía, una verdad que me abstrae, me envuelve entre las notas, el andar de los gatos y la sinfonía que la tarde trae consigo; las fosas que cavo, el lápiz sigue todo el desarrollo; los ojos del tigre en el agua; las flores muertas, los gusanos; despierta, no, no puedo, otro sueño, la peste cubre las ratas, nadie puede tocarlas; aquí siempre hay ratas; no, no me lo digas; las aves llevan la sinfonía, lo gatos lo saben, ellos son asesinos seriales; son el mismo gato; el muñeco; no idiota; no me insultes; era Mozart lo sé, la pequeña melodía; los gusanos sueñan conmigo, con la peste, con los cuerpos.

Una cuantas cucharas y la medicina hará efecto; la campaña de gatos, la aves que se posan en la cerca, me hablan, me susurran los miedos; todo resuena detrás del espejo; la pasión de la flores muertas, los ojos del tigre en el agua de la mañana; sigues sin entender; no, no sigas; es perfecto, debes hacerlo; no puedo irme contigo; vamos es sólo un paso, un pequeño instante; el sonido me da miedo; es la pequeña melodía, eso es todo; no es mía; ve tu mano, la escribes, igual que todo lo demás; no, no es cierto, es una carta para él; él ha muerto, lleva siglos muerto; no, no te creo.

Era una pequeña melodía, la pausa de unas notas, la cuerda que se amarra sola; los cuadros saltan de gato en gato, las notas de ave en ave; las chicas llegan y otra vez, la fosa; reducir el miedo, convertirlo en la medicina de la noche; sacar la curvatura de los ojos del tigre en la ondas del agua; camina; déjame quieto; debes caminar, la sinfonía no se escribe sola; no puedo escribir más; qué dices, tienes el lápiz en la mano; no puedo más, no puedo más; por favor tú drama de siempre; no, no digas eso, cállate por favor, cállate; no, no puedo, soy la pequeña sinfonía, las aves, los gatos, las chicas, el sueño, los ojos del tigre, las fosas, los gusanos, soy en todo caso, la medicina que tomas; imposible, estas en mi cabeza, sólo eso; porque seas paranoico no significa que nadie te persigue, soy él, el mismo de siempre o crees qué has estado solo; no, no puede ser, soy un sepulturero, solo eso; reniega, hazlo seguido, seguiré allí, a tu lado.

Era una pequeña melodía. Las aves cruzan los ojos de los gatos, las notas dibujan las fosas rebosadas, las ratas, gusanos, la peste.

No, no pude morir, el sufrimiento mayor es saber que yo, yo fui el culpable.